Lastres

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

30 horas duró el regreso de Rubén Rocha Moya al gobierno de Sinaloa. El viernes grabó un video para anunciar que retomaba el cargo después de 112 días de licencia. El sábado firmó la carta en la que volvía a pedirla, ahora por tiempo indefinido. El domingo, en sesión extraordinaria, los nueve diputados de la Permanente se la aprobaron por unanimidad. Ni un voto en contra. Ni siquiera de los suyos.

Entre el video y la carta cupo todo lo demás. La Presidenta dijo que se enteró por la publicación del propio gobernador, que no tuvo aviso previo y que la decisión le pareció imprudente. Morena y Gobernación la llamaron “decisión personal” y recordaron que las carpetas de la FGR siguen abiertas. Las y los gobernadores morenistas firmaron un posicionamiento en el que le pedían conducirse con “madurez y responsabilidad”. Ricardo Monreal le pidió reconsiderar. En cuestión de horas, Rocha Moya quedó tan solo como puede quedarse un político mexicano: acompañado únicamente por su propio comunicado. El deslinde fue correcto. Rocha Moya está nombrado en la acusación que el Distrito Sur de Nueva York presentó el 29 de abril contra él y otros nueve funcionarios y exfuncionarios sinaloenses por presuntos vínculos con la facción de Los Chapitos. Él lo niega, la Presidenta ha subrayado que el Departamento de Justicia no ha entregado pruebas y la Fiscalía mexicana no ha concluido nada. Todo eso es cierto y sigue siendo cierto. Lo que resultaba insostenible no era su inocencia o su culpa. Era la escena. Apenas se acomodaba ese episodio cuando esta mañana apareció otro. Reforma publicó que Mara Lezama acumula 97 vuelos privados desde que era alcaldesa de Cancún, con Orlando y Vail como destinos frecuentes, en aeronaves cuya hora de operación ronda los 6 mil dólares. Cada viaje a Orlando cuesta en promedio 406 mil pesos; cada uno a Vail, 812 mil. La gobernadora de Quintana Roo percibe 102 mil 598 pesos netos al mes. Hay un episodio que vale por todo el reportaje: el 1 de febrero de 2020, la entonces alcaldesa voló de Vail a Quintana Roo para acompañar a López Obrador en una gira por Playa del Carmen y, terminado el evento, volvió a subirse al mismo avión rumbo a Colorado. La austeridad republicana, ida y vuelta, en jet.

No hay todavía una acusación penal ahí. Hay algo más incómodo para Morena, porque no depende de un juez de Nueva York: hay una contradicción con el único activo que ese movimiento construyó por sí mismo. La 4T no ganó tres elecciones federales explicando su política monetaria. Ganó porque logró convencer a millones de que del otro lado estaba el avión presidencial, el gobernante que viaja distinto, el funcionario que vive como no vive quien lo eligió. Ese contraste fue el argumento. Y un argumento moral tiene una desventaja frente a un argumento técnico: no admite excepciones.

Y claro que la gente evalúa. Y ahí está el punto que la Presidenta y su partido parecen haber entendido este fin de semana: la narrativa ya no se sostiene sobre consignas. Necesita pies puestos en el suelo. Y no solamente de cara a Washington, que es donde suele ponerse el reflector, sino frente a un electorado doméstico que en 2027 no será únicamente el voto duro de Morena. El voto duro perdona. El otro, el que llegó prestado en 2018 y volvió a prestarse en 2024, no perdona: se queda en su casa. Eso no lo arregla una mañanera.

Si el criterio es el que se aplicó a Rocha Moya, entonces habría que aplicarlo completo. Andrés Manuel López Beltrán perdió la visa estadounidense, escribió una carta a Trump y aparece mencionado en declaraciones ministeriales del expediente de huachicol fiscal que la propia FGR ha matizado. Marina del Pilar Ávila y su esposo llevan más de un año sin visa y sin explicación pública de por qué. Adán Augusto López sigue sin responder por el hombre que él puso al frente de la seguridad en Tabasco. En ninguno de los tres casos hubo posicionamiento de gobernadores ni carta del partido ni recordatorio de que las investigaciones siguen abiertas. Hubo arropamiento, o hubo silencio, que en política es una forma cómoda de arropar. La autocrítica que se ejerció el sábado sirve de poco si se ejerce nada más cuando el costo ya es visible y el señalamiento viene de una corte federal extranjera. Un movimiento social no se hunde por el tamaño de sus adversarios. Se hunde, sí, por el iceberg (esté en Palenque o Nueva York), pero sobre todo por el peso de lo que carga, que no quiere soltar y le impide maniobrar cuando resulta más urgente.

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