Despierta el animal

Eduardo Herrera, de los Pumas de la UNAM, tras anotar el gol en el estadio de Ciudad Universitaria, se llevó las manos al pecho y señaló con sus dedos 4 y 3. Estaba fresco el dolor con la desaparición de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa. Fue la última ...

Eduardo Herrera, de los Pumas de la UNAM, tras anotar el gol en el estadio de Ciudad Universitaria, se llevó las manos al pecho y señaló con sus dedos 4 y 3. Estaba fresco el dolor con la desaparición de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa. Fue la última expresión de dignidad deportiva que se presenció en un partido de futbol, manifestación que se unía con la indignación y tristeza que aún está presente. Una expresión relativamente rara en el medio cuando muchos prefieren guardar silencio y no dar opinión, o citemos en otro ejemplo a Hugo Sánchez que se ha pasado la vida hablando y nunca ha dicho algo importante.

Años atrás, en ese estadio, México y el mundo fueron testigos durante los Juegos Olímpicos de 1968 de la protesta de The Black Power cuando Tommie Smith y John Carlos a los que se sumó el australiano Peter Norman, aquellos con el puño enguantado en negro, protestaron la opresión contra los negros en Estados Unidos. Smith y Carlos fueron expulsados de la Villa Olímpica y al regresar a su país durante varios años no encontraron empleo. Vivieron tiempos muy difíciles.

El escritor argentino Jorge Luis Borges en uno de sus libros, en singular asociación, señala que a la carta que Fray Bartolomé de las Casas envió en 1517 a Carlos V se deben infinitos hechos, entre ellos la muerte de Abraham Lincoln, quien abolió la esclavitud en Estados Unidos; la Guerra de Secesión en la que murieron más de 500 mil personas, la incorporación del vocablo linchar en los diccionarios, el tráfico de esclavos de la parte occidental de África, los blues y el vudú. Los negros llegaban a Kingston, Jamaica y eran desparramados como esclavos y tratados como animales, en las islas y en la parte Este de Estados Unidos, Brasil. Esto fue hace ya 500 años… y los problemas raciales al igual que la corrupción, la violencia, la trampa, el dopaje, no desaparecen. Ni desaparecerán; lo más que pueden hacer las sociedades es intentar controlarlos, que no crezcan.

El animal de la segregación racial estaba dormido pero la semana anterior Donald Trump lo estimuló, lo despertó y lo avivó.

Hace un año Colin Kaepernick, quarterback de los 49ers de San Francisco se mantuvo sentado mientras el himno nacional de Estados Unidos era entonado. El 26 de agosto de 2016, expresó: “No me voy a parar con orgullo a ver una bandera de un país que reprime a las personas negras… No busco la aprobación de nadie. Tengo que ayudar a las personas que están siendo reprimidas. Si me quitan del futbol americano sabré que me impuse por algo que estaba bien”.

Al desafío de Kaepernick se sumaron otros como Brandon Marshall y en los últimos días tras que Trump solicitó a los dueños de equipos de la NFL que despidan a los jugadores que le falten el respeto al himno nacional, se han sumado a la protesta el héroe del último Superbowl Tom Brady, así como Michael Jordan, Serena Williams, y otros notables.

La libertad de expresión es un derecho fundamental. Los negros o afroamericanos saben que cuentan con el respaldo de un estatuto jurídico, pero para algunos blancos, con todos aquellos derechos, acaso con el mismo repudio de hace 500 años, los negros siguen siendo negros. Las sociedades modernas se esfuerzan por la convivencia armónica sólo que enfrentan a ideologías contrarias.

Hay sociedades con atletas conscientes con el valor y la lucha por los derechos humanos; son preferibles a otras en las que el leit motiv es el lujo, la opulencia, la ostentación como sucede en la política y el deporte.

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