¿Cómo quedó usted después de los regalos? ¿Gastado? ¿Tendrá para pagar?

- Que sepa, no hay país alguno que jodido, haya salido adelante practicando la conducta nuestra en materia de gasto.

Ayer empezó la última semana del año; una semana que exhibe claramente nuestros vicios arraigados desde hace años, producto aquellos de las lecciones “teóricas” y prácticas que nos ha brindado una de las clases políticas más ancladas en el pasado que país alguno haya sufrido.

La inclinación a gastar por encima de nuestra capacidad de pago —practicada con una dedicación digna de admiración— nos viene de vieja data; la quiebra de la economía —en varias ocasiones— ha sido resultado del mismo vicio pero, practicado con más eficacia por los que deberían ser ejemplo de austeridad, eficiencia y honradez: nuestros políticos.

¿Qué nos impulsa a gastar lo que no tenemos y lo que posiblemente jamás tendremos? ¿De dónde nos viene esa conducta que nos mantendrá postrados por muchos años? ¿Qué se requiere para empezar, sino a erradicarla, cuando menos a moderarla? ¿Sólo una debacle —que nos deje en la ruina total como país— nos haría empezar a cambiar?

Por estos días —como cada año— se manifiestan dos posiciones las cuales cuentan con argumentos “sólidos” cada una; la de los que calificó mi estimado amigo Ricardo Medina aquí en Excélsior en días pasados como “los amargosos”, y la de los irresponsables, como yo los calificaría.

Al margen de la calificación que podamos dar a unos y a otros, estoy convencido que mucho bien nos haría —tanto en lo público como en lo privado—, conocer las experiencias que en cuanto al gasto se refiere, se han registrado en “países amargosos” y en los “irresponsables”. Además, conocer lo más a detalle que fuere posible el papel jugado por el gobierno durante los años de dificultades económicas o como decimos aquí, “de vacas flacas”. 

Hoy, como dije, la conducta del nuestro sector público en materia de gasto —irresponsable, despilfarradora, ineficiente y corrompida hasta el tuétano— es en gran parte responsable de cómo gastamos los particulares y, sobre todo, de cuánto gastamos.

Cuando —por diversas razones— uno ha tenido la oportunidad de vivir en otros países, convivir con algunas familias promedio además de conocer el funcionamiento de la institución encargada de autorizar el gasto que ejercerá el gobierno, no puede menos que concluir que en el caso nuestro, las cosas parecen no tener remedio.

El problema que enfrentamos en materia de cuánto y cómo gastamos va más allá de calificar a unos como “amargosos” y a otros de “irresponsables”; es tan profundo el mal que nos aqueja en materia de gasto que podríamos afirmar que es “estructural”. Ha penetrado todas las esferas de la administración pública en los tres órdenes de gobierno, al grado que su pésimo ejemplo ha cundido entre grupos cada vez más amplios de la sociedad y pocas empresas son ajenas hoy a dicho mal. 

Tal parece que en la medida que las cosas están peor en materia de empleo e ingreso para millones, se exacerba nuestra conducta de gastar irresponsablemente; dicho de otra manera, entre más jodidos estamos —particulares y sector público— más nos inclinamos a despilfarrar lo que no tenemos.

Que sepa, no hay país alguno que, jodido, haya salido adelante practicando la conducta nuestra en materia de gasto; de haber alguno, mucho me gustaría conocer su nombre e investigar cómo le hizo.

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