Revelación

Parecía un bluff, petate o farol. Se hablaban maravillas de un jovencito holandés quien, sin cubrir los pasos más ortodoxos en las ligas de ascenso, llegaría a la Fórmula 1 al principio de la nueva campaña de 2015, con el equipo de Faenza Italia Toro Rosso; que es, en ...

Parecía un bluff, petate o farol. Se hablaban maravillas de un jovencito holandés quien, sin cubrir los pasos más ortodoxos en las ligas de ascenso, llegaría a la Fórmula 1 al principio de la nueva campaña de 2015, con el equipo de Faenza —Italia— Toro Rosso; que es, en realidad, la organización menor que funge como cantera del equipo bautizado, hasta ahora, como Infiniti-Red Bull.

Max, el hijo de Jos Verstappen, quien a la vez fue un piloto de F1 que largó 107 veces, entre los años de 1994 y 2003, corriendo en varios equipos: Arrows, Tyrrell, Minardi; Footwork, Benetton, Stewart y Simtek. Aunque nunca llegó a ganar una carrera, sí subió dos veces a los podios —ambos con el equipo de los Colores Unidos, en Hungría y Bélgica en el año del debut— y se las arregló para reunir un total de 17 puntos. No fue un corredor excepcional, pero aprendió, incluso, más de lo necesario.

A los 25 años, papá Verstappen ya era el progenitor de Max Emilian. Nacido en Hasselt, Bélgica, el 30 de septiembre de 1997, adoptó la nacionalidad de su padre para registrarse ante la FIA; por tanto, es oficialmente un piloto de Holanda.

Venía como dueño de lo necesario para encaramarse a un bólido de la primera categoría de competición, pero generaba la plática por su corta edad: la temporada daba inicio cuando él apenas contaba los 17 años y 164 días; sin siquiera tener licencia para conducir en la calle.

Con eso dejaba atrás la marca de precocidad de varios anteriores a él. Como Jaime Alguersuari, que empezó a los 19 años y 125 días. Mike Thackwell, de Nueva Zelanda, con 19 años más 182 días. En cambio, el mexicano Ricardo Rodríguez lo hizo a los 19 años, 208 días. Un poco mayores ya lo fueron: Fernando Alonso, también de España; el argentino Esteban Tuero, Chris Amon, otro neozelandés, y Daniil Kvyat, de Rusia, o el alemán Sebastian Vettel: con los 19 años ya más aventajados.

Se prometía mucho, pero en efecto, Max se sospechaba tierno para el compromiso que venía; él aseguraba que su fecha de alumbramiento no era un impedimento. La reglamentación no lo había contemplado y se procedió a expedirle la superlicencia de manejo deportivo, el documento sine qua non

Ocurrieron las pruebas invernales y en Melbourne —primera largada— la pudo sortear bien, aunque al final no terminó la prueba, traicionado por su motor. Desde allí se despeñó el resto del compromiso; aunque es cierto que no excluyó momentos de agrias discusiones por el exceso de arrojo o por alguna imprudencia.

Al final, tuvo un cierre magnífico, terminando como el duodécimo en la tabla de posiciones con 49 puntos y dos veces llegando como el cuarto en el orden. Lo que es, de entrada, un gran mérito porque su equipo fue apenas el séptimo en la tabla de constructores, y eso hace suponer que había, al menos, una decena de autos más eficientes.

Lo que acaba por rematar la validez de su contratación es que: ha sido nombrado por los entendidos y por la autoridad oficial como el piloto revelación de la temporada. Le puso el sabor al caldo y, de este modo: su leyenda apenas empieza.

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