Rubén Bonifaz Nuño, el maestro
Estoy hablando de uno de los más grandes poetas del castellano, de un ensayista brillante.
En 1959 fui citado por el Fondo de Cultura Económica para recibir el primer ejemplar de mi libro de cuentos Hacia el fin del mundo. Era un honor publicar en la serie Letras Mexicanas, yo era joven y se trataba de un libro que escribí en el legendario Centro Mexicano de Escritores, bajo la tutela de Juan Rulfo, Juan José Arreola y Francisco Monterde. Pero ésa no era la gran sorpresa sino que simultáneamente, al poeta Rubén Bonifaz Nuño le entregaban su poemario El ala del tigre, en la misma colección. Lo conocía por fotografías y lecturas: su porte distinguido, de caballero, su rostro sereno, sus modales finos y antigua belleza varonil me asombraban. Pronto descubriría su sentido del humor inigualable, porque ese mediodía inició una maravillosa amistad que me ha enriquecido y llenado de orgullo. Estoy hablando de uno de los más grandes poetas del castellano, de un ensayista brillante, de un traductor impecable de los clásicos griegos y latinos, de un verdadero maestro y de un hombre generoso, sencillo y distinguido.
A partir de ese lejano año, he tratado de estar lo más cerca de Rubén, he sido su lector devoto y admirador. Lo he acompañado en momentos de dolor como cuando murió su hermano Alberto y en multitud de homenajes y entregas de doctorados honoris causa. En una época, cuando su salud era inmejorable, un grupo de escritores, entre otros Bernardo Ruiz, Marco Antonio Campos, Carlos Montemayor y yo, lo seguíamos por toda la República en conferencias y reconocimientos. Las enfermedades y sobre todo la ceguera lo fueron minando. Pero qué momentos fantásticos pasamos en Colima, cuando Griselda Álvarez era gobernadora o en Nueva York donde asombró a profesores de varias universidades con su profundo conocimiento de los clásicos y con la rotunda belleza de su poesía, la más perfecta hecha en México. De ese grupo, yo era el más cercano en edad y en consecuencia solíamos caminar juntos por las calles, ir en pos de restaurantes de calidad y luego a hurgar en librerías de antigüedades. Su sentido del humor e ingenio lo convertían en el mejor compañero de viaje. De Excélsior me preguntaron cómo era en tanto profesor. No lo sé, no estudié Letras sino Ciencias Políticas, pero por lo que vi a lo largo de una vida entera fue notable: cada conversación, cada lectura, cada comentario, cada ensayo, es una cátedra de sabiduría y lucidez. Sé de sus rigores en las aulas por alumnos suyos; yo aprendí de sus libros y conversaciones memorables.
A diferencia de otros intelectuales que buscan súbditos, admiradores o simples lectores, Rubén quería afecto, lejos del escándalo. Quizá por ello Milenios de México sólo le dedica 42 líneas. Pero nadie como él para darle nuevo sentido a la rima y a la métrica, para descubrir la belleza no sólo de las palabras cultas sino para emplear con precisión el lenguaje popular. El problema, si lo hay, ha sido su modestia y discreción. Nuestro más brillante poeta, el traductor riguroso de La Iliada, el hombre que dedicó su vida de principio a fin a una causa: la UNAM y que la ha prestigiado como pocos, no es amigo de la publicidad, ha vivido en salones universitarios, en bibliotecas, con sincera discreción. Rubén se concentró en la cultura, sagaz observador de las artes plásticas, tuvo asimismo tiempo para reflexionar sobre el México prehispánico.
Podría contar multitud de anécdotas sobre Rubén, divertidas o tristes; ahora, duele verlo agotado, pero muchos conocemos su legado a la universidad pública y al país en su conjunto. Ningún otro poeta, ensayista, traductor y crítico de arte de sus alcances. ¿Maestro? Con sólo abrir un libro suyo es suficiente. Soy realmente afortunado: he podido contar con su amistad y quizá hasta con su cariño, porque recibí su ayuda y consejo en momentos importantes. Es único e irrepetible. Es Rubén Bonifaz Nuño.
Escritor y periodista
