Piedad Bonnett: pisar el borde con el fuego de la poesía
De visita en México, la autora colombiana presenta su más reciente antología, que compila cuatro décadas de ejercicio poético

En el borde es un poema que tiene que ver con el suicidio de mi hijo. Creo que la situación más límite de un ser humano es el momento del suicidio. Bueno, la muerte, de hecho, es la situación límite más grande.
Pero ponte a pensar que estás decidiendo si vivir o morir… Entonces, mi hijo (Daniel) se tiró del sexto piso de su edificio en Nueva York y ese poema es una reflexión sobre esa decisión impresionante”.
Así lo expresa la poeta colombiana Piedad Bonnett (Antioquia, 1951), galardonada con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2024, quien el pasado fin de semana abrió la IV Feria Internacional del Libro de Coyoacán (FILCO) y el jueves 13 de marzo presentará Lo terrible es el borde, su más reciente antología, en el Anfiteatro Simón Bolívar, del Colegio de San Ildefonso.
Pese a todo, en la voz poética de Bonnett no existe espacio para el drama ni la lamentación. Ella no busca excusas ni llora ante ese borde y sólo se detiene, estoica, frente el precipicio.
Luego vuelve al poema: “Por eso, escribí: ‘…un largo río oscuro del derecho y un estruendo de trenes que abandonan los rieles y van hacia el silencio’.
Así que, en ese momento, él debió sentir que estaba en el borde más extremo. Ahora, en el borde todos estamos a veces, a lo largo de nuestra vida, pero si siempre estuviéramos en éste, no lo soportaríamos”,
Publicada por Visor, esta antología condensa cuatro décadas de escritura poética, donde la autora revela su inclinación por el mundo cotidiano, el urbano y la familia.
En ese tránsito abrevó de Amanda Berenguer, Sylvia Plath y de Rosario Castellanos, luego la deslumbraron los versos de Eliseo Diego, pero, tras la enfermedad de su hijo, llegó a Blanca Varela, quien la sumergió en un terreno más seco y mortecino, desde donde aborda las grandes preguntas de la vida.
Tenía un dolor adentro muy grande. Era el dolor de estar perdiendo un hijo en vida, hasta que lo perdí físicamente. Ahí mi voz se hizo más seca, me aparté de lo cotidiano y la poesía se volvió más trascendente en relación con la nada, con el absurdo y el sinsentido.
Porque, como no soy una persona religiosa, encuentro trascendencia en otras cosas que no son Dios y la poesía es mi forma fundamental de trascendencia”.
¿Halló algún tipo de consuelo en la poesía?, se le pregunta a Bonnett. “Es lo único que puedes hacer. No te voy a decir que sea un gran consuelo, pero cada uno tramita sus penas de una manera diferente y los que contamos con la palabra tenemos un gran recurso, porque en el fondo sí hay un efecto terapéutico, aunque tú no escribas para salvarte de nada.
Yo he escrito para salvarme de la vida, te cuento, porque a los 15 años, en un internado, con una úlcera duodenal, en soledad y en una ciudad que no era la mía, sólo se me ocurrió escribir poesía. Creo que los adolescentes optan por la poesía, ya sea leyendo o escribiendo, para mitigar sus desasosiegos”, expone.
¿Es la poesía un acompañamiento? “La poesía es una gran compañera íntima, porque vas teniendo un diálogo no sólo con el otro, sino contigo mismo, y te vas trasformando a instancias de la poesía, que te provoca un gran amor, porque tú te enamoras de los poemas y por eso los quieres compartir.
Mira, cuando murió Daniel, yo me puse a buscar un poema para decir el día de su despedida y me reencontré con Hermandad, de Octavio Paz, que nos dice: ‘Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche./ Pero miro hacia arriba:/ las estrellas escriben./ Sin entender comprendo:/ también soy escritura/ y en este mismo instante/ alguien me deletrea’.
Imagínate, para el momento de una muerte, él me dijo todo lo que yo necesitaba oír, (porque) habla de esa relación con lo infinito, que es lo que hace que la existencia de los hombres sea siempre trágica, pues la muerte está ahí, como una inminencia. Entonces, la poesía te revela, te acompaña, te hace llorar y a la vez te consuela”.
Bonett es autora de Nadie en casa, El hilo de los días, Ese animal triste, Tretas del débil, Las herencias, Explicaciones no pedidas y Los habitados.
Y ha escrito las novelas Lo que no tiene nombre, Qué hacer con estos pedazos y Donde nadie me espere.
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