Marco Palet: cuatro décadas escuchando historias que el VIH no pudo borrar
Desde los años ochenta, Marco Palet ha acompañado a personas que viven con VIH. En Desde la piel de la escritura rescata sus historias para combatir el estigma y devolverles rostro, memoria y dignidad.

En los años ochenta, cuando hablar de VIH era hablar de miedo, silencio y muerte, Marco Palet comenzó a hacer algo que terminaría definiendo su vida: escuchar. Hoy, desde la Clínica Condesa y a través de su libro Desde la piel de la escritura, recupera historias de personas que durante décadas fueron invisibles para una sociedad que todavía tiene mucho que aprender sobre el VIH, la sexualidad, la vulnerabilidad y la empatía.
Adentrémonos.
Hay conversaciones que comienzan con una pregunta y terminan convirtiéndose en un viaje por toda una vida. La de Marco Palet pertenece a esa clase. Porque cuando se le pregunta por la primera persona que le hizo entender que el VIH no era solamente una enfermedad, sino una historia humana, no necesita pensarlo demasiado: recuerda a Arturo Díaz Betancourt, uno de los activistas que lo acercaron al movimiento en los años finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando todavía no existían los medicamentos que hoy permiten a una persona vivir con VIH, cuando no había Clínicas Condesa y cuando el sistema de salud apenas comenzaba a entender la dimensión de lo que estaba ocurriendo.
“Todo era miedo, y el silencio era igual a muerte”, recuerda. Aquella frase parece resumir una época, pero también explica el origen de una vocación que comenzó en la comunicación y terminó convirtiéndose en una vida dedicada a la salud pública, al activismo y, ahora, a la escritura.
Antes del VIH, Marco Palet se imaginaba una vida mucho más convencional. Se veía casado, con hijos, formando una familia, mientras al mismo tiempo comenzaba a descubrir que era diferente y que necesitaba entender su propia identidad en una época en la que las herramientas para hacerlo eran prácticamente inexistentes.
No había teléfonos inteligentes, redes sociales, páginas electrónicas ni la posibilidad de buscar una respuesta en segundos. Estudiaba comunicación y llevaba una libreta, quizá una grabadora o una cámara.
Para entenderse tenía que recurrir a otras personas y, precisamente en ese proceso, descubrió algo que terminaría convirtiéndose en una de las ideas centrales de su vida: escuchar también puede ser una forma de ayudar. Pero no escuchar esperando el momento de responder o de imponer una opinión, sino escuchar con todo el cuerpo, con el corazón, con empatía.

“Aprendí a ser escuchado”, explica, “y entendí que había que hacer lo mismo con los demás”.
Fue Arturo Díaz Betancourt quien terminó de cambiar el rumbo. En aquella época formaba parte de Cálamo, Espacios y Alternativas Comunitarias, una asociación vinculada con la liberación homosexual y dedicada a la educación, la formación y la prevención.
Cuando supo que Marco estudiaba comunicación, le planteó algo que entonces parecía casi una misión de emergencia: había que hacer una campaña de radio sobre el SIDA. Así llegó al Instituto Mexicano de la Radio, donde se encontraron con Gerardo Estrada, entonces director de la institución, y comenzó una experiencia que terminaría definiendo su trayectoria. Había que explicar desde cero qué era el VIH, cómo se transmitía y, quizá todavía más importante, cómo no se transmitía.
Había que decirle a una sociedad aterrorizada que el virus no se adquiría por tocar, abrazar o besar a una persona. Marco terminó trabajando con Mexicanos contra el SIDA, una confederación de organizaciones civiles que reunía a grupos que intentaban responder desde la sociedad a una epidemia que el Estado todavía no sabía cómo enfrentar.
Lo que encontraron fue miedo, desinformación y una respuesta institucional insuficiente. Marco recuerda incluso a un funcionario de salud que llegó a decir que el VIH-SIDA era un problema de prostitutas y homosexuales, como si el resto de la sociedad pudiera considerarse a salvo. Para él, aquello fue especialmente grave porque convirtió la ignorancia en una herramienta de discriminación.
“Le echó carbón a la hoguera de la estigmatización”, recuerda. Mientras algunos funcionarios señalaban grupos, los activistas tenían que entrar a hospitales para convencer a enfermeras de atender a personas que estaban postradas en una cama y que eran rechazadas por el temor de quienes debían cuidarlas.
No había tiempo para grandes discursos. Había que hacer lo que tocaba. Y lo que tocaba era acompañar, informar, atender y evitar que el miedo terminara convirtiéndose en abandono.
Entre las historias que todavía conserva en la memoria hay una que le cambió la vida de manera definitiva. Era una pareja de amigos que recibió el diagnóstico cuando todavía no existían los medicamentos capaces de modificar radicalmente el curso de la enfermedad.
Los dos decidieron aprovechar el tiempo y viajaron por distintas partes del mundo. Regresaron y uno de ellos enfermó. Después llegó una neumonía y, durante un fuerte ataque de tos, se ahogó con las flemas. No pudieron darle en casa la atención necesaria para salvarlo, y murió.
Meses después murió también su pareja.
Marco convivía con ellos, viajaba con ellos, se divertía con ellos; eran parte de su vida y, de pronto, el diagnóstico había convertido la pregunta “¿y si sí?” en una presencia permanente. La prueba de VIH se convirtió entonces en una experiencia aterradora para muchísimas personas.

Aquellas muertes no fueron una estadística para él: tenían nombres, rostros, conversaciones y recuerdos.
La respuesta comenzó a cambiar poco a poco. Surgió Conasida, llegaron campañas, la sociedad civil mexicana empezó a intercambiar experiencias con organizaciones de Estados Unidos y aparecieron figuras públicas que decidieron hablar del VIH sin miedo.
Marco recuerda el papel de organizaciones como San Francisco AIDS Foundation y de figuras como Elizabeth Taylor y Madonna, quienes ayudaron a colocar el tema en el espacio público y a presionar para que hubiera recursos destinados a investigación y atención.
Después llegaron los antirretrovirales, y con ellos una de las primeras grandes esperanzas de su vida: que la gente dejara de morir. Pero también hubo una parte dolorosa de esa transición. Algunos amigos no alcanzaron a recibir los nuevos tratamientos; otros llegaron demasiado tarde.
Por eso, cuando Marco habla de los avances biomédicos actuales, lo hace con una mezcla de esperanza y memoria: hoy existen medicamentos mucho más eficaces, tratamientos que permiten vivir con VIH y nuevas alternativas de prevención, pero precisamente por eso le resulta paradójico que exista menos difusión pública que antes.
“Tenemos más tecnología biomédica, más avances médicos para el tratamiento, para la atención y para la prevención, y tenemos menos difusión”, plantea. Su preocupación no es solamente institucional. Es generacional. Le inquieta que una persona joven piense que el VIH pertenece al pasado porque existen medicamentos. Que confunda tener tratamiento con no tener riesgo. Que crea que “ya no pasa nada”. Por eso insiste en la necesidad de volver a invertir en educación y comunicación, pero hacerlo con las herramientas que utilizan las nuevas generaciones.

Habla de TikTok, de influencers jóvenes capacitados por médicos e infectólogos y de campañas capaces de explicar en segundos conceptos como la PrEP, la PEP o las formas de transmisión. Para él, no se trata de escoger entre un libro y un video de 20 segundos: se trata de utilizar cada herramienta disponible para que la información llegue a quien la necesita.
Pero después de tantos años escuchando historias difíciles, aparece una pregunta inevitable: ¿cómo regresa una persona a casa después de escuchar tanto dolor?
Marco responde que también ha aprendido a reconocer la alegría, la recuperación y la felicidad. Ha desarrollado técnicas de escucha activa, empatía, contención y acompañamiento, pero también reconoce que existe desgaste. En su caso encontró herramientas para regularlo: desde los años ochenta practica meditación y yoga, se formó como profesor de yoga en la Gran Fraternidad Universal y actualmente trabaja también con neuromeditación, yoga y sanación.

Habla de algo que para él une tradición y ciencia: los estudios recientes de neurociencias han permitido comprobar en laboratorio algunos beneficios que las tradiciones orientales habían planteado durante siglos. Respirar, meditar, aprender a regular las emociones, disminuir el estrés y dormir mejor no son para él conceptos abstractos, sino prácticas que le han permitido seguir haciendo un trabajo que exige escuchar constantemente historias difíciles.
Y entonces aparece una palabra que atraviesa toda la conversación: vulnerabilidad.
Marco quiere desmontar la manera automática en que utilizamos el término. Vivir con VIH, explica, no convierte automáticamente a una persona en vulnerable. La vulnerabilidad también depende de las condiciones económicas, sociales y familiares.
No es lo mismo vivir con VIH teniendo recursos, vivienda y acceso a atención médica que hacerlo siendo pobre, viviendo en la calle y sin una red de apoyo. En la Clínica Condesa ha conocido mujeres que viven con VIH y que no pueden revelar su diagnóstico, que han perdido a sus parejas, que tienen dificultades económicas incluso para comunicarse con sus amigas.
Ha visto también cómo el estigma sigue operando de maneras silenciosas.
Recuerda, por ejemplo, la visita de princesas de Bélgica y Noruega a la Clínica Condesa para conocer a mujeres que viven con VIH. La prensa terminó interesándose por otras cosas: los tacos que comieron, las fotografías, lo anecdótico de la visita.
Mientras tanto, las mujeres que habían ido a encontrarse con ellas permanecieron prácticamente invisibles. Nadie les preguntó qué significaba vivir con un diagnóstico que todavía no podían contar a sus vecinos, qué ocurría con los rumores de una mujer de la colonia o cómo construían su vida cotidiana.
Para Marco, ahí está una de las grandes paradojas del trabajo de comunicación: podemos tener una imagen pública de inclusión y, al mismo tiempo, no escuchar a las personas que están frente a nosotros.
La Clínica Condesa ocupa un lugar central en esa historia. Para Marco es un espacio seguro, pero también un espacio de educación, información, acompañamiento y salud pública.
La institución nació impulsada por aquella sociedad civil que durante los años más duros de la epidemia exigió respuestas y encontró aliados dentro de las instituciones. La primera Clínica Condesa cumplió 25 años y ya existe una segunda sede en Iztapalapa; además, está planteada una tercera en Gustavo A. Madero.
La nueva estrategia busca acercar servicios mediante las llamadas estaciones Condesa, pequeños espacios integrados a las Casas de la Salud, dentro de las Utopías, donde las personas puedan realizarse pruebas y quienes ya reciben tratamiento puedan tener acceso más cercano a sus medicamentos antirretrovirales.
Marco trabaja ahí como coordinador de comunicación y promoción de la salud sexual. Habla con orgullo de un equipo que comenzó con voluntarios y que poco a poco fue construyendo una presencia digital más sólida.
Pero vuelve al mismo punto: hace falta presupuesto para comunicar.
Para él, la prevención también es una inversión de salud pública. Sale más barato prevenir que atender las complicaciones que pueden aparecer cuando una persona no tiene diagnóstico, tratamiento o seguimiento. Y la comunicación, insiste, forma parte de esa prevención.
Todo ese recorrido terminó encontrando una nueva forma de expresión en Desde la piel de la escritura, el libro que comenzó a escribir durante la pandemia y que concluyó en diciembre de 2025.
La idea original ni siquiera era necesariamente hacer un libro. Marco pensaba en un podcast, en reels, en otros formatos. Pero la escritora Mónica Lavín, a quien conoció cuando trabajó en la Secretaría de Cultura y de cuyos talleres formó parte, le insistió en algo sencillo: primero escribe. Después haz lo que quieras.
Y escribió.
Comenzó a poner en papel historias que había escuchado durante años en la clínica y, poco a poco, encontró su voz narrativa.
No son artículos científicos ni testimonios periodísticos convencionales. Son historias de personas reales, con identidades, circunstancias y algunos elementos modificados para protegerlas, pero conservando la esencia de lo vivido.
Hay hombres gays, personas bisexuales, mujeres y hombres trans, jóvenes, mujeres, extranjeros, personas en situación de calle, historias de consumo de sustancias, trabajo sexual, discriminación, miedo, desencuentros, pero también historias de reconciliación, solidaridad y alegría. Marco quería que el lector pudiera acercarse a ellas sin morbo y, sobre todo, que pudiera reconocerse en ellas.
Existen recuerdos que no necesitan una tragedia para quedarse para siempre.
A veces basta un gesto diminuto.
Marco recuerda el encuentro de una familia con una mujer que vivía con VIH y que había llegado a la clínica después de atravesar circunstancias difíciles. Había distancia, miedo, incomprensión. Pero algo ocurrió durante aquella tarde y terminó rompiendo, aunque fuera por un momento, la barrera que se había levantado alrededor de ella. Marco recuerda a la madre acercándose discretamente a su hija y haciéndole “piojito” con un dedo. Era una tarde soleada y él observó aquella escena casi en silencio, consciente de que podía dejarla guardada para sí mismo, como había hecho con tantas otras imágenes acumuladas durante décadas, o convertirla en una historia que alguien más pudiera leer.
Para Marco, escribirla tenía sentido precisamente por eso. Quizá alguien que leyera el libro estuviera viviendo algo parecido; quizá una madre encontrara ahí una forma de acompañar a su hijo, un sobrino entendiera mejor a su tío o alguien pudiera acercarse a una persona que hasta entonces había mantenido a distancia. Que alguien pudiera decirle a otro: no estás solo, te entiendo. Esa posibilidad, explica, es suficiente para justificar el haberla escrito.
Una de las historias que más trabajo le costó escribir es la de Crispín, La tercera es la vencida, un joven que llegó desde la Sierra de Guerrero con la ilusión de conocer la Ciudad de México, trabajar y construir una vida.
Un amigo lo introdujo al trabajo sexual y posteriormente le ofrecieron utilizar sus conocimientos para inyectar metanfetaminas a otras personas. La falta de información y una cadena de circunstancias terminaron llevándolo a adquirir el VIH y a tener dificultades para mantener el tratamiento.
Su historia, aclara Marco, no es una condena al trabajo sexual: el problema fue la falta de información y las condiciones de vulnerabilidad en las que se encontraba.
Por eso el título no es casual.
Marco dice que uno escribe con todo el cuerpo, porque en la clínica ha vivido de todo: pacientes amorosos y generosos, pero también personas violentas, agresivas o desesperadas. Y con el tiempo aprendió a mirar detrás de esa conducta. A preguntarse qué problema trae esa persona, qué está viviendo, qué ha tenido que atravesar para llegar hasta ahí.
El libro busca justamente eso: que detrás de cada diagnóstico el lector sea capaz de ver a una persona.
Hay una frase que lo marcó especialmente. Un paciente recibió una indicación sobre lo que debía hacer al llegar a su casa. Marco le dijo que al llegar tomara determinado medicamento o siguiera determinado procedimiento.
La respuesta fue inmediata:
“No tengo casa”.
La frase se quedó con él.
Porque obliga a entender que detrás de un diagnóstico puede existir una realidad mucho más compleja. Y porque, como recuerda Marco, cuando llueve piensa en aquellos jóvenes que esperan a que pase el agua para poder meterse debajo de una banca de un parque, cuidando que no haya ratas ni piedras, abrazados a su mochila mientras intentan pasar el día.
Esa es quizá la razón más profunda por la que decidió escribir.
No para presumir los casos que ha atendido. No para colocarse en el centro. Al contrario: Marco habla de la satisfacción de ayudar a otros a ocupar un lugar, de impulsar a personas jóvenes y permitir que sean ellas quienes brillen.
Cuando se pregunta qué le diría al Marco joven si pudiera volver a encontrárselo, no le daría una larga explicación. Le diría simplemente: “Todo va a estar bien. Confía.” Le advertiría que muchas personas se irían de su vida, pero que viviría muchos años y tendría muchos años de servicio ayudando a otros, procurando hacerlo sin protagonismo.
Después de cuatro décadas, también reconoce que él mismo sigue cambiando. No se considera terminado. Aprende de los jóvenes que llegan a trabajar a comunicación y que conocen mejor las redes sociales, aprende nuevas maneras de contar una historia y, al mismo tiempo, conserva el placer de la narración larga, de describir un olor, un color, una textura, el sudor que corre por la frente de alguien, el nerviosismo de escuchar un nombre o la tensión de esperar un resultado.
Porque quizá eso sea lo que un libro puede hacer y una estadística no: devolverle cuerpo a una historia.
Marco quisiera que Desde la piel de la escritura llegue a una persona que todavía no existe.
Imagina que dentro de 30 años un joven encuentra el libro en una biblioteca, lo lee completo y lo vuelve a colocar en el estante.
¿Qué quisiera que hubiera cambiado cuando ese lector salga de ahí? Su manera de mirar a los otros, a las otras y a los otres. Y, sobre todo, le gustaría que para entonces ya no hubiera nuevos casos de VIH, que la ciencia hubiera encontrado una cura y que el libro pudiera ser leído como el testimonio de una época que finalmente quedó atrás.
Pero mientras eso ocurre, hay algo que sí puede cambiar ahora: la manera en que miramos a una persona.
“Que seamos más respetuosos y cuidadosos con los diagnósticos”, dice. Y también recuerda que vivir con VIH no hace a nadie más ni menos humano, de la misma manera que ser gay, bisexual o trans tampoco hace a una persona mejor o peor. Lo que sí ha aprendido de quienes viven con el diagnóstico es el valor del amor propio. Primero hay que cuidarse y quererse uno mismo para poder ayudar a los demás.
Por eso también cuestiona a quienes siguen utilizando palabras que alimentan el estigma. No habla de “contagio” de VIH, sino de transmisión, porque el lenguaje importa.
Las palabras pueden construir comprensión o levantar barreras. Y aunque reconoce que México ha avanzado en la manera de nombrar y hablar de las personas que viven con VIH, considera que todavía existe una parte importante de la sociedad que continúa discriminando porque no tiene información suficiente.
La Clínica Condesa, dice, debería ser también una escuela de empatía. Ha visto médicos que todavía le dicen a un paciente “usted está enfermo” cuando esa persona les explica que vive con VIH y que no tiene una enfermedad. A ellos les pediría humildad. Que escuchen. Que conozcan. Que entiendan que detrás de un diagnóstico existe una historia y que ninguna bata blanca debería impedir escucharla.
Y entonces la conversación vuelve al libro.
Desde la piel de la escritura comenzó siendo un conjunto de historias que Marco llevaba dentro y terminó convirtiéndose en un objeto que ya no le pertenece del todo. Se presentó por primera vez en febrero y ha tenido varias presentaciones. Puede encontrarse en Somos Voces, una librería especializada en temas LGBT, pero sobre todo existe como una invitación a mirar de otra manera.
Marco quiere que quien lo lea se haga una pregunta sobre su propia sexualidad, considere hacerse una prueba, piense en alguien que conoce o recuerde a una persona que quizá ha estado tratando con distancia por desconocimiento. Quiere que alguien pueda leer una historia y decir: “Yo estoy viviendo esto”. O que una madre encuentre una forma de acompañar a su hijo. Que alguien pueda entender mejor a un sobrino, a un hermano, a un tío.
Y quiere escribir más.
Le faltan capítulos. Uno sobre niños y niñas. Otro sobre activistas de larga trayectoria. Otro en el que el propio VIH aparezca casi como personaje. También hay historias que todavía no se atreve a contar o que, sencillamente, aún no ha escrito.
Porque después de cuarenta años escuchando historias, Marco Palet todavía tiene algo que decir.
Y mucho por escuchar.
Cuando se le pregunta qué ha aprendido sobre la condición humana después de todo este tiempo, su respuesta no es sencilla ni complaciente. Ha conocido la miseria humana, dice, pero también ha encontrado personas maravillosas; amigos que preguntan qué necesitas y van por ti, que te llevan, te cargan, te dan de comer o completan lo que hace falta.
Ha aprendido que las peores tempestades también pasan y que la vida, incluso después de las pérdidas, sigue ofreciendo posibilidades.
Por eso habla de tirar buena onda al mundo para que el mundo devuelva buena onda. De ser uno mismo. De no vivir pendiente de la mirada ajena. De aprender a respirar, meditar, escribir, escuchar.
De construir hábitos que permitan tener una mente más tranquila y un corazón más sereno.
Y entonces, después de tantas muertes, tantos diagnósticos, tantos años de activismo y tantas historias, aparece una idea que resume mejor que ninguna otra la vida de Marco Palet: ayudar sin protagonismo.
Porque quizá el verdadero sentido de escuchar no sea convertirse en la voz de los demás, sino conseguir que esas personas finalmente puedan ser escuchadas.
Y eso es lo que intenta hacer con Desde la piel de la escritura: tomar historias que durante mucho tiempo permanecieron en los pasillos de una clínica, en las salas de espera, en las conversaciones discretas, en las lágrimas, en los abrazos y en los silencios, y ponerlas en manos de otros.
Para que no desaparezcan.
Para que alguien las lea.
Para que alguien comprenda.
Para que, quizá, alguien cambie.
Y para que dentro de 30 años, cuando un joven encuentre el libro en una biblioteca, pueda leerlo y preguntarse cómo fue posible que alguna vez el VIH estuviera rodeado de tanto miedo, tanto silencio y tanta discriminación.
Si eso ocurre, Marco habrá conseguido algo más que publicar un libro.
Habrá convertido cuatro décadas de escucha en memoria colectiva, en tabla de salvación. Y los muertos por VIH tendrán su otra razón de ser.