Irán y el costo doméstico de la guerra de Trump

DESAFÍOS DEL ORDEN MUNDIAL 

Opinión del experto Global

Opinión del experto Global

Amos Olvera Palomino 

Hay guerras que se libran lejos de las ciudades y, sin embargo, terminan entrando por la puerta de la economía doméstica. Ese parece ser el caso de la guerra con Irán y su creciente repercusión sobre la política interna de Estados Unidos. La cuestión ya no se limita al frente militar ni a la disputa diplomática: aparece en el precio de la gasolina, en el costo del diésel, en el transporte de mercancías y, de manera cada vez más visible, en el malestar de los consumidores.

El dato más elocuente quizá no provenga de Washington, sino de Texas. El 28 de septiembre, el gobernador Greg Abbott declaró el estado de desastre en todo el estado para hacer frente a la escasez y al encarecimiento del diésel. Según Jill McLaughlin, de The Epoch Times, citando a la Asociación Automovilística Estadounidense, el combustible promediaba 5.90 dólares por galón en Texas y 6.45 dólares a escala nacional. La medida permite flexibilizar determinadas normas para ampliar el suministro y facilitar el transporte de cargas de combustible, agrícolas y madereras.

La decisión de Abbott resulta reveladora porque muestra hasta dónde puede llegar una perturbación energética originada en un conflicto internacional. Texas depende del diésel para su agricultura y para el transporte de mercancías. Cuando el combustible se encarece hasta niveles extraordinarios, el efecto no termina en la gasolinera: se traslada al costo de mover cosechas, mercancías y materias primas y, finalmente, al precio que paga el consumidor.

Aquí aparece el verdadero entronque entre la guerra y la política. El estrecho de Ormuz continúa cerrado, mientras la propuesta iraní para reabrirlo en siete días fue rechazada por Donald Trump. Según los textos de Reuters y The Associated Press citados en las fuentes, la iniciativa estaba vinculada a un cese de hostilidades y a la reanudación del tránsito marítimo. El rechazo mantuvo la presión sobre los mercados energéticos precisamente cuando el petróleo y los combustibles ya habían adquirido una dimensión políticamente sensible.

Andrew Day, en The American Conservative, plantea una interpretación que merece atención: el deterioro de la aprobación presidencial no puede desvincularse del impacto económico de la guerra. Su argumento introduce un matiz importante. Irán no necesariamente constituye la principal preocupación del ciudadano estadounidense, pero sus consecuencias económicas pueden intensificar aquello que sí lo inquieta: el costo de vida. La guerra, de esta manera, deja de ser un asunto remoto de política exterior y adquiere una traducción doméstica.

Los datos del Wall Street Journal refuerzan esa lectura. Una encuesta publicada el 28 de septiembre situó la aprobación de Trump en 37 por ciento, mientras seis de cada diez consultados consideraron que sus políticas económicas habían empeorado la situación. El dato no demuestra por sí solo una relación causal entre guerra y desaprobación, pero sí muestra el terreno sobre el cual sus efectos pueden convertirse en un problema político.

La paradoja es evidente. Trump regresó al poder reivindicando una concepción de America First que implicaba mayor cautela frente a compromisos militares prolongados. Sin embargo, la guerra con Irán ha creado una cadena de efectos que conecta la política exterior con aquello que una administración no puede aislar: los precios, el transporte, la producción y el consumo.

Thomas Massie representa dentro del Partido Republicano una posición distinta frente al conflicto. Jack Hunter, también en The American Conservative, sostiene que su oposición a la guerra habría coincidido con una parte del electorado que desconfía de nuevas intervenciones militares. Más allá de esa interpretación, el episodio revela que la controversia no se limita a republicanos contra demócratas: también atraviesa las propias filas republicanas.

Taki, por su parte, introduce una advertencia histórica en The American Conservative: las grandes potencias suelen descubrir que iniciar una guerra es considerablemente más sencillo que controlar sus consecuencias. Esa lección adquiere particular relevancia cuando un estrecho marítimo puede convertirse en una variable de la inflación estadounidense y cuando el precio de un combustible esencial obliga a un estado como Texas a recurrir a medidas extraordinarias.

En suma, el problema para Trump no consiste únicamente en la aceptación de la guerra. El asunto más profundo es que sus consecuencias están adquiriendo una forma tangible. Cuando un gobernador debe declarar un estado de desastre para facilitar el acceso al diésel, la geopolítica deja de ser una abstracción. Ha cruzado el umbral de la política exterior y entrado directamente en la economía real.

Y ahí reside el contragolpe: una decisión tomada en la cumbre del poder puede regresar desde el mercado, las carreteras y las familias. Una guerra puede comenzar como una decisión militar, pero cuando sus costos llegan al bolsillo, también se convierte en un problema de gobierno..

*Analista amosop@hotmail.com

 @PalominoAmos

Temas: