Glóbulos rojos
Seamos claros: aun cuando las estadísticas deportivas oficiales presentan datos verídicos, aceptados universalmente, en función a las mediciones certificadas con exactitud en tiempos y distancias, debemos entender que no todos los registros se realizaron en igualdad de ...
Seamos claros: aun cuando las estadísticas deportivas oficiales presentan datos verídicos, aceptados universalmente, en función a las mediciones certificadas con exactitud en tiempos y distancias, debemos entender que no todos los registros se realizaron en igualdad de condiciones, como temperatura, calor, frío, humedad, rapidez del viento. Cuando el sprinter venezolano Horacio Esteves, en vísperas de los JO de Tokio, marcó en Caracas, 15 de agosto de 1964, los terceros asombrosos 10 segundos en los 100 m planos, lo primero que vino a mi mente, además de la enorme calidad del atleta, fue: ¿cuánto habría influido la micromenor atracción gravitacional en su cronometraje? A diferencia del alemán Armin Hary y el canadiense Harry Jerome, lo hizo cerca de la línea ecuatorial. Hary marcó el primer 10 en la mágica pista de Letzigrund, de Zúrich, 21 de junio de 1960, y Jerome el 15 de julio de 1960 en Saskatoon, en la estela del precursor, en paralelismo de la Milla con Roger Bannister y el australiano John Landy. Subrayemos: el centro de atracción del planeta está corrido ligeramente hacia el hemisferio norte; no coincide con el centro geométrico de la Tierra.
Los esfuerzos deportivos son bañados por diversos acontecimientos que algunas veces pasan inadvertidos. Por ejemplo, el anemómetro marca x velocidad (en el impresionante salto de 8.90 m de Bob Beamon en los JO de México el aparato señaló la rapidez máxima permitida 2 m en un segundo) y dirección de sur-oeste a nor-este. Esto no significa que en las carreras el atleta sea empujado o retrasado. La medida es en el punto del anemómetro; en otros sitios el viento puede correr con velocidades diferentes en la línea de salida o en la meta. (Si por algún prodigio se pudiesen ver de colores las corrientes de aire en el estadio o en el cielo presenciaríamos algo de lo más fascinante en matices y velocidades). ¡A qué viene todo esto?
A la relatividad del registro del maratonista boliviano Héctor Garibay Flores, que marcó en la altura de la CDMX 2 horas 8 minutos y 23 segundos y a su carrera más rápida, en condiciones adversas de los 2,240 m snm que el ugandés Victor Kiplangat, oro en 2:08’53 el domingo 27 de agosto; no sólo hubiera ganado el oro en el Campeonato Mundial de Budapest (¡el hubiera sí existe!), sino que hay especialistas del atletismo, entre ellos Rodolfo Gómez, Germán Silva, David Vázquez, el ingeniero Luis Pineda, que consideran que el crono a nivel del mar podría estar por debajo de las dos horas con dos minutos. En otras palabras, estamos en presencia, acaso, de un atleta que, potencialmente, puede representar un podio en los JO París 2024. Un boliviano que, al entrenar en Oruro a 3,735 m de altura, se ve favorecido en la producción de glóbulos rojos en orden superior a los kenianos y etíopes que practican en la gran fisura africana del Valle del Rift, entre 2,200 y 2,400 m. El crono del plusmarquista de la Cd de México reafirma la mediocre zona de confort y poca ambición en la que se desenvuelven entrenadores, fondistas y maratonistas mexicanos.
