José de Iturrigaray, un atisbo de insurgente
El virrey número 56 de la Nueva España, nacido en 1742 y fallecido en 1815, fue quien develó ‘El Caballito’ de Tolsá

CIUDAD DE MÉXICO, 22 de agosto.- “Lo veo con simpatía, como un atisbo de insurgente, como un precursor de la Independencia de México”, afirma el escritor Eugenio Aguirre sobre José de Iturrigaray y Aróstegui (1742-1815), el virrey número 56 de la Nueva España.
“Se hablaba de que era proclive a meterle la uña al presupuesto y que veía más por sí mismo que por la Corona española, que no era honesto; pero me parece un personaje atractivo que seguramente vio con simpatía la lucha independentista de Allende y Aldama”, agrega el autor de novelas históricas que recrean los personajes del periodo colonial.
Virrey de la Nueva España durante cinco años cruciales, de 1803 a 1808, Iturrigaray, cuyo bicentenario luctuoso se conmemora hoy, fue un militar español, cadete de infantería, alférez y capitán de los Carabineros Reales, que intervino en la invasión contra Gran Bretaña y Portugal (1762), participó en la Guerra del Rosellón entre España y Francia (1793), fue gobernador de Cádiz (1793-1798) y comandante en jefe del ejército de Andalucía (1801).
Con estas medallas llegó a la Nueva España en 1802 con un séquito de 25 personas, se dice. “Iturrigaray fue tan rapaz como sus antecesores. Con el pretexto de que no tenía tiempo para hacerse de vestiduras apropiadas, en España, se le dio autorización para traer telas exentas de impuestos, debido a su cargo, de manera que apenas desembarcado en Veracruz se apresuró a venderlas en cerca de 150 mil pesos”, narra Fernando Benítez en su libro El peso de la noche. Nueva España, de la edad de plata a la edad de fuego.
No obstante este primer acto de codicia, a Iturrigaray le tocó participar en varias actividades importantes durante su gestión, como darle la bienvenida el mismo año de su arribo a tierras aztecas (1803) a la expedición del médico español Francisco Javier Balmis, acompañado por el barón Alexander von Humboldt.
“Humboldt viajaba por América para hacer estudios de biología y geología, y recopilación de plantas, que después le sirvieron para escribir su obra monumental, Cosmos, que publicó en Alemania. Y Balmis había empezado a desarrollar la vacuna contra la viruela, con la que salvó muchas vidas. Hizo un viaje de circunnavegación y se presume que él mismo vacunó a 200 mil personas, sobre todo a niños. El virrey los vio con simpatía y les dio un gran recibimiento”, narra Aguirre.
El ensayista explica que Iturrigaray, además, autorizó que los ayuntamientos organizaran las corridas de toros, “que antes sólo realizaban empresarios privados, con lo que experimentaron un gran auge durante el siglo XIX”, y mandó construir en Celaya “un puente muy bello que aún existe”, diseñado por el arquitecto Francisco Tres-Guerras.
“Le tocó también develar en el Zócalo la estatua ecuestre de Carlos IV, hoy conocida como El Caballito, el 9 de diciembre de 1803, diseñada por Manuel Tolsá, uno de los arquitectos más connotados”, recuerda el autor de Leona Vicario, la insurgente de Hidalgo.
Explica que dentro de los primeros decretos que dictó Iturrigaray estuvo el separar políticamente a la Alta de la Baja California. Y que fue de los pocos virreyes que se adentró en la provincia mexicana. Pero, para el maestro en Literatura por la UNAM, la etapa más destacada del virrey se dio a mediados de 1808, cuando el Cabildo de la Ciudad de México, compuesto por criollos, tuvo una especie de conspiración previa a la de 1810.
“Francisco Primo de Verdad, Francisco de Azcárate y Melchor de Talamantes le propusieron a Iturrigaray quedarse al frente de un gobierno independiente a la Corona española, aprovechando que en ese momento ésta enfrentaba la invasión napoleónica y la abdicación del rey.
“Él apoyó el levantamiento, que se dio el 15 de agosto de 1808, pero éste fue reprimido por comerciantes españoles que lo tacharon de traidor. A Primo de Verdad lo encarcelaron en su casa, donde apareció muerto sospechosamente; y De Talamantes murió en las mazmorras de San Juan de Ulúa (Veracruz), de vómito negro sin ningún auxilio”, añade.
Aguirre señala que a Iturrigaray lo mandaron finalmente a España, “donde padeció un proceso de infidencia en las cárceles de Cádiz. Como no le pudieron probar gran cosa, por la lejanía, se le concedió la amnistía. Poco después se le inició otro juicio, que acabó tras su muerte”, apunta.
Apasionado de la pesca, las corridas de toros y las peleas de gallos, fue “el único virrey que simpatizó con la causa criolla”, concluye.