El Chamaco

Este domingo que viene, por fin, el Gran Premio de México. Imposible convencer a nadie para que sienta amor por su país. Se siente hambre, frío o las ganas de largarse de cierto lugar en algún momento. Sentir, más bien pueda ser un reflejo. Otra cosa es admirar a ...

Este domingo que viene, por fin, el Gran Premio de México.

Imposible convencer a nadie para que sienta amor por su país. Se siente hambre, frío o las ganas de largarse de cierto lugar en algún momento. Sentir, más bien pueda ser un reflejo. Otra cosa es admirar a unos volcanes, honrar las ruinas y lo que se heredó de los antepasados; gozar de los desiertos, la selva y los mares de un territorio propio. Incluso, adherirse a una patria por la memoria de algunos de sus hombres.

Hay sociedades que inventan héroes y celebridades en el discurso de los políticos quienes elevan a pedestales insospechados a farsantes o a grandes trepadores. La conquista consagró a sus sombras ilustres y la independencia lo hizo, hasta más enjundiosa, con épicas sin ton ni son. Del “porfiriato” y de la Revolución, ni hablar. México es ejemplar para la adoración de los anodinos, de los dizque dueños de la verdad histórica. Como los casos de El Pípila o de los Niños Héroes en el imaginario del personal.

El santoral deportivo mexicano está plagado de mediocres colados a la fama. Si bien con valiosas excepciones, casi todo el mundo está de acuerdo en la elevación de un piloto de Fórmula 1 de los años de 1960 a la altura de la leyenda. Ricardo Rodríguez (México, D.F., 14 de febrero de 1942- 1 de noviembre de 1962. México, D.F.) dejó una estela respetable en su paso tan fugaz y fulgurante por este mundo. Un chamaco. Niño héroe de las disciplinas deportivas mexicanas. Fue objeto de una desgracia y contra natura: pero los dioses siempre egoístas, se enamoran de las almas jóvenes y se dan el lujo de llevarlas en vilo a sus guaridas, sin que les importen un comino las consecuencias terrenales.

RR pudo haber sido un gigante. En sus neuronas, en sus células y por sus venas corría la esencia más pura de la velocidad endemoniada. Muy brillante porque le metía al acelerador con singular gallardía. Lo suyo era el vértigo. Un breve legado, que deja con la boca abierta a quienes valoran a los timoneros superdotados. Único en su especie, hasta hoy.

En Europa es hora que todavía lo veneran. Sus trazas tan breves por el automovilismo de alta competición y por la vida, han quedado indelebles. Jugó sólo 5 Grandes Premios: en Italia de 1961; Holanda, Bélgica, Alemania en ese misma campaña, y de nuevo en Monza, un año después. Siempre con Ferrari. Alternando con Phil Hill, Giancarlo Baghetti, Lorenzo Bandini, Wolfgang von Trips, Willie Mairesse y Richie Ginther, sin desmerecer un ápice frente a ellos, en autos iguales.

En Monza, consiguió el segundo lugar en las calificaciones a una décima de segundo del mejor. Se inscribió entre los grandes del mundo, en un dos por tres, contando apenas los 19 años. Lo que siguió fue patético. En los ensayos para el GP de México de 1962, un día 1 de noviembre, se mata. El colmo, de acuerdo con la ritualidad autóctona: un día de los muertos lo estaban velando. Se fugó así y para siempre, este muchacho destinado a ser el grandísimo ídolo del deporte. Con él nace la real epopeya sobre cuatro ruedas. Dueño para siempre de una gesta que quedó inconclusa y, paradójicamente: bien cerrada. Ya que con él, México escribió su primera historia dorada en las carreras más importantes de siempre.

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