No mueren

Por dos números cabales del siglo XX que recordar: 1940 y 1950. Cuando hubo alumbramientos que llenaron con su fulgor a la afición y, más en particular, el primero de los dichosos años. Sí. El 18 de enero del cuarenta, nace Pedro Rodríguez de la Vega. Una década ...

Por dos números cabales del siglo XX que recordar: 1940 y 1950. Cuando hubo alumbramientos que llenaron con su fulgor a la afición y, más en particular, el primero de los dichosos años. Sí. El 18 de enero del cuarenta, nace Pedro Rodríguez de la Vega.

Una década después, se ilumina el cielo de la velocidad otra vez porque llega al mundo el canadiense más distinguido de la F1, Gilles Villeneuve. Cada cual dejó escritas páginas con hazañas que no se borrarán. Y esto es interesante, porque ninguno de los dos fue campeón mundial y, sin embargo, se les rinde pleitesía como si lo hubieran sido. O más…

Hay los que nacen con estrella y otros, estrellados. A los primeros les funciona muy bien la alineación de los astros porque logran lo imposible; se realizan en lo suyo, como dueños de un destino manifiesto.

Que suenen Las Mañanitas para festejar a estos dos ídolos; quienes, como muchos de los consentidos por los dioses, fueron arrebatados lejos del culto de los mortales, para ser llevados al nirvana donde el holgorio no tiene fin. Nos dejaron, sin marcharse. Sus fans no los olvidan.

Pedro jugó carreras desde niño y mostró que traía en las venas gasolina de alto octanaje. Muy precoz, dejó ver en las pistas mexicanas que estaba hecho para grandes ligas. Producto para exportar. La fortuna lo puso en el camino donde enfrentar, sin titubeos, a los mayores rivales de su tiempo. En autos sport, prototipos, de endurance —del modo que se los llame—, no hay nada que discutir: fue el mejor del mundo. Manejando de noche o con lluvia era imparable, Ojos de Gato, un apodo que dice todo.

En la Fórmula 1, cuando había que sacrificarse en serio para llegar y luego permanecer: bordó una tarea de titanes, en proporción de lo que le fue posible con sus medios: ganó dos pruebas que el imaginario mexicano siempre tiene consigo. No hay otro corredor nacional con tales proezas, en los 54 GP que disputó. Hace años hubo un filme que trata del amor —y en el fondo de la competición en coches y la bossa nova—, se llama Un hombre y una mujer. En la formación de naves y volantes en Le Mans, aparece PR. Estaba lleno de mundo.

Gilles jugó en otro contexto. Entendió muy bien dónde pararse para largar endiablado hacia la meta. Realizó prodigios que lo ensalzan a la altura de la mejor docena de pilotos de siempre. Una cosa era su carisma, de muchachito que no rompía un plato, y otra muy diferente cuando se lanzaba en pos de un rival para sobrepasarlo. Una fiera. Tantas maniobras de Villeneuve —el grande—  están en la antología más célebre de la historia de este deporte. Ganó seis veces, habiendo arrancado en 67 justas.

Aquí, la feliz coincidencia para celebrar el cumpleaños de Pedro, el autódromo con su nombre y el de Ricardo, su hermano, vuelve a brillar. El sábado, hace cuatro días: “FIA-Americas” extiende otro reconocimiento internacional, entregado a Federico González Compeán en Panamá. Es el premio como promotores de 2015. Claro, por el GP mexicano jugado “en casa” de los Rodríguez. Enhorabuena. Y que venga mucho más.

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