Alí

La obra del autor crece con el tiempo, resisteel paso de los años y se queda como un legado de palabras.

Qué es aquello que identifica al escritor, al que lo es de veras; al hombre de letras, digamos; al que tiene por oficio decir cosas hasta él inéditas en su lengua. Debe haber algún elemento que lo distinga del “escribidor”, como el célebre personaje de Vargas Llosa; algo que lo sitúe más allá del vendedor de textos o del testimonialista. Tal vez haya sólo dos opciones: la obra del autor crece con el tiempo, resiste su paso y se queda como un legado de palabras, ideas y obras más fuertes que el imponente ritmo de los años, entonces, los contemporáneos apenas podemos tener un atisbo de lo que algún día será una gran obra; o bien, son escritores que se hacen uno con el tiempo en el que viven, testificándolo y transformándolo a través de su obra y se convierten en ejemplos y parámetros del momento en que viven; entonces, las generaciones que observen a la distancia al autor y a la obra no pueden ver sino un tímido reflejo de lo que el escritor representó en su época. Esos fenómenos no son excluyentes y algunas veces pueden presentarse de la mano; ambos, en conjunto, es lo que llamamos grandeza literaria.

Hoy, cuando Alí Chumacero ya no está más entre nosotros, debemos aceptar todavía una forma más de esa grandeza, algo que podemos llamar la bondad de las palabras. Sus contemporáneos sabemos que disfrutó de una capacidad privilegiada para testificar y protagonizar su época, apostamos por que su obra rompa las ataduras del tiempo y que sean muchos los que lo leerán ahora y lo seguirán haciendo el día de mañana. Pero, en él, se suma una fabulosa capacidad de hacer el bien con sus letras. Esa es una dimensión que excede al arte y que magnifica a la persona.

Tal vez nunca sabremos qué fue precisamente lo que corrigió en el texto de Pedro Páramo, cuando lo tuvo en sus manos, porque honorable como lo era, nunca quiso reconocerlo. Nunca tendremos una idea cierta de cuántas de los cientos de obras que tuvo en sus manos editoras alcanzaron toda su dimensión gracias a sus servicios porque, para él, sólo se trataba de su oficio, digno y artesanal. Sus palabras construían y hermanaban, sus palabras no eran puñales ni provocaciones, eran puentes y objetos de construcción, unía generaciones y sujetos de distintos puntos de vista, porque su obra, particularmente la poética, estaba llamada a descubrir y crear los aspectos más humanos de nuestra naturaleza.

Desde el FCE, desde El Colegio de México, desde los muchos suplementos literarios que dirigió y consolidó, desde la Academia Mexicana de la Lengua, Alí Chumacero sirvió a México y a su cultura con el afán preciosista del artesano, pero también con la pasión y la entrega del poeta. De construcciones casi perfectas, de vocablos precisos en el fondo y la forma, Chumacero creó un universo poético donde lo humano, es decir, lo universal, hablaba a través de su mexicanidad más íntima. Enemigo cruel y acérrimo de formalismos y solemnidades, vivió con la sonrisa que las fotografías inmortalizaron y por la que muchos habremos de recordarlo siempre. Tal vez la mayor de sus grandezas literarias fuera esa, la de construir, íntima y hermosamente, un México de voces y palabras llamado a la universalidad.

Gracias, maestro.

        *Profesor de la Facultad de Derecho.

                                                            UNAM.

            fserranomigallon@yahoo.com

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