Wilson tras los 43”
La noche es cálida, húmeda, y el bordonear de un rumor crece en ovación y gritos estentóreos entusiásticos. A unos 10 m a la izquierda está Fidel Castro, con su uniforme verde oliva. La planta de su pie derecho golpea el suelo con frenesí. En la pista del viejo ...
La noche es cálida, húmeda, y el bordonear de un rumor crece en ovación y gritos estentóreos entusiásticos. A unos 10 m a la izquierda está Fidel Castro, con su uniforme verde oliva. La planta de su pie derecho golpea el suelo con frenesí. En la pista del viejo estadio Pedro Marrero se escenifica una de las más emocionantes persecuciones en la final del 4x400 m lisos de los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1982. El Caballo Alberto Juantorena toma el testigo y se dispara sobre el jamaicano Ken Smith, que corre como un demonio unos 25 o 30 m adelante. Un rugido brota de la garganta del estadio cuando Juantorena, doble campeón olímpico en Montreal, con su elegante y amplia zancada, va tras lo que parece imposible y se hace posible en los últimos m de la recta final. Juantorena cruza la meta, triunfal. Cuba gana el oro a Jamaica. Tuve el privilegio de presenciar varias hazañas de El Caballo; el récord mundial de 800 m en Sofía, y su victoria en 800m (1.44.04) sobre el keniano Mike Boit (1.44.14), el gran ausente de Montreal, en la Copa Mundial de Düsseldorf en 1977. Aparte el suceso de la repetición en 400 m. Pero nunca escuché tal clamoreo ensordecedor como en La Habana. En un video observo algo extraordinario que sucedió este sábado. Una réplica, acaso con mayor distancia, de un prodigio de 16 años, Quincy Wilson, del equipo Bullis School, de Maryland, en las preliminares del relevo 4x400 m, de Penn Relays.
Además de emocionante, asombroso, marcó ¡44¨37!, que le habrían dado cuarto lugar en el pasado mundial de atletismo bajo techo. Quizá presenciamos el nacimiento del astro que va a romper la frontera de los 43”, el RM del sudafricano Wayde van Niekerk (43”03”), que dejó con la boca abierta a Michael Johnson en los JO de Río de Janeiro 2016. Corrección. En mi colaboración del viernes —cada vez que cometo un error, de los que me doy cuenta, recuerdo a Rubén Cabecita de Dado, cuando a las 2 o 3 de la mañana en el viejo Excélsior de Reforma y Bucareli, se hacía la prueba de agua. En el ramal rectangular de acero se pasaba el rodillo entintado sobre los textos en relieve que habían salido de los linotipos. Sobre ellos se cubría una página humedecida en agua y se pasaba de nuevo el rodillo sobre ella con el propósito de calcar y hacer la última revisión del texto. Qué experiencia de ver y oír el sonido rítmico metálico en el proceso de fabricación de los lingotes de estaño y plomo, el metal caliente, saliendo del crisol, la máquina con el teclado de 90 caracteres, el ensamblado, la sinfonía sincopada de Mergenthaler... Cabecita de Dado, de agradable humor, se aproximaba al reportero que hacía la guardia y le expresaba: “Es inútil. Los errores se ven en el periódico impreso; aquí nunca los van a encontrar”— cité equivocadamente el libro de El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien, cuando quise escribir Los señores de los anillos, de los periodistas ingleses Vyv Simpson y Andrew Jennings, un libro de documentada investigación sobre los JO, con el enfoque de la década de los 90. Ruego a la indulgencia de los lectores.
