César Costa atesora un manuscrito inédito de Silvestre Revueltas
El cantante y actor conserva una partitura manuscrita de 16 compases que el compositor mexicano dedicó a su madre, la violinista Josefina Schreurs.

El mayor tesoro que conserva el cantante y actor mexicano César Costa es una caja con la partitura, escrita a mano, de una pequeña obra que el compositor Silvestre Revueltas (1899-1940) le dedicó a su madre, la violinista estadunidense Josefina Schreurs.
A sus 85 años, que cumplió el pasado 13 de agosto, el también locutor y productor recuerda la emoción con la que doña Josefina le regaló la caja y le pidió que la cuidara, porque “le tengo mucho cariño”. En entrevista con Excélsior, el artista narra que
es un manuscrito, el fragmento de una pequeña melodía para violín. No tiene título. Son como 16 compases. Ella nunca la interpretó. Yo tampoco. Pero un día lo haré. Se puede decir que es inédita”.
Confiesa que no ha investigado la historia de la pieza ni la de la amistad de Schreurs con Revueltas. “Mi madre era una mujer muy sensible. Fue hija de un niño prodigio. Mi abuelo fue uno de los fundadores de la Sinfónica de Chicago. Él, a los 11 años, daba conciertos por Europa. Era un virtuoso del clarinete.
“Ella formó varios cuartetos en México. Y, ya casada con mi padre, César Augusto Roel, que era abogado, fundó la Orquesta de Cámara Vivaldi. Y a sus hijos nos inculcó la pasión por el arte”, relata quien acaba de publicar Lo mío fue un sueño (Planeta), donde cuenta sus vivencias en la música, el cine y la televisión.

“Desde muy temprana edad, yo escuché a Haydn, a Mozart y Vivaldi. Me enamoré de la música clásica y del violín, que estudié durante cuatro años”, comenta. Pero, al llegar a los 14 años,
“era muy inquieto y hacía mucho deporte. Cuando me empecé a interesar en las muchachas, era incómodo sacar el estuche del violín y lo cambié por la guitarra. Comencé a cantar piezas vernáculas mexicanas y así llegué al rock and roll ”.
César Costa se convirtió en uno de los pioneros de este género musical en México. “La música es el termómetro de lo que vive una sociedad. Y la mexicana era muy ingenua, a finales de los años 50. El rock and roll también lo era. La música evolucionó a un mejor contenido, y a una melodía más sofisticada.
Creo que ahora la música se ha degradado, tanto en contenido como melódicamente. Antes, las canciones eran bellas y ahora son muy pobres, tienen sólo tres o cuatro notas. Hay una descomposición social notable. Es triste”.
Quien nació y vivió su infancia en la colonia Condesa de la Ciudad de México, reconoce que ser rocanrolero era peyorativo. “No era algo de lo que uno se podía sentir orgulloso. Era sinónimo de rebelde sin causa. Me cambié el apellido, porque mi padre y yo éramos homónimos. Para no afectarlo. No sirvió de mucho, pero lo intenté.

“Yo terminé mi carrera de leyes, me recibí. Sí fui un rebelde, pero positivo, así me podría calificar. Nunca tuve problemas serios. Éramos una juventud bastante positiva y sana. No recuerdo problemas de drogas o alcoholismo en esa época”, añade.
A quien llamaban “el chico del suéter”, prenda que se convirtió en su distintivo y de la que llegó a tener unos mil 500 ejemplares, que fue regalando a obras de caridad y a subastas, admite que lo que más le duele es “la inseguridad en que viven ahora los jóvenes y el bombardeo de estímulos que los distrae de las cosas importantes”.
El Embajador de Buena Voluntad de Unicef, quien ofreció su último concierto en febrero de 2024 en el Auditorio Nacional, cuando empezó a perder la voz, se considera un privilegiado porque disfrutó de una larga trayectoria.