El último refugio, la Virgen de Guadalupe entre los escombros; abajo, 20 años de esfuerzos

Carolina y Oskar perdieron su hogar por el reciente terremoto en Colombia y sus esperanzas recaen en su fe y en las donaciones en una plataforma web

Caro y Oskar
Caro y OskarEspecial

El teléfono tronó. Eran las 7:43 de la mañana cuando una alerta de Google escupió la palabra “Terremoto” con un sonido estridente —una alarma que ni siquiera sabían que existía— y los arrojó de la cama un segundo antes de que la tierra comenzara a sacudirse con una magnitud de 7.4. Lograron bajar a duras penas los tres pisos de su edificio, intentando esquivar las violentas embestidas y ondas del sismo para no ser arrojados contra el suelo.

Medalla de la Virgen de Guadalupe
Medalla de la Virgen de GuadalupeEspecial

En cuestión de minutos, el trabajo de toda una vida se volvió escombros. Lo único que lograron rescatar de su hogar, días después, fueron los documentos. Guardada entre ellos, apareció una medalla de la Virgen de Guadalupe.

“Cuando abrí la mochilita de los documentos y vi la cadenita, la verdad fue como un abrazo del alma; sentí que recuperaba algo”, relató Carolina Carantón Agudelo en entrevista con Excélsior. “Tener la imagen entre mis manos me llenó de una felicidad que no esperaba. Es como si la Virgen me dijera: ‘Te abrazo. Están pasando cosas feas, pero aquí estoy yo con ustedes’”.

Terremoto en Colombia
Terremoto en ColombiaEspecial

Carolina y su esposo, Oskar Ortiz Echeverría, son colombianos. Habían construido su vida lejos de sus familias a fuerza de años de esfuerzo, ahorros y sueños impulsados por el ejercicio periodístico de él y la publicidad de ella. Todo quedó sepultado en menos de un minuto.

De Dosquebradas, ubicado en el departamento de Risaralda en el Eje Cafetero, prácticamente nadie habla, aunque es el segundo municipio con más afectación por el terremoto del pasado 10 de agosto. Tampoco nadie menciona a los damnificados de clase media.

El alcalde de Dosquebradas, Roberto Jiménez Naranjo, lanzó un grito de auxilio por el abandono de este municipio de 300 mil habitantes, donde se contabilizan alrededor de 14 mil viviendas afectadas: “De la nación no hemos recibido un bulto de sal… nosotros no somos visibles a nivel nacional”.

Terremoto en Colombia
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El presidente colombiano, Abelardo De la Espriella, anunció el pasado 19 de agosto que la atención tendrá un orden de prioridad para llegar primero a las personas en mayor condición de vulnerabilidad. Las primeras acciones estarán dirigidas a las viviendas de los estratos 1, 2 y 3 —de los seis en los que se divide la sociedad colombiana—.

Caro y Oskar pertenecen al estrato 4 y continúan sin saber qué seguirá para ellos tras perder todo su patrimonio acumulado en más de 20 años de trabajo.

“Nosotros somos un ejemplo de que un damnificado no tiene que vestirse siempre de miseria. Un damnificado también puede ser una persona como nosotros, que trabajó toda su vida para construir un hogar. Perder nuestra casa no fue una elección”, dice Oskar.

Ni siquiera tienen la certeza de si cobrarán el seguro de las áreas comunes: apenas cuatro metros cuadrados de los 82 que medía su propiedad. El del departamento acababa de vencer; para ellos ya no habrá cobertura.

Ante la catástrofe y la falta de apoyos gubernamentales para la clase media, sus familiares y amigos lanzaron un plan de contingencia alternativo. Caro, sorprendida y profundamente agradecida, no podía creer la cantidad de vidas que había impactado de forma positiva.

“Me han escrito para decirme: ‘Te recuerdo como un ángel’ o ‘te recuerdo con cariño por lo que hiciste por mí’”.

Sus allegados abrieron una campaña de crowdfunding en Vaki con sus nombres bajo la leyenda: “¡Ayudémoslos a volver a empezar!”. Hasta ayer, se había recaudado 17.8 millones de pesos colombianos (98 mil pesos mexicanos).

En medio de la reconstrucción, Caro siente que ella y Dios tienen una conversación pendiente: “Es como cuando peleas con un amigo y no sabes qué decirle. He ido a la iglesia buscando la oportunidad, pero me ha costado comunicarme. Sin embargo, en medio de mi fe, me he sentido tan abrazada. Siento que Él me dice: ‘Carolina, sé que en este momento usted y yo no hemos hablado. Hablaremos cuando se sienta bien, pero quiero que sepa que estoy ahí’. Y he sentido a Dios cuando las personas me hablan; alguien me dijo: ‘Te hago esta donación para que reconstruyas tu casa. No se lo mando yo, se lo manda Dios’, y no pude parar de llorar”.

Hoy, la pareja vive acogida en la casa de su familia, sosteniéndose mutuamente. Unos días ella es la fortaleza de Oskar y otros días él es la de Caro. En una tragedia de esta magnitud comprendieron que para mantener un matrimonio en pie no siempre se puede aportar en partes iguales: hay instantes en los que uno slo puede dar el 20%, mientras el otro sostiene el 80% restante.