Morena y la descomposición en México

México vive una descomposición social que ya no se oculta con discursos ni estadísticas oficiales. La violencia llegó a espacios que deberían ser seguros; las escuelas son hoy el ejemplo más alarmante.

El pasado 1 de octubre, un ataque con machetes y petardos en una secundaria de Torreón dejó a una subdirectora muerta y cuatro heridos. Sería un error verlo como un hecho aislado: en 2025, 1,178 niñas, niños y adolescentes fueron atendidos en hospitales por violencia física ocurrida en escuelas, 11.3% más que en 2024 y la cifra más alta desde 2015.

Frente a ese deterioro, es legítimo preguntar qué papel juega el lenguaje del poder. Morena construyó buena parte de su discurso sobre la confrontación. Desde las mañaneras de López Obrador se volvió rutina señalar adversarios, dividir a la sociedad entre “pueblo bueno” y “pueblo malo”, descalificar a medios, empresarios y organizaciones civiles y presentar la crítica como obra de intereses contrarios al país. Claudia Sheinbaum heredó ese formato: su tono es distinto, pero la mañanera nació como plataforma para exhibir adversarios y confrontar a los mexicanos.

Esto importa no porque una conferencia presidencial convierta a alguien en violento, sino porque desde el poder se fijan los límites de lo tolerable en el debate público. La descalificación permanente y la fabricación de enemigos erosionan la convivencia y vuelven más agresivo el espacio común.

Esa estrategia tiene un origen claro: 2006. López Obrador perdió frente a Felipe Calderón y sostuvo durante años que la elección había sido un fraude a sabiendas —de él y de su equipo— de que eso era falso; al final, las instituciones resolvieron otra cosa: el Tribunal Electoral revisó las impugnaciones, determinó que las irregularidades acreditadas no alteraban el resultado y reconoció a Calderón como presidente electo. Esa resolución quedó fuera del relato del movimiento. La palabra “fraude” se repitió hasta volverse identidad y la división dejó de ser una circunstancia electoral para convertirse en una forma de entender el poder.

De ahí que el caso de la estatua del expresidente Calderón no sea menor. Permaneció un año en el suelo en Los Pinos tras, según esto, ser derribada por un árbol; nadie la priorizó y después fue vandalizada por el exsindicato de trabajadores de Luz y Fuerza del Centro, azuzados por la propia Presidenta, como siempre, avientan la piedra y esconden la mano. No se trata de una estatua, sino de la representación de un expresidente y, con él, de una institución que está por encima de cualquier partido. El cargo es temporal; la institución, permanente. Abandonar esa imagen hasta que sea blanco de agresión transmite un mensaje equivocado sobre el respeto a la investidura.

La contradicción es evidente. Morena exige respeto absoluto a la Presidencia cuando la ocupa Sheinbaum, pero durante años hizo de Calderón uno de sus enemigos favoritos. Nada justifica la agresión contra la estatua, pero tampoco puede ignorarse el ambiente en que ocurrió.

Más grave aún es la normalización. Autoridades estadunidenses han señalado a políticos de Morena vinculados con el crimen organizado y corrupción desmedida, entre ellos Rubén Rocha Moya, Américo Villarreal, Alfonso Durazo, Marina del Pilar, Andy López Beltrán, entre otros, y no hubo deslindes contundentes ni consecuencias políticas; hubo defensas, silencios y cambios de postura. Cuando señalamientos por posibles vínculos con el narcotráfico ya no generan una crisis, el problema deja de ser sólo la acusación y pasa a ser la tolerancia al crimen y poner a disposición del partido en el poder nuestras leyes.

Esa misma lógica se reproduce en la sociedad: la violencia escolar, las agresiones en protestas y la facilidad con que algunos justifican ataques contra quien piensa distinto, forman parte de un deterioro que ningún gobierno responsable debería minimizar.

La descomposición no apareció de un día para otro, pero Morena lleva años alimentando una narrativa que divide a los mexicanos entre quienes están con ellos y quienes están contra ellos. Gobernar no es dividir, sino convocar. Y esa responsabilidad no puede esconderse detrás de otra mañanera.