WikiLeaks

Se trata de la inauguración de un modo de interrelacionarse entre los humanos. Y eso es, estricta y definitivamente, cultura.

Más de uno se dirá, no bien empezada la lectura: qué le dio a este güey para escribir sobre política en la sección de cultura del Excélsior. Sección por demás escuálida. (Sirva ello de toque de alerta y amonestación a la dirección de El Periódico de la Vida Nacional). Sólo eso nos faltaba. Que la grilla venga a invadir los pocos espacios que no son suyos.

Quienes así se exclamen no estarán del todo faltos de razón. Es verdad que el portal de internet en el que se revelan cientos de miles de documentos, hasta ese momento secretos, acerca de la administración gringa, en particular sobre su política exterior, y más en particular sobre las guerras de ocupación de Irak y Afganistán, poseen una incidencia política indiscutible. Hablan de política y conciernen la política.

Pero también implican una manera, una manera nueva, de hablar, de comunicar, de hacer saber, de imponer o de denunciar el discurso y el ejercicio del poder. Y eso va más allá de la mera política. Y con el tiempo habrá ido mucho, pero mucho más allá. Se trata de la inauguración de un nuevo modo de interrelacionarse entre los humanos. Y eso es, estricta y definitivamente, cultura.

Que la computación, y en particular internet, iba a producir fenómenos inéditos que sobrepasan la simple comunicación, es algo que los adelantados ya sabían hace decenios. Los más lentos lo descubrieron hace dos. Decenios. Y los más pazguatos y bobalicones hace uno. Un decenio. Entre esos estoy yo.

Hace poco más de quince años surgieron las figuras del hacker y del cracker. Supongo que a estas alturas ya todo el mundo sabe de qué se tratan uno y otro. Pero por si las moscas, lo digo: Hacker es el chavo (es imprescindible ser joven) que se las sabe todas acerca de cómo funciona la web, internet, qué programas existen (son miles) y cómo usarlos. El cracker, en cambio, es el que sabe cómo romper los códigos de seguridad de tal o cual programa, de tal o cual base de datos. Bajar y/o usar información reservada. Muchos de los hackers son crackers, pero no demasiados crackers gozan de fama como hackers.

Unos y otros se han vuelto la pesadilla de empresas, bancos y gobiernos. Lo maravilloso (o terrible, depende de dónde usted lo mire, comprometido lector) es que para ser uno u otro no es necesario estudiar una inacabable y tediosa carrera universitaria ni poseer grandes fortunas o patrocinadores. Con una compu relativamente poderosa en casa —digamos de 20 mil pesos, pa’ que nos entendamos, dejémonos de bytes y gigas— ya la hizo. En fin, faltan el talento y la dedicación. Esa ya es otra bronca. Esos los pone usted.

Ya en las elecciones de 1994, el doctor Jorge Carpizo denunció que un estudiante de la Facultad de Ciencias, cuyo nombre callo con elegancia cervantina, había crackeado los programas de cómputo del IFE. No digo que sí, pero tampoco digo que no.

En todo caso, hace tres o cuatro años —depende de qué hablamos— surgen el mayor hack y el mayor crack de la historia de la computación. Sus autores lo bautizan como WikiLeaks, con el prefijo wiki, que remite a la Wikipedia, la formidable enciclopedia electrónica, cuyos verdaderos alcances están aún por establecerse, y que a su vez, lo toma de la lengua hawaiana, en la que significa “rápido”. Sus creadores estaban pensando en otra cosa al bautizarla. Nunca imaginaron que su obra no sería en primer lugar “rápida”, sino seria y profunda. E indispensable. Prodigiosa.

Pues bien, de wiki, y de leaks, “filtraciones”, surge WikiLeaks. Un grupo de escuincles, escuincles de treinta y tantos años los mayores, de dieciséis los cachorros, hackearon documentos ultrasecretos del gobierno gringo. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos tienen, pero se presume que son alrededor de dos millones. Han divulgado como la décima parte. Y da la impresión de que los implicados están temblando ante la posibilidad de que algunos de los 9/10 restantes sean exhibidos.

El primer protagonista de esta auténtica insubordinación fue un militar gringo, de misión en Irak, Manning Bradley, analista y experto en computación, que no pudo soportar la imagen de un helicóptero ametrallando civiles, hombres, mujeres, viejos y niños, que deambulan y se cruzan sobre una calle de Bagdad, y la divulgó. A ésa siguieron otras.

Manning se encuentra hoy preso en una cárcel militar de Virginia, en EU, y el fiscal pide para él 52 años de encierro. Existe una campaña internacional en solidaridad con él, que se puede contactar en BradleyManning.org.

Pero el golpe maestro fue la irrupción en escena de un auténtico maestro. Un maestro hacker: Julian Assange, de Townsville, en Queensland, Australia. Ahí se encuentra mi adorado Badó, estudiando corales, aunque sospecho que más que los corales hoy investiga otras verdades submarinas, y cómo seguir a Assange.

Son Assange y su equipo quienes fundan WikiLeaks. Y que, día tras día, van develando las más atroces entretelas del poder en Estados Unidos y el mundo. Usted mismo, sin mayor esfuerzo, mi cosmopolita lector, las hubiera podido observar y juzgar en wikileaks.com, pero ha sido censurada y deshabilitada. Existen cientos de sitios “espejo” pero van siendo, a su turno, clausurados. Van surgiendo muchos otros nuevos, pero es cosa de andarlos siguiendo, de andarlos encontrando.

Assange fue finalmente detenido en Londres, y si no me equivoco, cuando lee usted estas líneas habrá sido puesto en libertad. La acusación de haber cogido sin condón es de plano insostenible, y como WikiLeaks sigue, no quieren hacer de él, símbolo.

Hay quienes afirman que toda esta historia es un timo. Que si Assange es en realidad un agente de la CIA. O incluso, como sostiene ese pobre asalariado que es Alfredo Jaliffe, del Mossad. Me da igual. Yo mismo tengo serias dudas. Pero que jamás mis sospechas encubran mis prudencias y mis miedos, que nunca sirvan de coartada a mi cobardía, y mi inmovilidad. Que nunca me amordacen y me aten las manos.

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