Cantando

Después de una carrera de Fórmula 1, viene, desde siempre, la costumbre de discutir si fue mejor o peor que otras. Cada afición se adueña de haber vivido la mejor experiencia, si se la compara con las que sintieron en otro lugar y en otros días. Esta es la señal más ...

Después de una carrera de Fórmula 1, viene, desde siempre, la costumbre de discutir si fue mejor o peor que otras. Cada afición se adueña de haber vivido la mejor experiencia, si se la compara con las que sintieron en otro lugar y en otros días. Esta es la señal más evidente de que el rito ha sido celebrado como Dios manda.

La reputación de Suzuka es envidiable. Sus espectadores tienen que esperar a un sorteo para que se les venda el boleto de entrada; la demanda supera a la oferta. Inglaterra, Alemania o Italia presumen sus templos de la velocidad por el enorme conocimiento sobre la disciplina que dicen tener. En Spa se comportan de maravilla, hasta aquellos que acampan desde días antes de la prueba. Brasil, por su fanaticada, la famosa torcida. Los españoles, ya que en Barcelona se celebran los ensayos preparatorios de la temporada y la carrera es como el platillo principal, en tierra de gastrónomos.

Canadá o Australia, lo hacen en parques públicos. Mónaco y Singapur, entre sus calles. En el Oriente Medio, con un fausto desproporcional; en el resto de Asia, por lo colosal de las instalaciones.

Como México no hay dos. Frase hecha que a veces raya en el cretinismo, y que esta vez se debe de traer a colación válidamente, ahora que recién se jugó otro Gran Premio.

Para la función tan ansiada, el pronóstico no era el mejor. Se temía —a la hora de la verdad— de encontrarse con una afición pobre. Quienes asumieron el riesgo de gestionar el espectáculo, en serio se la jugaron. Y la moneda cayó en sol…

Un deporte elitista, que le guste más —tal vez— a las personas de edad que gozaron de los grandes pilotos que hubo en el siglo pasado. Lo cercano de la carrera previa, en Texas, y la problemática del DF: como factores que podían significar cierto desprecio por la edición número 16 de carreras oficiales en casa. Llegó la fecha, porque todas llegan. Y resultó de perlas.

Más de 300 mil personas fueron de viernes a domingo. El tráfico y el entorno funcionaron; aunque todo pueda perfeccionarse. Las instalaciones resultaron admirables y la pista un agasajo. La carrera fue muy buena y el saldo policial fue blanco.  

Sergio Pérez entró a los puntos y los de Ferrari no pudieron con el paquete. Un doblete más de Mercedes AMG sí se repitió, pero con valor añadido, ganó quien no era el favorito y llevaba ya tres ocasiones seguidas en que era derrotado por su compañero de equipo, no obstante, a que largaba desde la punta.

Nico Rosberg firmó en la lista de triunfadores junto a nombres legendarios y otro tanto: la marca de la estrella de tres picos, que nunca antes había ganado en México. Quien triunfó, y la gran mayoría de los protagonistas, también los técnicos y hasta los patrocinadores coincidieron en un aspecto, así como lo hicieron los periodistas venidos de muchos países: la enorme diferencia la marcó la gente. Por una razón sorprendente: el mexicano canta y no llora.

Miles de gargantas entonando el Cielito lindo ha sido algo que en las 932 carreras anteriores nunca se escuchó. Todos estaban con la piel como la de las gallinas. Habrá una razón que es la que lo impele: se trata de alegrar los corazones, ¿es cierto, cielo?     

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