Odio por la paz
Sin duda, el placer es tan grande cuando se nos engaña como cuando engañamos. Samuel Butler
Uno de los ejemplos más claros de vesania, cinismo e hipocresía lo personificó Leopoldo II de Bélgica. Era un hombre ilustrado, carismático, inteligente, envuelto en el aura luminosa de la filantropía; se le trataba con respeto, admiración. Tardíamente se descubrió el terror y la vileza que anidaban en su alma: perpetró mutilaciones y matanzas de millones de congoleños; les destruyó sus instituciones. Su gran fortuna provenía de la esclavitud que ejerció para extraer de aquella región caucho, marfil, resina de copal.
Enviaba armas con el argumento de emplearlas en defensa de los enemigos del Congo, cuando la realidad era para someter con crueldad a los congoleños. En uno de los momentos delicados y perturbadores, vienen a la memoria algunos pasajes de la historia que se asocian con la guerra actual de Rusia en Ucrania; irradia daños en el campo deportivo, cultural, social, económico, como no se ha visto en otros actos bélicos.
Nada humano me es ajeno, expresó Terencio. Recibo en el celular un video de una comentarista europea en el que subraya que en esta guerra, además de las sanciones económicas que afectan a millones de personas, se ha formado una atmósfera rusofóbica, inadvertida por muchos; e inquiere: ¿por qué no se dio el mismo trato a los invasores de otros países en guerras recientes? Bajo estas consideraciones se puede formular: ¡No se deforma la realidad de esta guerra con la información de comunicadores occidentales? Es una acción con efectos dominó secundarios, maquinados y previsibles, de gran peligro —como ya sucedió en otras épocas— para cualquier persona de nacionalidad rusa.
Un clima galvanizante se creó en Los Ángeles previo a los JO de 1984. En Europa, lo que es aberrante, la exacerbación de ánimos se extiende, además, al deporte, a la cultura, al arte. Parece mayor el rechazo a Rusia que a la propia guerra. Se afirma la cancelación de conciertos o conferencias relacionados con rusos. No se observa en los llamados países pacifistas y amantes de justicia alguna acción específica para alcanzar la concordia y la paz. Se trata de apagar el fuego con armas; la paz sería el rápido fin de un gran negocio.
Con los JO de París a la vuelta de la esquina acaso sea conveniente que el Comité Olímpico Internacional, en apego a uno de los postulados de la Carta Olímpica, que expresa que las competencias son entre individuos y no entre naciones, considerase la supresión de himnos nacionales en las ceremonias de premiación. E impedir, tomar medidas, algo de lo más complejo, pero relacionado con la Guerra Fría, que se sancione con igual reglamento a los deportistas que cometan faltas; que ya no se empleen con tanto descaro dos varas de medir, una con la que se castiga globalmente a Rusia y otra con la que se sanciona individualmente a otros países.
