Sobre el cambio climático, Digger es una realidad cínica

En Digger, Alejandro González Iñárritu plantea una realidad que vive la humanidad, la crisis climática, de una manera cínica, exagerada, pero esto puede verse como una virtud, porque nadie se ha atrevido a hacerlo a través del humor negro y la ironía.

De ahí que la cinta bordee los límites entre la ficción y el plano real.  

La crisis climática es protagónica y sobre ésta se construye una sátira respecto del poder político, el control de la narrativa, los intereses de la industria de los combustibles fósiles y la incapacidad de las sociedades para responder no a la amenaza, sino a los efectos que ya están en marcha.

Digger Rockwell, interpretado por Tom Cruise, puede verse como el antagonista al representar los intereses de la industria petrolera a través de un magnate arrogante y de discursos vehementes, para quien las ganancias están por encima de la viabilidad de los sistemas que sostienen la vida en el planeta.

Un hombre que tiene el poder y el control de la información, el conocimiento previo de los impactos de perforar, perforar y perforar sin detenerse. Como pasa con los CEO petroleros reales.

Sólo hay que recordar que en la década de 1950 las grandes compañías petroleras, como Shell y ExxonMobil, fueron las primeras en saber la relación entre la quema de combustibles fósiles —gas y petróleo—, las emisiones de gases contaminantes —principalmente dióxido de carbono y metano— y el calentamiento del planeta, cuestión que negaron y, desde entonces, son reticentes a las regulaciones.

Este petrolero texano sabe del desastre que está por suceder en una de sus plataformas marinas ubicadas en el Círculo Polar Ártico, donde una falla en un glaciar y la fuga de metano en el lecho marino están por desencadenar una catástrofe climática monumental: el desprendimiento de icebergs gigantes, como Judy, más grande que Washington, que amenaza con colapsar en Noruega y costas cercanas. Aun así, Digger no se detiene, porque primero está la producción de un millón de barriles diarios. No alerta sobre el hecho, pero después pretende convertirse en héroe al intentar remediar el desastre que él mismo ayudó a provocar.

Luego está el presidente de Estados Unidos, personaje que representa el poder político, obligado a administrar el desastre causado por las decisiones y acciones del magnate petrolero, además de una crisis de comunicación, intereses económicos y legitimidad.

Cada espectador tendrá su propia visión de la película; yo la veo como una historia sobre cómo sobrerreaccionan los poderes económico y político frente a la crisis climática, que saben que existe, pero niegan con sus acciones. A la par, es una disputa por el poder, la responsabilidad y la narrativa.

Es también una interpretación de la transgresión humana hacia la naturaleza, sólo hay que observar detenidamente todo lo que rodea al Digger Rockwell, desde Maggie —su gata blanca moribunda, a la cual mantiene en sufrimiento por encima de las recomendaciones veterinarias y la dignidad animal— hasta las diferentes  especies disecadas, la alfombra con pieles de osos polares y osamentas que hay como decoración en una mansión que, lejos de ser lujosa, se ve sobrecargada y decadente.

También hay que decir que esta cinta no tiene un rigor científico y no tendría por qué tenerlo. Sí, hay inexactitudes, como el caso del gran iceberg Judy que se desprende de Groenlandia. Y ésa es una licencia que González Iñárritu se da.

¿Qué pasa realmente en Groenlandia? Un estudio publicado en Nature Communications en mayo pasado indica que la capa de hielo se está derritiendo seis veces más rápido y abarca áreas más extensas que hace unos años atrás, esto como consecuencia del calentamiento del planeta.

Los desprendimientos de hielo no significan un peligro inmediato de dimensiones catastróficas a escala global como la recreada en Digger. La pérdida ocurre mediante procesos de derretimiento superficial, descarga de glaciares, fracturamiento y desprendimiento de icebergs que interactúan con aguas oceánicas cada vez más cálidas.

Volviendo a Digger, hay que verla como una pieza de humor negro y González Iñárritu magnificó la catástrofe, porque pudo y porque quiso apoyado en la fotografía de Emmanuel El Chivo Lubezki.

Uno de los momentos cruciales, no diré cuál, sólo reproduciré unas frases de Digger, retrata lo grotesco de algunos personajes con poder de la política real: “¡En el fondo quieren que siga perforando… el petróleo es lo que tenemos! ¡El petróleo es lo que Dios nos dio! ¡El petróleo es la leche materna de la Tierra!”.

Ese momento trajo a mi memoria el lema “Drill, baby, drill”.

Digger no pretende explicar la crisis climática ni mucho menos ofrecer una hoja de ruta para enfrentarla, porque no es el fin. Si genera conciencia o no o detona ansiedad o enfado dependerá en buena medida del contexto del espectador y qué tanto conoce sobre el cambio climático y sus efectos.

Para algunos, quizás abra conversación sobre las responsabilidades de la industria de los combustibles fósiles y la magra respuesta política ante la crisis climática. Para otros, la magnitud ficticia de la catástrofe puede hacer que el cambio climático parezca una amenaza remota, casi fantástica. Habrá quien odie Digger, y está bien.

El cine puede tomarse licencias con la realidad, pero los poderes político y económico no pueden tomarse esas licencias de seguir minimizando o negando el cambio climático, cerrar los ojos frente a la realidad es una condena existencial porque los impactos ocurren ahora y cada vez son más extremos.