¿Indiferencia? ¡Indiferencia!
La indiferencia del ser humano no debe sorprendernos. Allá, después de su madurez y crecimiento, cuando Milán era una ciudad amurallada y los viajeros estaban cerca de sus puertas, de repente, junto a los campesinos, salían desalmados que robaban y apuñalaban a las ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
La indiferencia del ser humano no debe sorprendernos. Allá, después de su madurez y crecimiento, cuando Milán era una ciudad amurallada y los viajeros estaban cerca de sus puertas, de repente, junto a los campesinos, salían desalmados que robaban y apuñalaban a las personas, sin que ninguno de los que presenciaba el crimen, ahí, a unos metros de las puertas, se atreviera a defenderlos.
Invita a la reflexión aquel instante en el que Virata, guerrero, juez, sabio, santo, anacoreta, sintió la mirada de ira y de odio de aquella mujer desconocida que le mostró el daño que le había causado. Vale la pena leer el breve ensayo filosófico o hermoso cuento del escritor Stefan Zweig muy relacionado con un aforismo del Bhagavad Gita: “Hay que estar atentos, porque en lo más profundo de la no acción está también la esencia del acto”.
En las mismas cuerdas vibra Jalil Gibrán en El profeta, cuando escribe: “A menudo os he oído hablar del hombre que comete un delito, como si él no fuera uno de vosotros, sino un extraño y un intruso en vuestro mundo. Mas yo os digo que de igual forma que el más santo y el más justo no pueden elevarse por encima de lo más sublime que existe en cada uno de vosotros, tampoco el débil y el malvado pueden caer más abajo de lo más bajo que existe en cada uno de vosotros”.
Hay una conexión entre nosotros de la que no queremos darnos cuenta. Cuántos millones de aficionados al deporte no se emocionaron con el poderoso braceo victorioso del australiano Ian Thorpe. Cómo nos llenó el espíritu de alegría, de entusiasmo y asombro con sus hazañas olímpicas en las piletas de Sydney y Atenas, en las de Campeonato Mundial.
Ian Thorpe proyectó una de las historias acuáticas más brillantes. El único atleta de la era moderna en ganar medallas olímpicas en 100, 200 y 400m nado libre. ¡Nadie lo ha hecho! Después de 40 años, el único en dominar dos veces el preciado doblete olímpico en 400m libres. Y las imágenes llamean la final, lucha rabiosa, perruna, feroz, de los 200m libres en Atenas, en la que venció a dos héroes de singular talla: a Pieter van den Hoogenband y a Michael Phelps. Su récord mundial de 400m sólo fue superado ocho años más tarde con trajes turbo.
Con el permiso de ustedes, tres años antes de Sydney 2000, cuando ocupó en su presentación internacional un lugar secundario, era prácticamente un desconocido. Las páginas de Excélsior se anticiparon a su resonante triunfo en los 400m libres.
Hace unos días, como sucedió hace tres años, las agencias internacionales divulgan una noticia que consterna. Ian Thorpe, hospitalizado, en las garras del alcoholismo.
El argumento que se plantea es de lo más inocente: frustración por no poder calificar a los Juegos Olímpicos de Londres 2012.
Tal vez podríamos condensarlos en tres o cuatro aspectos: la indiferencia colectiva, corrupción del deporte profesional, una sociedad deteriorada en valores morales y el envilecimiento social a través de los medios de comunicación.
Corresponde al Comité Olímpico Internacional, a la Federación Internacional de Natación y a la Federación de Australia darle apoyo moral y sicológico. Lo exprimen y se olvidan de él. En México se han presenciado situaciones de indiferencia con Joaquín Capilla, Soraya Jiménez, Noé Hernández. Y en el campo internacional sobran los ejemplos en diversas tonalidades.