Culto a la mediocridad

A principios del siglo XX, afirmaba el escritor Chesterton, de fértil imaginación y fina ironía, había tan gran número de sabios y hombres extraordinarios que cuando se identificaba en la sociedad a un imbécil constituía un acontecimiento excepcional que la multitud ...

A principios del siglo XX, afirmaba el escritor Chesterton, de fértil imaginación y fina ironía, había tan gran número de sabios y hombres extraordinarios que cuando se identificaba en la sociedad a un imbécil constituía un acontecimiento excepcional que la multitud lo seguía por las calles y lo admiraba como un tesoro al que de inmediato le otorgaba un puesto político. Observen el comportamiento del núcleo de aficionados de la Selección Mexicana de Futbol y acólitos de algunos medios —no confundamos aficionados con el pueblo que ni siquiera dispone de tiempo para seguir las disciplinas deportivas o practicar la actividad física—, la desproporcionada euforia, por la reciente victoria en la Copa de Oro, un torneo que reunió a un grupo de oncenas de las más débiles del mundo —EU y Canadá participaron sin sus cuadros titulares—, algunas incluso de la zona caribeña sin el potencial económico para conformar una Liga profesional de futbol. Manuel Seyde, en Temas del Día que se publicaba en la página deportiva de Excélsior, escribía que el nivel del futbol centroamericano, incluyendo a los Ratones Verdes, era tan primitivo que jugaban con balón cuadrado. Y ardía indignado el patrioterismo y la molestia de los empresarios. Si se pasara revista al espacio y tiempo que los medios han dedicado ayer, hoy y mañana al Tri, se corroborará como un trazo con pantógrafo la siembra de esperanzas, las ilusiones, el engaño y cómo, con precisión astronómica cuatrienal, el gigante con pies de barro se despeña y hunde en lo más profundo del pozo de la mediocridad. El magnetismo, su intensa popularidad, relacionada por Desmond Morris con el espíritu de tribu en los remotos tiempos de caza, combinada con la estulticia comercial, propician en México el culto a la mediocridad. En los últimos años, la apertura de medios, la irresponsabilidad y negligencia de no preparar a los comunicadores ha influido en la degradación y distorsión del deporte. Han martilleado tanto al aficionado que le han hecho creer que la selección está a la altura de las mejores del mundo. El futbol mexicano, como fenómeno y distractor social, no es propiamente un deporte, sino una poderosa máquina que convierte la mediocridad en barras de oro y embarra la credulidad de las multitudes. Como no existe un mecanismo que pueda dimensionar y valorar el nivel del futbol, una gran mayoría de comunicadores se engañan y engañan al magnificar, glorificar e hiperbolizar victorias intrascendentes. Gulliver en Lilliput. Se distorsiona la naturaleza del deporte. Algunos comunicadores se convierten en evasores de la realidad. Me asegura un apreciado amigo, de los mejores escritores deportivos, que un acólito del Tri lloró de emoción cuando Giménez anotó el golazazaazoooo a Panamá. Lo increíble es que nadie se haya apiadado: un par de bofetadas guajoloteras acaso lo hubiesen despertado de sus sueños infantiles tropicalmente guajiros; junto con otros. Amén.

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