Humor negro para una blanca Navidad
A ver, qué se debe hacer en una situación como esta: Ayer llegué de trabajar a las dos de la mañana a mi casa, y me encontré con “la novedad” de que no podía estacionarme en ninguno de mis dos lugares porque justo ahí estaba estorbándome una camioneta de ...
A ver, qué se debe hacer en una situación como esta:
Ayer llegué de trabajar a las dos de la mañana a mi casa, y me encontré con “la novedad” de que no podía estacionarme en ninguno de mis dos lugares porque justo ahí estaba estorbándome una camioneta de Gayosso. ¡Sí! La camioneta de una funeraria estaba ocupando mis dos cajones de estacionamiento. Fue terrible, una tragedia acababa de ocurrir en mi edificio: no tenía dónde estacionarme y además estaba muriéndome de hambre.
¿Por qué nadie te alerta que tarde o temprano puedes vivir una situación así? Leí muchas veces por morboso el Manual de Carreño y en ninguno de sus estúpidos, absurdos y ridículos capítulos hay un apartado que diga:
“Cómo hacerle saber a los familiares de un occiso; que por estar perdiendo el tiempo entre lágrimas y lamentos, no se han percatado de lo egoístas que se están comportando con un pobre vecino hambriento y solitario que ha sufrido en carne propia un allanamiento de morada vehicular y al que nunca han tenido ni siquiera la amabilidad de saludar.”
¿Por qué le tienen que pasar estas cosas a alguien que no sabe cómo comunicarse con los demás? Y mucho menos cuando “los demás” tienen estacionada una camioneta que va por los muertos a domicilio. Esa maldita moda del “servicio a domicilio” debería de tener un límite. En ese mismo instante llegué a la conclusión (y mira que estaba realmente agotado como para ponerme a pensar) de que era imposible que el servicio que estaba brindando la funeraria fuera express… Era un hecho que se iban a tardar más de 30 minutos en salir y desafortunadamente para ellos; el servicio no sería gratis como con las pizzas.
Entré en pánico porque me di cuenta que jamás había cruzado palabra alguna con ningún vecino del edificio en el que vivo hace más de cinco años y mi carta de presentación estaba a punto de ser un pésame.
No sabes todo lo que pasó por mi mente. Los diálogos que tuve conmigo iban desde lo más conservador y formal hasta rozar lo más negro y ácido de mi sentido del humor… Si me animo a subir a pedirles que por favor muevan la camioneta, ¿es de mala educación quedarme unos minutos con ellos a hacerles compañía o es de mala educación no quedarme?
Qué tal que por educación les digo que estoy a “sus órdenes para lo que se ofrezca” y me toman la palabra. O peor aún; qué tal que me piden prestado para completar para el entierro porque no están pasando por una buena época. Después de darles el pésame, ¿tengo que desearles una feliz Navidad? ¿feliz año? ¿Cómo les digo de manera educada que están invadiendo el espacio ajeno?
Finalmente después de pensarlo a conciencia, tomé una sabia decisión: dejé mi coche tapando la salida de la camioneta y cuando me fueron a tocar para que lo moviera: me hice el muerto y nos les abrí.
¡Feliz Navidad!
