Guerra en Oriente Medio: Petróleo caro y márgenes estrechos, el reto de México

El choque se traslada al transporte, a los alimentos, a los fertilizantes, a la inflación y, finalmente, al crecimiento

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La guerra en Oriente Medio nos recordó que cuando la energía se encarece y escasea, el problema no termina en el petróleo. El choque se traslada al transporte, a los alimentos, a los fertilizantes, a la inflación y, finalmente, al crecimiento.  

El FMI lo resume como un choque de oferta grande, global y asimétrico: en su punto más agudo, se interrumpió alrededor de 13% del flujo diario mundial de petróleo y cerca de 20% del de gas natural licuado; el Brent saltó de 72 a 120 dólares por barril antes de moderarse, mientras se acumulaban disrupciones en refinerías, combustibles refinados y cadenas logísticas. 

México entra a este episodio desde una posición singular dentro del mundo en desarrollo. No está en el grupo de las economías más frágiles que dependen casi por completo de energía importada y carecen de financiamiento externo creíble. Pero tampoco es una economía protegida por su condición petrolera. Su vulnerabilidad no es la del importador neto típico, sino la de una economía con una integración energética muy profunda con Estados Unidos (EU), especialmente en gas natural y gasolinas. 

Ese rasgo es decisivo. México es el principal destino de las exportaciones estadunidenses de gasolina: en 2025 absorbió 486 mil barriles diarios, equivalentes a 54% del total exportado por EU. En gas natural, la dependencia es todavía más estructural: los envíos por ducto desde EU promediaron 6.4 mil millones de pies cúbicos diarios en 2024, el mayor promedio anual registrado. 

En otras palabras, México exporta crudo, pero para sostener buena parte de su consumo de combustibles y de su generación eléctrica depende de suministros energéticos. 

Eso cambia la naturaleza del riesgo. Para México, el problema no es sólo si sube el precio internacional del crudo, sino cómo se comportan los precios y la disponibilidad de refinados y gas en Norteamérica, y qué tanto se transmite el encarecimiento internacional a costos domésticos. 

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Aquí hay un matiz importante: miembros de la Junta de Gobierno del Banco de México han señalado que los efectos inflacionarios del conflicto podrían ser menos severos en México, porque el precio del gas natural en Norteamérica se ha mantenido relativamente estable. 

Ésa es una primera diferencia importante: México no es inmune, pero sí está parcialmente amortiguado por su inserción regional. La segunda diferencia es macrofinanciera. 

A diferencia de muchos emergentes vulnerables, México tiene un banco central creíble, reservas internacionales por 255,489 millones de dólares al 1 de abril de 2026 y una Línea de Crédito Flexible del FMI por 24 mil millones de dólares (precautoria). Esto reduce el riesgo de una crisis clásica de balanza de pagos o de una dislocación financiera abrupta ante un deterioro externo. 

Pero tener amortiguadores no es blindaje. En el entorno internacional, los spreads soberanos emergentes se ampliaron, el dólar se apreció y las condiciones financieras se endurecieron tras la escalada del conflicto. Si la energía cara coincide con financiamiento más caro, el ajuste llagará por varios canales: menor inversión, menor consumo y menor margen de maniobra fiscal. 

Para México, esa restricción no es trivial. El FMI proyectó que la deuda bruta del sector público alcance 58.9% del PIB al cierre de 2025, en un contexto en el que la consolidación fiscal sigue siendo una tarea pendiente y el costo financiero de la deuda global ha subido. 

Tampoco debe perderse de vista que, si el conflicto sigue encareciendo diésel, turbosina y fertilizantes, el impacto no será sólo energético. El deterioro logístico y el mayor costo de los insumos agrícolas presionan precios de alimentos y transporte. A escala global, ya se advirtió que otros 45 millones de personas podrían caer en inseguridad alimentaria y que el total mundial rebasaría 360 millones. 

México no enfrenta ese riesgo extremo en la misma magnitud que economías más pobres, pero sí resentiría la combinación de mayores costos de importación, presión sobre alimentos procesados y tensiones adicionales sobre el ingreso real de los hogares. 

Por eso, la discusión relevante para México no es si pertenece al grupo más vulnerable del mundo en desarrollo. No pertenece. La discusión es otra: si sus fortalezas macroeconómicas bastan para compensar una estructura energética todavía incompleta. Y ahí la respuesta es más matizada. 

México tiene más defensas que muchos emergentes, pero mantiene una dependencia operativa alta de combustibles y gas importados, además de un espacio fiscal que no es holgado. Su riesgo no luce como una crisis inmediata, sino como una erosión gradual: más presión inflacionaria, menor margen presupuestal y mayor exposición a interrupciones Hola Lupita.externas en un momento de incertidumbre global. 

México no está en la primera línea del colapso, pero tampoco fuera de la zona de impacto.

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