Coda ciega
Pasa el tiempo en su vuelo lleno de los mejores perfumes. Deja atrás lo que ha sucedido como sin valor y es que, en cierta manera, el pretérito es cosa inexistente y, del porvenir, sólo los augures sí sabrán decir algo aproximado. Un balbuceo. El ser humano, el lobo ...
Pasa el tiempo en su vuelo lleno de los mejores perfumes. Deja atrás lo que ha sucedido como sin valor y es que, en cierta manera, el pretérito es cosa inexistente y, del porvenir, sólo los augures sí sabrán decir algo aproximado. Un balbuceo.
El ser humano, el lobo del hombre, nada más tiene para mirarse algo que sí le pertenece, lo demás es contingente. La miserable oportunidad para posar su atención en el espejo y atravesar el azogue para, entonces, ver la eternidad: el famoso y nunca bien ponderado presente plus-cuan-perfecto. Que nunca cabrá en los sesos del perfecto más medio ocre.
Ser soberano del aquí y del ahora demanda de una fuerza y un esfuerzo demenciales. Por eso existen los poemas, el canto, la filosofía: hallan las dos o tres maneras deshilachadas de aprehender el paso de la vida.
Opinan los sabios que el tránsito de la realidad es lineal. Otros, juran que lo real es cíclico y se llenan la boca con su “eterno retorno”. La fascinación que ejercen las carreras de autos a quienes son sus diletantes empiezan, residen y se dirimen dando giros.
El axioma reza que no se pueden hacer dos Laps iguales en la misma pista y está, más que sobado, manido. (Ejem, decía Elmer el Gruñón al Pato Lucas). Una vez que se cruza por un punto del trazado de una manera, siendo uno; a la siguiente, todo ha cambiado, porque ya no se es el mismo. Lo maravilloso, y conste que sería fantástico que valiera decir lo “maravillante”: es cuando un piloto va embebido en su obsesión por la victoria. Pierde naturaleza y comienza a ser noción. Ente de la zoología a quien no le pertenecen ni importan sus actos.
El campeón, cuando triunfa, emula a Ígor Fyodorovich Stravinsky con una batuta en la mano. Un pájaro y un fuego.
Remeda a Just Fontaine tirando un chut a manera de comba desde el ángulo de un córner sueco que se cuela a la red. Trae del baúl de los recuerdos a Manuel Rodríguez, Manolete, mirando con quietud extraordinaria su más glorioso pase por alto —ayudado— con una transfusión de sangre extraña y esquiva, más tarde de la cinco de la tarde de despedida. Cassius Clay, gigante en su vuelo de “borboleta”, pincha tecno-música convertido en disc jockey de Ibiza.
El corredor de autos —o de misiles, que sería lo más correcto—, al fugar sobre la línea del final en su triunfo imposible, en Ímola, como lo coronó impasible Ayrton: imita fabuloso en una mueca centenaria a don Nicanor Parra torturado por el milico, emergiendo ileso ante la dificultad de escanciar el antipoema que haga reír al más palurdo de los recitadores.
A todo santo se le acaba su fiestecita y no con una, sino con 100 columnas sobre un mismo tema: que acaban por arrojar a cualquier extraño en el paraíso. Al diablo… El único reto que enfrenta quien es capaz, es el impulso, “jijo” de la nobleza, para iniciar de nuevo. Nada pasa.
Ni pretérito ni futuro. Sólo un presente comprometido: con aquel que es su lector dilecto. Y jurado, bien jurado quede, que usted, pequeño hombrecito, ¡no pasará!
Vaya a encontrar a: angelo.della.corsa@topformula1.com
