El sueño llegó a su fin

Cuando el sueño termina, sobreviene la cruda. El mundo real, con todas sus vicisitudes y sus contradicciones, aparece nuevamente ante los soñadores que no querían despertar aún.

Durante 25 días no existieron las desapariciones forzadas ni las madres buscadoras sin apoyo gubernamental —aunque no dejaron de hacerse presentes en las inmediaciones del Estadio Azteca—, ni las extorsiones a comerciantes, empresarios y transportistas, ni los desplazamientos provocados por el crimen organizado, ni la complicidad del partido en el poder con criminales, ni la protección del gobierno a violadores y narcopolíticos, ni la ruina del sistema de salud, ni los niños con cáncer, pero sin medicamentos, ni la sumisa Suprema Corte del acordeón, ni los abyectos legisladores oficialistas, ni los bodrios con los que se pretende domesticar a niños y adolescentes, ni la persecución a la libertad de expresión, ni los asesinatos a periodistas. Sólo existió el juego del hombre, como le llamó el inolvidable Ángel Fernández.

Estamos hechos, advirtió Shakespeare, de la misma sustancia con la que se trenzan los sueños. Soñar es quizá lo que más nos humaniza. Escapamos fugazmente de la realidad, y ese escape nos ayuda a sobrellevar los inevitables sinsabores de la existencia humana.

Ningún otro juego provoca, como el futbol, tantas ilusiones. Es como si los resultados de nuestro equipo decidieran nuestra propia suerte, como si el triunfo o la derrota inclinaran la balanza de nuestro sino.

Nuestro futbol dista años luz de estar al nivel de los mejores del mundo. Lo sabemos con certeza. Por eso tiene gran mérito que la Selección Mexicana haya logrado en el Mundial cuatro victorias consecutivas manteniendo imbatida su portería. Y el mérito mayor fue el partido cardiaco que nos brindó frente a la Selección Inglesa —uno de los mejores equipos del mundo—, a la que mantuvo arrinconada, pidiendo esquina, durante la mayor parte de la contienda. La Selección Mexicana bombardeó la portería rival decenas de veces, obligó al arquero inglés a contorsionarse y volar varias veces para evitar más de los dos goles que tuvo que admitir.

Ese notable desempeño de nuestra Selección no debe tener el efecto de ignorar la triste realidad de nuestro futbol, en el que no hay ascenso, no descenso, lo que propicia el conformismo mediocre, y en el que por permitirse un elevadísimo número de jugadores extranjeros en las alineaciones se cierran posibilidades a los jóvenes jugadores mexicanos que anhelan una oportunidad.

Esta Selección Mexicana estuvo muy por encima de la altura de nuestro futbol. Se seleccionó a los jugadores más idóneos y Javier Aguirre logró un equipo armonioso, con temple y coraje, esa palabra que proviene del vocablo latino cor o cordis, que significa corazón.

En cada jugada el equipo mexicano mostró garra, convicción, confianza en sí mismo, elementos indispensables para que la victoria sea viable. Saltar a la cancha con el ánimo de lograr lo imposible es el requisito fundamental para hacer posible lo improbable.

Ahora hablemos de la afición, alabada incondicional y vehementemente por los cronistas. Para empezar, es claramente una conducta incivilizada abuchear el himno del equipo y es también un proceder incivilizado y antideportivo apostarse a la entrada del hotel donde se hospedan los rivales armando escándalo para impedirles el sueño.

Muy bien que los aficionados celebren en las calles, que griten, canten, bailen, toquen tambores y cornetas, se zambullan en los charcos y hagan volar, manteándolos, a quienes lo deseen, pero esas manifestaciones de euforia fueron acompañadas de tocamientos abusivos a mujeres, robo de celulares, empujones que provocaron muertes. La fiesta no debe convertirse en delito ni tragedia.

El sueño ha llegado a su fin. Todos los sueños finalizan en algún momento, siempre nos parece que demasiado pronto. Ahora me gustaría que soñáramos en un mejor país, en un país más vivible, más civilizado, democrático, justo, solidario, y que ese sueño no terminara sin que lo consiguiéramos.