¿Qué es eso de la burbuja de la IA? ¿A quién le afecta?

“Los asuntos humanos están caracterizados por ‘burbujas’ ubicuas, que implican riesgos enormes… las burbujas permiten que esos riesgos extraordinarios produzcan retornos igualmente extraordinarios a gran escala.”
— Didier Sornette, autor de Why Stock Markets Crash.
En 2025 el mundo invirtió en inteligencia artificial más de lo que muchos países destinan hacia su funcionamiento.
El gasto global proyectado en IA supera ya 1.5 billones de dólares, casi tres veces el presupuesto de egresos de la Federación en México para 2025. Una sola industria compite y supera, en volúmenes de recursos, a varios gobiernos.
Esa escala desmesurada ha encendido la imaginación —por lo que se puede lograr— pero también el temor —por lo que se puede perder—.
¿Estamos ante la revolución tecnológica más profunda desde la electricidad, o frente a la euforia especulativa más grande del siglo?
¿Es adecuado o no que se maneje el término burbuja para definir este ciclo en donde claramente no todos los que invierten van a ganar?
Una cosa es clara: las llamadas burbujas son el modo en que el capitalismo financia su imaginación. Inflan expectativas, empujan los límites y, tras estallar, dejan infraestructura, conocimiento y cultura.
El síntoma: dinero sin producto
Mientras las tecnológicas gastan sin dudar en construir centros de datos y entrenar modelos, el mercado real —las personas y compañías que pagan por IA— apenas genera unos 12 mil millones de dólares anuales.
El abismo entre gasto e ingreso es gigantesco. Si no es, vaya que se parece al preludio de otras burbujas que estallaron en el pasado.
Los analistas más conservadores observan un patrón: proyectos sin rentabilidad, valoraciones basadas en promesas y la sensación colectiva de que, si no participas, estás quedando fuera de “la próxima gran cosa del futuro”.
FOMO —fear of missing out— como motivación financiera.
SoftBank, a16z, Microsoft o Google no solo invierten: colonizan el ecosistema entero. Compran chips, financian modelos, construyen nubes, diseñan agentes. La apuesta no es hacia un producto, sino hacia una ilusión: que la inteligencia artificial será pronto el centro del capitalismo digital.
Pero esa ilusión tiene costos.
Un informe de MIT Technology Review, que citan con frecuencia los detractores de la IA, calculó que 95 % de los proyectos piloto con IA generativa no logra resultados positivos. Los gastos se multiplican, los ingresos no aparecen. Y los inversionistas repiten la frase maldita que ha precedido cada burbuja: esta vez es diferente.
La sensación del “esto ya lo viví” está ahí.

La otra lectura: el futuro como proyecto inevitable
No todos ven humo. Algunos, entre ellos los estrategas de varias de las empresas más rentables de la historia, creen que la exuberancia de las cifras no es un error, sino el costo natural de una transición histórica.
Derek Thompson lo resumió con lucidez: “al igual que con los ferrocarriles o el internet, la IA subirá primero, se estrellará después, y finalmente cambiará el mundo”.
Los optimistas aseguran que esta no es una burbuja, sino el periodo formativo de una infraestructura civilizatoria.
Las empresas del siglo XXI están construyendo los cimientos de algo que no se medirá en trimestres, sino en décadas. Y quien haga los cimientos, decide cómo se diseña el edificio.
Microsoft, en voz de Amy Hood, declaró que su retorno de inversión en IA podría tardar 15 años o más. Meta, Nvidia y Amazon siguen la misma lógica: perder hoy para ganar en un futuro… que ven como un territorio monopolizable.
La historia económica respalda esa paciencia. Antes de que internet se volviera rentable, millones se perdieron en portales fallidos. Pero de esas cenizas surgieron Google, Amazon, PayPal.
Los entusiastas señalan que la adopción real ya comenzó.
Según McKinsey, más del 70 % de las empresas usa alguna forma de IA y los sectores donde se aplica con disciplina (programación, análisis de datos, atención automatizada) muestran mejoras de productividad cercanas al 7 %.
La rentabilidad no está ausente; más bien, apenas empieza a madurar.

xAI: el modelo más visible del riesgo
Ninguna empresa simboliza mejor el dilema que xAI, la compañía de Elon Musk.
Fundada en 2023 con la misión de “comprender la verdadera naturaleza del universo”, ha levantado más de 5,300 millones de dólares para construir su sistema Grok: un chatbot que promete razonamiento más humano e integración total con la red social X (antes Twitter).
xAI no vende aún un producto masivo, pero invierte como si ya hubiera ganado una guerra comercial.
Su ronda de octubre de 2025 —una mezcla de capital y deuda— alcanzó 20 mil millones de dólares, atada al suministro de chips de Nvidia.
En paralelo, Musk anunció supercomputadores (Colossus), modelos de programación autónoma y una filosofía de IA “menos censurada”.
Su visión: un asistente omnipresente y políticamente incorrecto.
El experimento fascina… y alarma. xAI es una apuesta tecnológica pero no deja de tener tintes de declaración ideológica. En ambas dimensiones late la pregunta central de este boom: ¿se está financiando el progreso o alimentando un mito?
Los límites de la fe en la IA
Los actores más grandes empiezan a moderar el entusiasmo.
Goldman Sachs y Sequoia Capital han advertido que para justificar el gasto actual, la IA debería generar 600 mil millones de dólares adicionales en ingresos: una meta hoy imposible.
Incluso dentro de la comunidad científica, voces como Gary Marcus recuerdan que los modelos actuales están muy lejos de una inteligencia general. “Ya salimos del pico del hype —dice—; ahora estamos en el valle de la desilusión.”
La historia económica sugiere que toda revolución tecnológica tiene su resaca.
Primero viene la fiebre, luego el ajuste, después el legado.
Si la IA repite el patrón, veremos pronto una limpieza: miles de startups caerán, los proyectos sin retorno se disolverán en medio de pérdidas y deudas, y unas cuantas firmas consolidarán el poder.
De la burbuja ferroviaria nació la logística moderna; de la puntocom, la economía digital.
De la burbuja de la IA, si eventualmente revienta, quedará la arquitectura mental de una nueva era: modelos, datos, lenguaje, y una humanidad entrenada para convivir con lo artificial.
¿La fiebre por invertir en ideas alimentadas por la IA terminará pronto? No lo sabemos, pero sí queremos saber qué quedará si se disipa.
Quizá el silencio de los servidores… o quizá el principio de una nueva civilización.
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