Chikungunya, crónica de una epidemia

El virus Chikungunya no ha tenido piedad con los habitantes de las pequeñas comunidades costeras a las que los servicios básicos de sanidad no han alcanzado

Por: Vice

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CIUDAD DE MÉXICO.

Fui a Chacahua en diciembre. Desde hace más de quince años acostumbro visitar la comunidad —una pequeña población pesquera embebida dentro del parque nacional Lagunas de Chacahua, en la costa oaxaqueña— donde viven aproximadamente 1,200 habitantes divididos a ambos lados de la laguna. La playa amplia y libre de desarrollos turísticos de gran escala, los kilómetros de manglares prístinos, el oleaje activo y la tremenda biodiversidad (tortugas marinas, mantarrayas, cocodrilos, iguanas, tejones, boas, cangrejos, pelícanos y demás fieras emblemáticas del trópico) convierten el sitio en uno de mis lugares favoritos del Pacífico mexicano.

Así que llegué a Chacahua una vez más y en esta ocasión me encontré con una comunidad abatida por las secuelas de la plaga, consternada ante el abandono total de las autoridades sanitarias y afligida por la falta de información sobre la enfermedad que les había pegado. Escuchando los testimonios de sus habitantes, algunos de ellos, amigos míos ya de años, me percaté de que yo tampoco sabía mucho sobre este virus de reciente llegada a nuestro país.

Al filo de la temporada de lluvias de 2015 se presentó un pequeño contingente de la Secretaría de Salud en la comunidad costeña, con el fin de alertar a la población sobre la inminente llegada de un virus nuevo a localidad. Se exhortaba a los pobladores a tomar medidas precautorias y limpiar sus terrenos de cacharros para evitar que los mosquitos —vectores del virus en cuestión— se propagaran. Después los efectivos de salubridad continuaron su camino, dejando tras de sí poca información al respecto de la amenaza en puerta que un extraño nombre: Chikungunya.

Ante la desconcertante advertencia, la gente de la comunidad puso manos a la obra; niños y adultos se abocaron a la tarea de trasegar patios, terrenos baldíos y playas para eliminar llantas, botes, latas y demás desperdicios que, al fomentar el estancamiento de agua, representan un medio propicio para el desarrollo de larvas de mosco. El problema fue que el fenómeno de oleaje extremo, denominado como mar de fondo, había azotado recientemente las costas del Pacífico mexicano, ocasionado que la marea incrementara drásticamente y arrastrara consigo más basura de la habitual.

Aproximadamente diez días más tarde se registró el primer incidente: una señora que regresaba de visitar a unos parientes en La Luz, un poblado a unas horas de distancia y que ya era devorado por el padecimiento, comenzó a presentar los síntomas característicos de la enfermedad: fiebre elevada, náuseas y dolor intenso de articulaciones. "Estaba tan jodida que la pobrecita no podía levantarse ni para ir al baño", cuenta su sobrina Nayeli.

Pocos días más tarde empezaron a suscitarse nuevos casos; niños, viejos, hombres y mujeres de todas las edades caían doblegados por el malestar ante la mirada azorada de los que les rodeaban, hasta que prácticamente todo el pueblo parecía enfermo. La epidemia se había desatado...

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*Este contenido es publicado con autorización de Vice.   GTB