Sendero de alegría
En el flujo constante e inexorable del tiempo, por mucho que cambien generaciones y época, la belleza de la victoria y la hazaña producen alegría, deleite, admiración por el héroe que la conquista. Desde que Corebos de Elida eternizó su nombre en mármol tras su ...
En el flujo constante e inexorable del tiempo, por mucho que cambien generaciones y época, la belleza de la victoria y la hazaña producen alegría, deleite, admiración por el héroe que la conquista. Desde que Corebos de Elida eternizó su nombre en mármol tras su triunfo en el diaulio, incluso el anuncio de la victoria del mítico Filípides, del griego Spiridon Louis, y así en una cadena sin fin, eslabonando mito y realidad, Aquiles, Perseo, Cassius Clay, Phelps, Sálnikov, Fangio, Max Verstappen, Rod Laver, Alcaraz… gran parte de la humanidad ha disfrutado al presenciar o enterarse del ingente esfuerzo de grandes campeones. El Tour de Francia, placer en dos ruedas, con el escenario de la hermosa geografía, ofreció el miércoles la espectacular victoria, la 35, en suma de etapas, del inglés Mark Cavendish (nacido el 21 de mayo de 1985 en Douglas, Isla de Man), en la quinta etapa, 177 km de Saint Jean de Maurienne a Saint Vulbas; rompe el récord histórico “en número”, como lo expresó con modestia, que poseía el más grande pedalista de la historia, el belga Eddy Merckx, quien, en su largo camino de más de 500 triunfos, logró 34 de etapa en el Tour. Apodado El Caníbal o El Ogro por su hambre pantagruélica de victorias. Merckx, ganador del Tour 5 veces (1969, 70, 71, 72, año en que vino a la CDMX a romper el récord mundial de La Hora: 49,431 km en el velódromo de madera africana de la Magdalena Mixhuca, el 25 de octubre, y 1974), fue un superdotado; sprinter, rodador, dueño de excepcional resiliencia. Uno de sus más notables éxitos fue la escalada al Monte Ventoux, en 1970, tan difícil y dura que tuvo que recibir oxígeno para recuperarse. El miércoles explotó la energía, astucia y arrojo de Cavendish. Su victoria rayó en lo increíble. El pelotón aceleraba. A 70 m de la meta se hallaba en décimo segundo lugar. Cargó a la derecha y, de súbito, serpenteando con rapidez, sprinteó con furia, en dirección izquierda, tal vez sus pedalazos finales alcanzaron los 450 watts y con tanta potencia que, al cruzar la meta, saltó la cadena de su bicicleta; un poco antes y aquello se habría convertido en un infortunio. Adelantó Cavendish, plata en Ómnium en los JO de Río de Janeiro, con tanta destreza como si lo hiciera con el sentido o instinto de reacción de los estorninos en la bandada o el arenque en el cardumen que se desplazan veloces y cambian de dirección sin tocar ni chocar con sus compañeros. Venció en la línea a Jasper Philipsen, descalificado ayer en la 6ª etapa por maniobra imprudente al entrar a la meta. Dominar 35 etapas en una competencia de alto riesgo, de tanta calidad y tan incierta, involucra y significa la conjugación multifacética de lucha, condición física, poder, olfato táctico, de agallas, medir el momento justo y exacto del sprint final. Ese instante memorable lo ha logrado el inglés en 16 años de esfuerzo desde que compitió en el Tour en 2008. Inadvertido el colombiano Harold Tejada, del team kasajo Astana Qazaqstan, que, como gregario, doméstico, peón de Cavendish, tironeó en el llano para romper la resistencia del aire y conducirlo al podio 35.
