Quítale el moño al papel de celofán
La mano misteriosa de la naturaleza te ofrece la combinación envuelta en papel celofán con moño de color rojo, verde, azul como un regalo que te alegra el espíritu. El tiempo y el espacio te dan universos combinatorios que captas con tu percepción en el tiempo, en el ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
La mano misteriosa de la naturaleza te ofrece la combinación envuelta en papel celofán con moño de color rojo, verde, azul como un regalo que te alegra el espíritu. El tiempo y el espacio te dan universos combinatorios que captas con tu percepción en el tiempo, en el entorno, en el espacio. La combinación te produce un impacto sensorial, te llega como una fiesta a tus sentidos, y te alegra desde lo más sencillo y elemental a lo más complejo. De una sucesión de números que acaso empezó con el conteo de una lasca y un dedo al océano infinito de las matemáticas. Del sonido del tamborileo de los dedos índice y cordial al Clave bien temperado, Badinerie, o la Novena. De la combinación de los signos cuneiformes sumerios a las letras a la formación de palabras e ideas como agua, cristal, arcoíris, hielo, tundra, fuego, bosque, leño, ascua, cenizas, luz, infinito. Del átomo de Demócrito, al grano de arena y de ahí el salto a las galaxias, del punto y la línea y los ángulos, figuras y cuerpos euclídeos a la arquitectura y estructura de las sondas espaciales en dirección a las estrellas. La combinación del movimiento y los colores de los mares, de los ríos, de los vientos, de la lluvia, de las tempestades de nieve y arena, de los peces y los pájaros, de la expansión que se inició con el Big-Bang.
El mundo de la combinación es fascinante, hechizante. Vivimos inmersos en un mundo combinatorio, en una fiesta embriagadora de los sentidos, en un estado de ensoñación y engaño de lo más superficial. En un estado primario apreciamos y disfrutamos el contorno de la combinación, espacio, luz, color, movimiento, sin importarnos descubrir el contenido. En algunos estadios no es necesario: conecta tu oído a la música de los maestros, respira profundamente el aire vivificante de la montaña, dale placer a algún punto de tu cerebro con el aroma de la flor.
En la vida y el deporte hay otros estadios, algunos nos aproximan a la realidad como los números y la geometría, otros nos llevan a tropezar con superior intensidad con la misma piedra. En ese juego combinatorio de magnificar por magnificar desaforadamente, ¿qué se tiñó con más intensidad en los medios de comunicación el triunfo de los Triqui (nos afirman que el plural de triqui es triqui, no triquis) o el de la selección de futbol sobre Nueva Zelanda.
Los triunfos hay que festejarlos. Pero, acaso valga preguntar, la combinación lúdico-agonal de la selección de futbol que produjo tanta alegría en la manada o en la tribu, ¿modifica en algo su actual nivel de cuarto lugar en el área centroamericana y del Caribe? Se aprecia la parte deportiva del futbol —que es mucho más comercialización y negocio que deporte—, con la visión política del borrón y cuenta nueva, de hacer ruido y espuma. Estamos tan contaminados del placer de la combinación que no cuantificamos el real nivel o estrato de competencia que es en este momento, el cuarto equipo de la Concacaf. Ni más ni menos.
En el futbol llevan 83 años de esfuerzos fallidos de hiperbolizar triunfos ante escuadras menores que bajaron del avión a jugar en la altura, y de engañarse con la combinación.
¿Alguien en su sano juicio cree que con cambiar una pieza de la enorme maquinaria que representa el futbol se ha resuelto, de la noche a la mañana, el nivel de la Selección Mexicana?
Mejor quítale el moño y ve con tus propios ojos lo que hay dentro del papel de celofán.