Cordada mítica: 75 años
Allá en la lejanía del tiempo, en las brumas míticas del montañismo, se perfilan con luz inmortal las figuras de Maurice Herzog Lyon, Francia, 15/I/1919–NeuillysurSeine, Francia, 14/XII/2012, 93 años y Louis Lachenal Annecy, Alta Saboya, sur de Francia, ...
Allá en la lejanía del tiempo, en las brumas míticas del montañismo, se perfilan con luz inmortal las figuras de Maurice Herzog (Lyon, Francia, 15/I/1919–Neuilly-sur-Seine, Francia, 14/XII/2012, 93 años) y Louis Lachenal (Annecy, Alta Saboya, sur de Francia, 17/VII/1921-Vallée Blanche de Chamonix, al caer en una grieta, esquiando en mal tiempo, el 25/XI/1955).
Fueron los primeros hombres en escalar el primer 8,000 en el Himalaya, el Annapurna, de 8,091 m, hace 75 años, 3/VI/1950. Uno de los acontecimientos más impactantes de la época, cuando Francia y Europa salían de las cenizas de la II Guerra Mundial y la hazaña se convertía en modelo estimulante de lucha, valor, esfuerzo, que proyectó una victoria cargada de fuerte simbolismo en las cordilleras del Himalaya, donde se habían registrado, en 30 años, decenas de esfuerzos fallidos y mortales.
Pioneros, héroes que se lanzaron con arrojo a regiones sin cartografiar. Su esfuerzo inspiró el espíritu de emulación de Edmund Hillary, Reinhold Messner, Peter Habeler, Junko Tabei. Se cumple el 75 aniversario de una de las escaladas de mayor dramatismo que se recuerden.
Abreviemos: el diálogo en la proximidad de la cumbre en condiciones climatológicas difíciles, con la nieve deslumbrante a punto de dejarlos ciegos y el cielo de azul zafiro transformando la nieve en materia dura y traidora, con las nubes abajo.
El reto más peligroso es el descenso. “Y, si doy media vuelta —dice Lachenal—, ¿qué harías tú?”. Herzog le responde: “¡Proseguiré solo!”. Brota, natural, espontáneo, el espíritu de la cordada, la aceptación fraternal de compartir el destino, cumbre, gloria o muerte. “Entonces, ¡voy contigo!”, expresa Lachenal, consciente de que el esfuerzo de un hombre lo arrojaría inevitablemente hacia la muerte; unidos en la consagración de un ideal.
Desde la cima, profundos y aterradores precipicios, el horizonte circular, la cúpula del universo. Una tempestad los envuelve en el descenso. Herzog se quita los guantes y el aire se los arrebata; el otro pierde una bota. La mordedura glacial en manos y pies.
Encuentran la tienda y el apoyo de Gaston Rébuffat y Lionel Terray, con quien Lachenal ha formado la poderosa cordada francesa. GR y LT están ciegos por el resplandor de la nieve. Caen a una grieta. Escapan del frío y se salvan de milagro. Reinicio en la niebla; toman direcciones equivocadas, se orientan por cursos de mayor pendiente. Cuando piden socorro aparece Marcel Schatz; camina con la nieve a la altura de la cintura. El rescate. Abajo los espera el cirujano Jacques Oudot para auxiliarlos y amputarles los dedos. Descienden espalda con espalda de sherpas.
La hazaña circula el mundo. Su acerada voluntad posibilita el camino hacia las más altas cumbres. Hace unos días se presenció otra expresión muy diferente en el Everest en diversos planos, que revelan los cambios y avances de la tecnología y algo que nunca se modificará: la fascinación del hombre por acciones de riesgo mortal.
