México en la estrategia del terror

El mundo está en guerra. Estados Unidos debe evaluar con toda frialdad y objetividad a sus aliados.

Antes de WikiLeaks, tuve acceso a un estudio confidencial preparado por un equipo de especialistas estadunidenses, civiles y militares, gubernamentales y del sector privado, en materia de seguridad nacional dentro de la era global. El estudio menciona específicamente a México y se extiende luego en algunas consideraciones importantes acerca del terror y el contraterror. Les ofrezco una síntesis de los puntos más relevantes del documento, que no es ni será del conocimiento público.

El mundo está en guerra. Estados Unidos debe evaluar con toda frialdad y objetividad a sus aliados. En el sur, México no representa garantía alguna como dique para el terrorismo. El gobierno federal se deteriora aceleradamente; la incompetencia de su equipo es evidente, con escasas excepciones.

La única estructura medianamente confiable es la militar, que se ve sometida a un acoso permanente y, por lo mismo, se vuelve lenta e ineficiente, aunque existen excepciones importantes. La paz social es frágil y la respuesta gubernamental ha sido insuficiente en el terreno del acotamiento y la represión; y desordenada, además de costosa en muchos aspectos, en el ámbito de la gobernabilidad y la vida cotidiana de una sociedad temerosa.

La red terrorista internacional busca nuevas bases de operaciones. Una de ellas puede ser Sudamérica, desde donde Al-Qaeda trataría de llegar a Estados Unidos a través de México. Por ello, es indispensable que el gobierno mexicano permita el desplazamiento de tropas estadunidenses (fuerzas especiales) dentro de su territorio.

Inicialmente, sólo en la zona fronteriza, con la justificación de proteger instalaciones estratégicas. Después, sería preciso negociar el establecimiento de una base de marines en el sureste. La cooperación de las fuerzas armadas es indispensable y, en principio, se puede encontrar buena disposición en el gobierno federal. A cambio, habrá que fortalecerlo sobre todo económicamente-, pues por el desprestigio que está acumulando, puede perder el mando real del país.

La idea de establecer una amplia coalición de naciones civilizadas es sin duda sensata, pero implica una invitación a la parálisis. Algunos países occidentales dan a Estados Unidos apoyo crítico, otros muestran su indisposición e insisten en tener el consentimiento de sus ciudadanos.

Washington trató de atraer países árabes y musulmanes a la coalición, tal como hizo cuando la guerra del golfo. Es una proposición razonable, aunque bastante falta de realismo. Algunos gobiernos musulmanes abominan de los terroristas fundamentalistas, pero temen incluso más a la opinión pública nacional. Piensan que si cooperan con Occidente contra el terrorismo, podría haber manifestaciones violentas y ellos ser depuestos del poder. Recuerdan el destino del rey Abdullah de Jordania, Anwar Sadat y otros líderes árabes y musulmanes. Otros gobiernos simpatizan con los fundamentalistas o están incluso preparados para ayudarles.

El terrorismo no se basa en el sentido común ni en la lógica elemental. Tampoco es efectivo el contraterrorismo. La lección paradójica y perversa de la historia del terrorismo es que golpeando a todos aquellos que están relacionados -aunque sea de forma marginal- se obtiene un impacto considerablemente beneficioso.

Basado en impulsos religiosos-nacionalistas, el terrorismo no es de ningún modo el monopolio de los musulmanes. Puede hallarse entre los cristianos, judíos, hindúes, en Japón y en cualquier parte. Pero hoy existe principalmente en los países musulmanes o en aquellos donde los musulmanes coexisten con otros grupos étnicos o sociales.

Ello es verdad en casi 90% de los conflictos violentos del mundo contemporáneo, desde Filipinas hasta Somalia y Nigeria; desde Cachemira hasta Palestina/Israel, Macedonia y Argelia. Afecta a Tayikistán y otros países del Asia Central, así como los países del Cáucaso, particularmente Chechenia y Daguestán. La semana próxima concluiré esta entrega.

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