El pacto

Pactar es una expresión que provoca esperanza y miedo. El pacto de Versalles puso fin a la Primera Guerra Mundial pero, al final, fue una imposición. Pacto con frecuencia se utiliza como sinónimo de acuerdo: pactar=acordar. Los grandes acuerdos de Bretton Woods que establecieron un nuevo orden en la convivencia mundial con la ONU, la UNESCO, la FAO, la OMS y la OMC, fueron también un pacto global. Pero está el lado mítico y oscuro de los pactos, muchos de ellos plasmados en la Biblia que remiten al fruto prohibido o al Pacto Mosaico establecido en el Monte Sinaí y del cual emanaron los diez mandamientos: bendición para quien siguiera en la obediencia y el castigo o cautiverio para la desobediencia. El asunto se vuelve más complejo por el popular pacto con el diablo o fáustico que provocó cuentos y leyendas. El Fausto, de Goethe, pacta con Mefistófeles la prolongación de su vida. Por eso la expresión pacto remite con frecuencia a territorios oscuros, que no pueden hacerse públicos.

Por eso muchas personas, incluido Marco Rubio, han expresado públicamente que el envío de potenciales capos a Estados Unidos es muy útil, pero no es suficiente, pues lo que se requiere es que el Estado mexicano dé señales claras de la ruptura entre las autoridades mexicanas y su pacto de protección a los capos, a los cárteles. Hace unos días, en la 40 Conferencia Internacional para el Control de las Drogas, el director de la DEA calificó al secretario de Seguridad de México como “un socio de confianza y buen amigo de Estados Unidos”. Elogio público que no contradice las exigencias de Marco Rubio: muestras claras de que han roto o están rompiendo con el pacto.

El vergonzoso sainete de Rocha Moya y la actitud inicial de protección presidencial hacia el personaje, o la megalómana carta de Andy protestando por el retiro de su visa, son muestra de hasta dónde debería llegar la ruptura. Pero esa señal política clara y contundente por parte de Sheinbaum no llega. ¿Será que no puede o no quiere? Una cosa es enviar miembros conocidos de las mafias, que constituyen un enorme acervo de información que está siendo procesada y que involucra a narcos y políticos que, por lo visto, Sheinbaum no quiere tocar. Lo repite con frecuencia, el interés superior de México es la independencia y tiene parcialmente razón. Pero esa independencia cruza inevitablemente por encarar a los políticos y empresarios que colaboran con el narco. Porque el mismo personaje –Terry Cole– que elogió a García Harfuch, en el mismo panel internacional expresó que altos funcionarios mexicanos dan protección al CJNG y que, por lo tanto, forman parte de la lista prioritaria. “En la reciente acusación desclasificada, se observa corrupción gubernamental en México con funcionarios de alto nivel que trabajan directamente con los cárteles”.

El remate fue clarísimo. Sobre si habría operaciones unilaterales de Estados Unidos en suelo mexicano Cole respondió: “Bueno, tendría que remitirla al Presidente de Estados Unidos. En lo que respecta a eso recibimos instrucciones del Presidente… Sean cuales sean sus órdenes, las ejecutaremos”. ¿Más claro?

Si Sheinbaum de verdad quiere proteger nuestra soberanía debe aceptar que el pacto existió y perdura. Y que esa indefinición le puede costar a México muy caro en nuestras relaciones con el mundo. Imaginemos que, pasados dos años de gobierno, se niega la existencia del pacto, se niegan los hechos y cada día nos exponemos más a que se mire a la Presidenta de México como parte del pacto. Ya se le fue un tercio de su mandato. Tiene elecciones intermedias en las que el tema de la protección a los narcos y amigos se hace más evidente. ¿Cómo desmontar el enorme andamiaje de corrupción? En primer lugar señalando los múltiples lazos subterráneos equivalentes a los mexicanos en EU. Caso por caso, uno por uno y, como lo ha dicho ella misma, caiga quien caiga.

¿Por qué defender lo indefendible? ¿Cómo explicarlo?

Hay un pacto.

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