Kilometraje bestial

El ultramaratón representa otra expresión deportiva. Proyecta menor atracción que las pruebas olímpicas por la circunstancia de desarrollarse en enormes espacios abiertos y por la larga duración del tiempo en la que el atleta cumple su objetivo. Las multitudes sienten ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

El ultramaratón representa otra expresión deportiva. Proyecta menor atracción que las pruebas olímpicas por la circunstancia de desarrollarse en enormes espacios abiertos y por la larga duración del tiempo en la que el atleta cumple su objetivo. Las multitudes sienten fascinación por las pruebas de velocidad, la explosión muscular, que, sin duda, en tierra y en agua, ante el metal en halterofilia, son un espectáculo; paladea con especial gusto por las competencias de fuerza o de resistencia en las que el atleta corre o camina 42,195 m o 50 km. Pero el ultramaratón se desboca, va más allá de estas distancias y de la resistencia corporal y mental. Provoca sorpresa y admiración. Es un desafío al dolor, al sufrimiento, a la angustia, al hambre, al calor, al frío, a la soledad, a las heridas abiertas en los pies, al miedo, al silencio, al insomnio. Respiración profunda, sudor, concentración, ritmo, voluntad, fatiga, incertidumbre. Lejos del aplauso, de las abigarradas tribunas, de las alegres fanfarrias e himnos, de la vocinglería y del grito estentóreo del estadio. Acaso una aproximación al umbral del masoquismo,… y al goce pleno de probar que el esfuerzo corporal, si bien es elástico en el agua, en la tierra, en la montaña, en las llanuras blancas y congeladas de los polos y en los desiertos de arena, tiene sus propios límites. Así, se plantea un reto agonal y el deseo de resolver la incógnita y conocer la propia capacidad personal. Hasta dónde, “hasta dónde soy capaz de resistir”, debe preguntarse el ultramaratonista. Y cuando se aproxima a los umbrales del desfallecimiento, acaso se pregunte en las candentes arenas del Sahara o en el desierto blanco y helado de la Antártida: “¿Qué hago aquí?”. Al cruzar la primera frontera y experiencia, de saberse capaz, de saberse autosuficiente, nace una pasión que aspira y crepita a crecer más.

La distancia del “ultra” se dispara a más de 200 km o a 1,233 km en 23 días, un promedio de 53.6 km diarios, que nos hace voltear la mirada a los albores de la historia del hombre cuando, en busca de su destino, recorría enormes distancias, como lo hizo en fecha reciente Nahila Hernández al cruzar, corriendo, el desierto de Atacama en Chile, aquel kilometraje bestial.

Nacida el 1 de abril de 1974 en Bakú, Azerbaiyán, la guapa cubana-mexicana Nahila Hernández se ha convertido en una figura central en el campo internacional de los ultramaratones. Ha corrido cientos y cientos de kilómetros y se ha distinguido en regiones lejanas: en abril de 2009 en el maratón de Los Sables, en Marruecos, en el desierto del Sahara. Entre octubre de 2010 y noviembre de 2012, 250 km en seis días los desiertos del Sahara en Egipto y, en siete, en Atacama, en Chile, en el de Gobi, en China, en la Antártida. En variaciones de terreno rocoso, resbaladizo, arenoso y en temperaturas de +50 grados Celsius a -20°C.

En julio de 2013 corrió en el Badwater, en El Valle de la Muerte, California, 217 km en 48 horas con un ascenso de 4 mil metros. Corrió 800 km en cinco continentes en distancias de 160 km en Suecia, Chile, África del Sur, Australia e Israel.

El 30 de octubre va a correr 246 km en la mítica ruta del legendario Fidípides —anunciador en el ágora de Atenas de la gloriosa victoria de Milcíades— de maratón a Esparta. Nahila se ha convertido en emblema de tenacidad, valor, audacia. Que su ejemplo sea inspirador en mujeres y hombres.

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