Apocalipsis medieval: ¿Por qué el 536 d.C. fue el peor año de la historia?
Descubre por qué los científicos consideran al 536 d.C. el peor año para estar vivo: niebla, hambruna y volcanes en la Edad Media.

Si alguna vez has tenido 12 meses terribles, no te imaginas lo que pasó en el 536 d.C. Este fue considerado el peor año de la historia. Los científicos e historiadores tienen un mensaje muy claro: a mediados del siglo VI, las cosas estuvieron realmente mal.
Durante las últimas décadas de nuestra era moderna, la humanidad ha atravesado momentos colectivos bastante caóticos, crisis globales e incertidumbres económicas.
Pero existe un consenso académico riguroso que apunta a una fecha en específico como el verdadero inicio de la peor pesadilla habitable sobre la Tierra. Olvídate de las guerras mundiales, de las crisis financieras del siglo XXI o de las pandemias contemporáneas; el verdadero pozo sin fondo del sufrimiento humano comenzó en el año 536 d.C.
Durante este fatídico periodo, el hemisferio norte del planeta se sumergió literalmente en la más absoluta oscuridad, dando inicio a una concatenación de desastres climáticos, colapsos agrícolas y crisis sanitarias de proporciones bíblicas.
No se trata de una hipérbole mitológica ni de un relato de ficción gótica: la ciencia moderna ha desenterrado las pruebas de que, durante esos doce meses y los años subsiguientes, sobrevivir en el planeta Tierra fue un deporte de riesgo extremo.

¿Por qué el 536 d.C. es considerado el peor año de la historia?
Niebla
En el año 536 d.C., una niebla cubrió el cielo y el sol no brilló por semanas; el calor no llegó a la piel y el cielo permaneció cubierto por un manto grisáceo impenetrable. Fue la realidad cotidiana de millones de personas en Europa, Oriente Medio y partes de Asia.
El historiador bizantino Procopio de Cesarea registró los acontecimientos desde Constantinopla, dejando constancia en sus manuscritos de que el sol emitía su luz sin brillo durante todo el año, asemejándose de manera alarmante a un eclipse perpetuo.
Al no recibir la radiación solar adecuada, las temperaturas globales se desplomaron de forma abrupta, marcando el inicio de la década más fría de los últimos dos milenios. Los termómetros de la naturaleza revelan que las temperaturas medias en Europa y Asia cayeron entre 1.5 y 2.5 °C en cuestión de semanas.
La escasez de alimentos se convirtió rápidamente en una crisis de hambruna generalizada que afectó desde las élites gobernantes hasta los campesinos más humildes, debilitando las defensas biológicas de poblaciones enteras que ya de por sí vivían en condiciones precarias.

Erupción volcánica
Los análisis químicos revelaron una concentración inusualmente alta de cenizas volcánicas, partículas de vidrio y compuestos de azufre atrapados exactamente en los estratos correspondientes al invierno del año 535 e inicios del 536 d.C.
La conclusión científica fue que el planeta sufrió una erupción volcánica cataclísmica en el hemisferio norte, con Islandia o Norteamérica como los candidatos más probables del epicentro.
Cuando un volcán de esta magnitud entra en erupción, no solo expulsa lava; inyecta millones de toneladas de gases de azufre directamente en la estratosfera. Allí arriba, el azufre reacciona con la humedad y se transforma en aerosoles de sulfato, los cuales actúan como un gigantesco espejo flotante que refleja la luz solar de vuelta al espacio exterior.
Esta nube tóxica fue arrastrada por las corrientes de aire globales, extendiéndose como una manta sobre todo el hemisferio norte, impidiendo el paso de los rayos solares y alterando los patrones climáticos globales durante más de un año.
Por si fuera poco, las investigaciones sugieren que este megavolcán fue secundado por otras dos erupciones masivas en los años 540 y 547 d.C., impidiendo que la atmósfera terrestre pudiera limpiarse y extendiendo el sufrimiento climático por casi una década.

La plaga de Justiniano
En el año 541 d.C., apenas 5 años después de la primera gran erupción volcánica, la primera pandemia documentada de peste bubónica hizo su aparición en los puertos comerciales de la cuenca del Mediterráneo: la Plaga de Justiniano.
Aparentemente, se debió a que el cambio climático global alteró drásticamente los ecosistemas y el comportamiento de la fauna silvestre. Los roedores que habitaban en las regiones centrales de África y Asia se vieron obligados a desplazarse hacia los asentamientos humanos en busca de fuentes de alimento residuales, llevando consigo a las pulgas que transportaban la letal bacteria Yersinia pestis.
Cuando la bacteria entró en contacto con las poblaciones humanas de Constantinopla, Alejandría y Roma, encontró un escenario biológico perfecto para su propagación.
Millones de personas llevaban media década subsistiendo con dietas escasas a causa del fracaso de las cosechas; sus sistemas inmunológicos estaban completamente debilitados y carecían de defensas para combatir una infección bacteriana de tal agresividad.
Los registros históricos estiman que la plaga llegó a erradicar entre el 35% y el 50% de la población total del Imperio Bizantino en oleadas sucesivas, cobrándose la vida de hasta diez mil personas al día solo en la capital.
Los cadáveres se acumulaban en las calles, los mercados cerraron y el orden social se disolvió por completo, sumergiendo a Europa en una prolongada oscuridad económica y cultural.
Al repasar detalladamente las investigaciones científicas e históricas que desmenuzan las calamidades del año 536 d.C., resulta evidente que la etiqueta de "el peor año de la historia" cobra sentido.