El jaque del Sr. B

Bajo la luz de la llama de una vela o cerca de una lumbrera, después de escuchar el canto del minnesinger o trovador y las alegres notas de un laúd, seguramente los jugadores seguían la velada con una copa de vino y una partida de ajedrez. El ajedrez se desparramó de ...

Bajo la luz de la llama de una vela o cerca de una lumbrera, después de escuchar el canto del minnesinger o trovador y las alegres notas de un laúd, seguramente los jugadores seguían la velada con una copa de vino y una partida de ajedrez. El ajedrez se desparramó de las costas del Mediterráneo por el interior de toda Europa. Jugar ajedrez era un rasgo distintivo en los palacios de los reyes; acaso con cierta reluctancia y atracción a la condición social de los aventureros que lo divulgaban. En el siglo XVIII, con el precoz músico y ajedrecista André Danican Philidor, cobró notable fuerza. Podía jugar, en el café de La Regence de París, 2 o 3 partidas a la ciega, sin ver el tablero. La exhibición asombraba tanto que Denis Diderot le aconsejó que no jugara así, pues podría dañar su mente. En la seductora novela La novela (o partida) de ajedrez, que Stefan Zweig escribió en Brasil, proyecta diversos enfoques, incluso crítica política, a la Alemania nazi, deja la impresión, conforme a las ideas y entorno de la época, la perspectiva de que la práctica del juego (el personaje, el Señor B, había estado en un campo de concentración) puede dañar la salud mental. El campeón mundial Mirko Czentovic viaja en barco de Nueva York a la Argentina. Unos aficionados lo retan a una partida y Czentovic acepta. Se aleja del tablero para no perturbar los análisis del grupo que juega en equipo. Justo cuando Connor va a hacer un mal movimiento, la mano de un desconocido le detiene. Le indica otra. Empatan el juego. El Señor B aprendió de un libro de 150 partidas que contenía juegos de Alekhine, Lásker, Bogoliúbov… Organizan un juego del Sr. B contra Czentovic y, sorprendentemente, derrota al monarca mundial. En la revancha, en la embriaguez del éxito, se desestabiliza mentalmente y da un jaque inexistente que regresa a B a los miedos y delirios. Es muy frágil la tesis de que alguien escale la estratósfera aprendiéndose 150 partidas de memoria. El ajedrez es más complejo. Pero la figura del campeón mundial ha cambiado y fortalecido intelectual, social, agonal, económica, deportivamente. El juego y sus acólitos, también. El monarca es la punta del iceberg; celebridad histórica que sólo 17 jugadores han logrado. Y en las últimas décadas, al tomar el cetro de oro es de lo más difícil de batir. Una derrota o dos al año es noticia central. El chino Ding Liren se trepó a los cuernos de la Luna al conquistar el título mundial contra el ruso Ian Nepómniachtchi. El luminoso halo empezó a desvanecerse. Otear desde el empíreo, con el shock del éxito, le ha impedido dormir. Enfermó. Perdió la alta forma agonal. No puede recuperarla. Como si un pianista al llegar a la cumbre se transformase en inmortal y enfermase de Parkinson. Se eclipsó en el Tata Steel de Wijk aan Zee y, ahora, en Stavanger, perdió 4 matches. Hay quien sugiere que se retire. En el ajedrez no hay mirón que no sea cruel. Dispone de tiempo para recuperarse, además, hay un 60% al vencedor y 40% al perdedor de un premio de más de 2,000,000 libras esterlinas. El domingo no vio que le daban mate en 2. Confiemos en su recuperación.

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