Posadas de oficina
Esos eventos que se hacen cada 365 días para dar gracias por un año más de jale.
Hace poco más de un año que arribamos a este planeta con la misión de investigar, descubrir, develar los grandes misterios que encierra la raza humana, sinceramente a cada minuto, día y semana que pasamos en la Tierra nos asombramos más. Incluso últimamente, Monuel Changosé, servidor, se ha comenzado a sentir paso a paso más cerca de los humanos, cada vez más identificado con sus angustias, preocupaciones y descontentos pero también, extrañamente, con sus gustos, vicios y relajitos, es por eso que hoy en esta columna haré lo posible para analizar un fenómeno antropológico cultural de exquisitos detalles: Las fiestas de Navidad o posadas de oficina.
Para nuestros lectores allá en Mikón; cada año los centros laborales, empresas y oficinas organizan un convivio para que todos los empleados se relajen, bailen y se emborrachen con la alegría que almacenaron en sus corazones después de 365 días de trabajo arduo y comprometido.
Las pachangas suelen ser en restaurantes, algunas se organizan en la misma oficina, esto depende de lo amarrado del patrón y el tamaño de la empresa, lo que realmente nos sorprende es lo que pasa en estas tertulias, anécdotas interminables que sin duda logran un cambio en los involucrados.
Para realizar este análisis tomaremos un sujeto "X" al que llamaremos Medina para ejemplificar algunos sucesos que suelen acontecer en dichos festejos.
Medina llega a la posada temprano, este año decidió hacerlo así porque, la última vez, la fila para los tacos de guisado era tan larga que para cuando llegó a servirse ya no había tortillas, el pollo con mole ya era puro mole, el arroz estaba rete seco y del chicharrón en salsa no quedaba ni el recuerdo. Sus compañeros comienzan a llegar, todos bien vestiditos, con bufandas de equipos de futbol, listos para divertirse y dar gracias por un año más de jale. En cada mesa su botella de Don Peter o de Bacacho para echarse unas cubitas campechanas, el jefe ha puesto una sola botella por mesa pensando que es más que suficiente para que todos estén a gusto.
Saldaña, el compañero de Medina en Contraloría es conocido por sus elegantes pasos de baile, todas las féminas de la oficina quieren bailar con él, así que Saldaña conecta su teléfono celular a las bocinas para no sufrir de escasez de cumbias colombianas, su especialidad en la pista.
Pasadas las horas, Medina ya se siente algo mareado, de la rifa del tostador y el microondas no quiere ni hablar, se lo ganaron los consentidos del jefe y la pantalla su esposa, que ni trabaja con ellos, pero todos deben decirle licenciada. Medina no está dispuesto a salir de la fiesta con las manos vacías, así que envalentonado por los tragos se acerca al lugar de Anita, asistente del jefe con tremenda delantera que todos desean pero nadie nunca había tomado el riesgo debido a los fuertes rumores de que en ese teclado nomás tecleaba el contador Bonilla.
Dejaré a la imaginación de los lectores lo que pasó en la pista entre Medina y Anita, pero sí debo decir que implica gritos y cachetadas. Medina, apenado y deprimido, se fue a sentar detrás de las bocinas, donde estaba la piñata de siete picos llena de colación, jícamas, tejocotes y mandarinas. Con la mano en la cara, Medina sintió el sabor del chicharrón en salsa en su garganta y, sin poder contenerse, vomitó dentro de la olla de barro forrada con engrudo y periódico.
El contador rompió la piñata con tan sólo tres palazos y los ojos de todos los empleados que miraban hacia arriba se llenaron de color y desastre como cada año en la posada de la oficina.
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