Referencia
Montreal nos recibió en el verano del 76 con una tarde plomiza. El autobús salió del aeropuerto y empezó a rodar por el pavimento de asfalto en una interminable línea recta. Iba un grupo de 19 personas del diario Esto y El Sol de México a cubrir los Juegos ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
Montreal nos recibió en el verano del 76 con una tarde plomiza. El autobús salió del aeropuerto y empezó a rodar por el pavimento de asfalto en una interminable línea recta. Iba un grupo de 19 personas del diario Esto y El Sol de México a cubrir los Juegos Olímpicos. Viajaba Ignacio Matus, el Coronel López Serna, ingeniero en comunicaciones que siempre iba con un par de enormes baúles en los que acomodaba en estantes y cajas de madera todos los aparatos, tornillos, cinta aislante, radios, destornilladores, pinzas, con meticuloso orden conforme a un plano específico para cada pieza y división; La Pastilla, aquel operador que ponchaba y leía con los dedos las notas en la cinta perforada del télex; ambos habían llegado con una semana de antelación. Viajaba, además, Raymundo Riva Palacio, periodista que más tarde cubriría para Excélsior guerras en Sudamérica y Oriente Medio.
El viaje representaba para el autor de esta nota sus primeros Juegos Olímpicos en el extranjero. Desempacamos y nos dirigimos de inmediato al Centro de Prensa. Aunque era tarde, había bastante luz. El Sol se ocultaba a la una de la mañana y salía poco antes de las cinco de la mañana, eran noches muy cortas. El cubículo disponía de lo necesario para las tareas del periodista.
La primera sorpresa la recibí de Ignacio Matus. Mientras el resto iba de reconocimiento en el Centro de Prensa, Matus empezó a sacarle humo a la Remington. Escribía con dos dedos a una velocidad endemoniada. Pero si apenas habíamos llegado, ¿qué información iba a enviar a México? Después seguí el ejemplo.
Recuerdan ustedes el breve relato de Azorín cuando llega un periodista fuereño lleno de ilusiones a escribir en un importante diario (“así que usted ha levantado polémica en su pueblo”) y la primera orden que recibe del director es: “Puede ser tan amable de ir al estanco de la esquina a traerme una caja de fósforos”. El aspirante a periodista, extrañado, va a la tienda a cumplir el encargo. Al regresar, el director del diario le dice: “Ve aquella puertecita, por ahí se llega a la redacción, vaya y escríbame una nota de lo que observó”.
Acaso la primera cualidad que debe tener el periodista es la capacidad de observar. Ignacio Matus era un hombre entregado a su profesión. La gente lo identificaba con el futbol. Era una época en que algunos periodistas eran uno solo con el deporte y su periódico. Matus del Esto, Ramón Márquez Carbajal, boxeo, Excélsior; Jacobo Moret, boxeo, y Serafin Vázquez, ciclismo, La Prensa; Flavio Zavala Millet, Ovaciones; Víctor Cota León, boxeo, José Manuel Zaragoza, deporte olímpico, La Afición.
Era el brazo derecho de don Antonio Huerta, brillante y cultivado español de San Sebastián, director del diario deportivo de color sepia, que escribía conforme al periodismo que hoy se lee en El País. Matus fue uno de los principales reporteros deportivos de futbol. Cazaba y le llegaban las noticias. Llevaba excelentes relaciones con Guillermo Cañedo, con los principales entrenadores y futbolistas. Su influencia era tan grande que se llegó a afirmar que él también dirigía los hilos de la Selección Nacional de Futbol.
En aquella redacción deportiva, lo presencié durante 15 años, todos eran reporteros de guardia. Se salía diario a la una, dos o tres de la mañana. Y Matus estaba siempre al pie del cañón.
Desapareció físicamente el pasado miércoles. A su esposa y a sus familiares les deseamos una pronta resignación.