Y los borregos balan
Los pájaros nos dan lecciones de entereza. Si al regresar a su nido lo ven destruido, no se deprimen, no se desesperan, y mucho menos se preguntan “¡Qué voy a hacer?”. Vuelan en busca de ramas que recogen con el pico y de nuevo construyen el nido. Este acto es ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
Los pájaros nos dan lecciones de entereza. Si al regresar a su nido lo ven destruido, no se deprimen, no se desesperan, y mucho menos se preguntan “¡Qué voy a hacer?”. Vuelan en busca de ramas que recogen con el pico y de nuevo construyen el nido. Este acto es manifestación, esencia de la vida y lucha de la naturaleza. Si una serpiente sube por el árbol y engulle en el nido a los tiernos polluelos no es una acción de injusticia y acaso ni de crueldad, se trata sencillamente de un atavismo que responde a su naturaleza.
Hace tiempo una persona, recientemente fallecida, deportista, entrenador, dirigente, expresaba entre sus íntimos: “Yo hablo (en las conferencias) con toda la seguridad y confianza que me da la ignorancia de mi auditorio; si hay debate los aplasto con ideas que ellos no conocen ni yo tampoco. Lo fabuloso es que los ignorantes se las creen”. La expresión es una mezcla con su gota de realidad cruda y de cinismo.
Contrasta la idea que al respecto tenían los helénicos de la antigüedad cuando se dirigían al núcleo social. Lo afirma Cecil Maurice Bowra: “… no incurrieron nunca en el error de juzgar la inteligencia de un auditorio conforme al nivel más bajo de sus oyentes”.
Hoy, no sólo en materia deportiva, sino en diversas áreas de la comunicación que inundan a la mayoría de la población, el lenguaje cada vez más pobre, degradado, confunde y revuelve la estancada ignorancia. Como aquel Gregorio Samsa, sin que se trate de un sueño, sino de una realidad, en lugar de verse convertido en monstruoso insecto, el aficionado deportivo, una gran parte de la masa, tiene el rostro alargado y la piel se le ha convertido en esponjosa lana; balan y balan con el estruendo de borregos inocentes y peregrinos.
Los errores se repiten y multiplican en magnificado eco bovino. Justicia e injustica, merecimientos, actitud, personalidad, mentalidad triunfadora. Todo se resuelve (y revuelve) o se le identifica con ideas ajenas al deporte.
Si asociamos entrenamiento con ensayo, existen vasos comunicantes en función a la preparación profesional. Con merecimientos y mentalidad triunfadora, expresiones que no aparecen ni se consideran en la metodología del entrenamiento, ¿se podrá tocar a Mozart, a Beethoven, a Debussy, en piano como lo hace Daniela Liebman, de 11 años, o la canadiense Harmony Zhu, la que además de tocar en salas de conciertos, como la mexicana en el Carnegie Hall de Manhattan, a sus ocho años de edad es además campeona mundial de ajedrez en su categoría?
La naturaleza del deporte no hace contacto con el espíritu de justicia o de injusticia; el símbolo del éxito deportivo como aspiración humana no se consigue por merecimientos ni los triunfos ni las derrotas están relacionados con la justicia ni el sentimentalismo. Ni porque Dios o el destino así lo quiso.
Con esa ignorancia y una multitud que bala y es guiada con el ruido del cencerro se ha creado una masa lerda, pasiva, rumiante de ideas huecas. Se grita y se magnifica, se ensalzan valores a los que en otros países ni se les toma en cuenta. Vivimos en la sobredimensión de pigmeos. Vivimos en un país sin goles: aquí todos son golazos y golazazazos. No nos andamos con medias tintas. Se van a cumplir 74 años sin alcanzar ni arañar la posición que tanto se anhela.
El deporte es reflejo o imagen de agón que significa combate. O en última instancia un sinónimo superior lucha.