Lo esencial y lo complementario

Cuando a principios de este siglo los desarrolladores tecnológicos equivocaron la estrategia y creyeron que internet era el producto en sí mismo, y no una herramienta ideal para comunicarse y comercializar bienes y servicios, explotó la burbuja y dejó millones de ...

Cuando a principios de este siglo los desarrolladores tecnológicos equivocaron la estrategia y creyeron que internet era el producto en sí mismo, y no una herramienta ideal para comunicarse y comercializar bienes y servicios, explotó la burbuja y dejó millones de pérdidas en el camino. Sin ánimo de ser fatalista, a veces caigo en pánico y me angustio pensando que con el futbol puede suceder algo parecido; que la confusión entre lo esencial y lo complementario altere las prioridades y termine matando a la gallina de los huevos de oro.

Que el futbol se ha convertido en una actividad clave para el mundo del entretenimiento global es una realidad indiscutible y, por ende, y por mucho que nos pese a los nostálgicos, este deporte, que tanto nos apasiona, es inviable sin la concepción del negocio. Pero cuando lo pecuniario pasa a tener un mayor peso específico que la actividad misma corremos el riesgo de, paradójicamente, utilizando términos empresariales, fagocitar el propio core businnes: el futbol mismo.

Cuando, hace unos meses, desde “la renovada FIFA” anunciaron que a partir de 2026 la fase final de la históricamente exclusiva Copa del Mundo contará con 48 equipos, pensé que era un despropósito. Además de la distorsión en la calidad de la competencia, encajar en los calendarios actuales, que ya parecen exprimidos al máximo, un Mundial que dure dos o tres semanas más se me hizo una locura. Pero cuando el martes leí la noticia de que nos postulamos a organizar un Mundial, en conjunto con Estados Unidos y Canadá, me di cuenta de que, por lo menos en este tema, hemos perdido el juicio.

Con total convencimiento, siempre he valorado el avance que ha mostrado el futbol mexicano en los últimos años y cuánto ha tenido que ver con ello el injustamente poco valorado trabajo de nuestros federativos, pero, en este caso, creo que nos equivocamos.

México tuvo la suerte y el mérito de organizar dos de los Mundiales más icónicos desde el 30 hasta nuestros días. La historia dejada por las Copas del Mundo en México tiene más prestigio que nuestro propio futbol. ¿Por qué compartir esa impronta con dos países sin ninguna tradición futbolera? ¿Sólo en aras del negocio? Los Mundiales del 70 y el 86 tienen su lugar en la historia por ser el sitio donde, nada más y nada menos, dejaron su huella más grande a nivel selección, gustos al margen, los dos más importantes exponentes que ha dado la historia del balompié: Maradona y Pelé.

El engaño de Pelé a Mazurkiewicz en el Jalisco, los goles de Diego a los ingleses y la tijera de Negrete con el Azteca como testigo... Demasiada historia como para que el tercer Mundial en tierras aztecas sea recordado por el que sólo se jugaron diez partidos de la competencia.

Imagino que esta organización conjunta puede ser un gran negocio, pero, sin caer en falsos nacionalismos, si existe la chance de hospedar un nuevo Mundial en el futuro, debería ser exclusivo de nuestras tierras. Nuestro futbol así lo merece.

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