Zapatos cubiertos de ceniza y un presidente en crisis: así recuerda un periodista el 11-S
Bush leía un libro a escolares cuando un asistente le informó del segundo avión estrellado en Nueva York.

El presidente George W. Bush había salido a correr por un campo de golf de Florida antes del amanecer cuando lo vi por primera vez el 11 de septiembre de 2001.
Como uno de los dos corresponsales de Reuters que viajaban con Bush aquel día, yo estaba cubriendo lo que se esperaba que fuera un acto rutinario con escolares para promover las medidas educativas de su Gobierno. Llevaba menos de ocho meses como presidente de Estados Unidos.
En cuestión de horas, un Bush sin experiencia se enfrentaría al peor ataque en suelo estadunidense desde Pearl Harbor en 1941.
La tragedia se desató mientras Bush visitaba la escuela primaria Emma E. Booker en Sarasota, Florida. Mientras el presidente se reunía con el personal escolar y los alumnos, yo me encontraba en un centro de prensa cercano habilitado para los periodistas.
Vimos una retransmisión televisiva en directo que mostraba cómo salía humo de una de las torres gemelas del World Trade Center en Nueva York. Un avión se había chocado con ella en lo que en un primer momento supusimos que era un accidente. Entonces, mientras observábamos, se estrelló un segundo avión.
Bush se encontraba en la escuela, leyendo un libro a los niños. Las cámaras captaron la expresión de conmoción en su rostro cuando un asistente de la Casa Blanca entró en el aula y le susurró lo del segundo avión, diciéndole: "Estados Unidos está siendo atacado".
Antes de que terminara la semana, Bush mostraría toda una gama de emociones al asimilar los acontecimientos que marcaron un punto de inflexión en su presidencia y en la vida de los estadunidenses: horror e ira ante los atentados, dolor y lágrimas por las víctimas, y promesas desafiantes de hacer pagar a los responsables.
El expresidente, que ahora tiene 80 años, tiene previsto asistir el viernes a una ceremonia para conmemorar el 25.º aniversario de los atentados en la Zona Cero de Nueva York. El miércoles por la tarde compartirá sus reflexiones sobre el aniversario en su biblioteca presidencial de Dallas, donde se expondrán 16 obras de arte que él mismo ha pintado y que reflejan el valor y el sacrificio de aquel día.
Se hizo evidente (…) que el mundo había cambiado", diría Bush más tarde en el programa "60 Minutes II" de la CBS.
Bush dedicó el resto de su presidencia a trabajar para evitar otro ataque de ese tipo. Los secuestros pusieron de manifiesto las vulnerabilidades de seguridad, lo que impulsó un refuerzo de las medidas de seguridad en los aeropuertos y los edificios públicos. Su Gobierno fue objeto de críticas por las duras tácticas de interrogatorio utilizadas con algunos sospechosos de terrorismo islámico, y su invasión de Irak en 2003 fue considerada por muchos como un error muy costoso.
El expresidente rechazó una solicitud de entrevista de Reuters para este reportaje.
Una carrera para proteger al presidente
Un cuarto de siglo después, los recuerdos siguen vivos.
Inmediatamente después de los atentados con los aviones secuestrados, se desató una carrera para proteger al presidente. Mientras Bush era trasladado rápidamente al Air Force One para abandonar Florida, la magnitud de la crisis se volvía palpable.
Las torres del World Trade Center se derrumbaron, lo que provocó la muerte de unas 3 mil personas. Un tercer avión se estrelló contra el Pentágono, lo que mató a 64 personas a bordo y a 125 en el edificio. Un cuarto avión se estrelló en un campo en Shanksville, Pensilvania, después de que los pasajeros se enfrentaran a los secuestradores, y las 44 personas a bordo fallecieron.
El pánico se apoderó de Washington. Las columnas de humo que salían del Pentágono hicieron temer la presencia de coches bomba. Se evacuó la Casa Blanca, y el Servicio Secreto ordenó a las empleadas que se quitaran los tacones y corrieran.
Bush pasó el día sobrevolando el país a bordo del Air Force One, primero hasta la base aérea de Barksdale, en Luisiana, y después hasta la base aérea de Offutt, en Nebraska. Más tarde, insistiría en mejorar los equipos de comunicaciones del Air Force One, tras haber tenido problemas para mantenerse en contacto con la Casa Blanca mientras volaba por el país.
En Nebraska, se refugió en un búnker subterráneo para celebrar una teleconferencia informativa con los principales asesores de seguridad nacional y el vicepresidente Dick Cheney.
Ansioso por regresar a Washington, Bush llegó a la Casa Blanca a última hora de la tarde. Esa noche pronunció un discurso desde el Despacho Oval.
Las imágenes de aviones estrellándose contra edificios, de incendios ardiendo y de enormes estructuras derrumbándose nos han llenado de incredulidad, de una tristeza terrible y de una ira silenciosa e inquebrantable", dijo Bush.
Mientras tanto, junto con gran parte de la prensa acreditada en la Casa Blanca, yo seguía en Florida, sin poder volar a ningún sitio, ya que se había suspendido todo el tráfico aéreo. Como presidente de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca en aquel momento, ayudé a presionar para que nos dejaran volver a casa, y finalmente tomamos un autobús fletado de vuelta a la capital.
Tras un viaje de 14 horas, lo primero que vimos de Washington fue la herida humeante del Pentágono.
El 14 de septiembre, viajé con Bush a la Zona Cero. Las torres seguían ardiendo y el olor se percibía a kilómetros de distancia. Mientras Bush recorría el lugar devastado junto al entonces alcalde Rudy Giuliani, existía el temor de que algunos edificios circundantes se hubieran debilitado hasta el punto de derrumbarse.
Una espesa capa de ceniza lo cubría todo: las aceras, las calles y los hombros de los bomberos, agotados.
De pie sobre los restos de un camión de bomberos, Bush dijo a los equipos de emergencia que Estados Unidos estaba ahora en guerra con los milicianos islámicos.
¡Los oigo! ¡Los oigo! ¡El resto del mundo los oye! ¡Y quienes derribaron estos edificios nos oirán a todos muy pronto!", dijo a través de un megáfono.
Los zapatos que yo llevaba ese día acabaron cubiertos de ceniza y hollín. Cuando volví a casa, los metí en una bolsa de plástico y los guardé en un armario.
Veinticinco años después, siguen allí. Demasiado estropeados para ponérmelos, demasiado queridos para tirarlos.