Cachorros

Los adagios los crea y los divulga el pueblo común, pero en silencio quienes los ponen en práctica son los hombres sabios. Los ricos. Sea o no axiomático, sí hay pruebas de que es válido suponerlo. La verdad es del color con el humor que se le mire. Y ella cuenta, en ...

Los adagios los crea y los divulga el pueblo común, pero en silencio quienes los ponen en práctica son los hombres sabios. Los ricos. Sea o no axiomático, sí hay pruebas de que es válido suponerlo. La verdad es del color con el humor que se le mire. Y ella cuenta, en la evolución, así como en las andanzas de los pilotos de carreras.

Con dinero baila el perro y sin él, ellos son quienes bailan como chuchos. Es inocultable que para acceder a la élite y manejar un auto de la F1 —oficialmente registrado— se demandan cantidades ingentes de dinero, muchas relaciones con el mundillo de la velocidad, enormes dosis de fortuna y, al final de todo, una convivencia estrecha y armónica con los patrocinadores.

Pocos deportistas traen consigo la cantidad asombrosa de calcomanías —pegatinas— o parches consigo. La Carpa es a los patrocinadores, lo que un hijo a las familias. Se inter-sustentan.

De ello se desprende una falacia, una crítica, las más de las veces es hija de la envidia. Se argumenta que fulanito está en El Circus porque trae consigo un tambache de dinero. Es relativo. Han llegado pilotos con muchos dólares bajo el brazo y tal como llegan, se van.

A botepronto surgen dos muestras: Michael Andretti se presentó en el mundial de 1993 con McLaren y, pasadas 13 carreras ya había vuelto a Estados Unidos, a seguir jugando en los óvalos, que sí dominaba. Su padre, don Mario, se importó en 1968, pasó por Ferrari, Alfa Romeo, Williams y Parnelli: haciendo 128 Grandes Premios. Atrapó un campeonato del mundo en 1978, con el Lotus negro de John Player Special, motor Ford-Cosworth y neumáticos Good Year. Compañías que obtuvieron más de él, que el corredor de las marcas. La ecuación obvia.

En 1984, vino a la categoría reina Ayrton Senna al mando de un Toleman —motorizado por Hart, con gomas Michelin— era un coche mediocre. Su segundo lugar en el GP de Mónaco, el 3 de junio de aquel año, dejó clarísimo que había arribado para quedarse. Se le vio como a un piloto genial, sobre todo conduciendo en la lluvia. Tuviera o no dinero consigo lo iban a llevar los negocios inerciales de este deporte: hasta coronar una gesta. El mágico. El inmortal. En cambio, Bruno Senna —sobrino de Ayrton— atracó en 2010 y tres años después, le dieron las gracias. Con 46 GP, lo más que logró fue dar una vuelta más rápida en carrera; a bordo de su Williams, en Spa. Estuvo acompañado de marcas importantes, en especial de Brasil, que se relamían los bigotes. El dinero no alcanzó, porque el timón no dio la medida. 

Ahora se va lejos de la F1, Pastor Maldonado, a quien le dio todo el soporte la empresa petrolera de Venezuela. Malo, regular o bueno: se lleva un triunfo. Un logro que, de casi mil pilotos que se han inscrito, sólo lo han cuajado 105. Poco más de 10 por ciento. No importa si fue simpático o no. México, en toda la historia de su automovilismo, sólo ha visto dos veces la bandera tricolor en lo alto. Fue por Pedro Rodríguez en el siglo pasado.

No. No se trata de canes normales que bailan, sino de cachorros con hambre de triunfo. Petite difference.      

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