Rizar el rizo…
Allá por la década de los 90, atrás del rectángulo agonal, un hombre avezado con la computadora y la superficie del voleibol con sus seis zonas numeradas en sentido contrario a las manecillas del reloj, la 234 de derecha izquierda ante la red los números, naturalmente, ...
Allá por la década de los 90, atrás del rectángulo agonal, un hombre avezado con la computadora y la superficie del voleibol con sus seis zonas numeradas en sentido contrario a las manecillas del reloj, la 2-3-4 de derecha izquierda ante la red —los números, naturalmente, no están pintados en la duela, pero sí en la mente de técnicos y jugadores—, lleva singulares estadísticas, incluso una para detectar al jugador que, de manera objetiva, no subjetiva, representa el punto débil del adversario. Detectada la imprecisión el DT, dentro del campo de posibilidades puede decidir y dirigir el fuego hacia el punto vulnerable. El deporte se nutre de la ciencia y la tecnología. “Conozco lo que puedo medir”, decía William Thomson, Lord Kelvin. Hace poco, la presencia del metodólogo Valentín Yáñez, de origen cubano, representaba, acaso entre el 93 y 95% de precisión en la valoración de los resultados de la delegación mexicana en los juegos regionales, Centroamericanos, Panamericanos, Olímpicos. Sus cálculos, laboriosa e ingente tarea que exige y mezcla conocimientos de una gran diversidad de variables, comparativos entre un centón de informaciones, estadísticas, tiempos, lugares, proceso evolutivo, individuales, colectivos, de las principales competencias del orbe, el cruce de husos horarios si son de Oeste a Este o de Este a Oeste, las prácticas de grupo en las alturas. Que algún técnico haya afirmado que el propósito o la perspectiva eran 33 medallas de oro en los JP de Santiago, deja mucho que desear cuando se ganaron 52. Refleja desconocimiento e inmadurez en una tarea exigente que no es para atinar o estar risueño por errar. De vez en cuando errar se escribe con h. (Podría hacer la pregunta, dónde tendría mayores posibilidades de ganar una oncena mexicana, sea la selección o de club, a un equipo de Europa, ¿en Nueva York o en Los Ángeles? Se engañan quienes se esponjan por un empate ante Alemania, en confusión del continente con el contenido, olvidando, además, que cuando un cuadro europeo juega a las ocho de la noche en EU, lo hace conforme a su reloj biológico, entre las cuatro y cinco de la mañana. El entusiasmo rampante magnifica la visión de los jilgueros y hace ver a la selección germana —en la disputa de un partido amistoso en el que no está en juego una importante fase de Campeonato Mundial, como si fuese dirigida por el legendario Herberger en compañía de Thomas Müller, Franz Beckenbauer, Lothar Matthaus…). Algo semejante sucede con la espléndida actuación de México en los XIX JP. Las campanas a todo repicar. En el tremendismo de los países en los que se cultiva la cruel fiesta de toros, hoy se riza el rizo y se infla la tangente. Con visión social, rebosante de ternura y lentes color de rosa, se acepta o afirma que la sola asistencia de los atletas mexicanas debe, desde ahora, tomarse como un éxito. El deporte es una expresión agonal, cruel, hermosa. Los atletas saben que van a París no con el éxito asegurado, sino a partirse el alma y a romper los nueve metales conquistados hace once lustros. Si no lo conoces, apréndelo.
