Don Pedro

Falta poco más de una semana y llega el GP de México. Se puede discutir todo lo que se quiera y decir misas con tres diáconos o con un mártir, no importa: en pocas palabras, Pedro Rodríguez es el piloto más grande que ha dado México y uno de los buques insignia del ...

Falta poco más de una semana y llega el GP de México.

Se puede discutir todo lo que se quiera y decir misas con tres diáconos o con un mártir, no importa: en pocas palabras, Pedro Rodríguez es el piloto más grande que ha dado México y uno de los buques insignia del deporte tricolor; ¿por qué? Por picudo. Punto.

Es común que los muchachos de esta época o que los panegiristas del corredor se desgañiten en loas, pero eso no lo es todo. Lo interesante ha sido verlo tripulando un auto; gozarlo en su modo de curvear; haberlo admirado al salir como misil en pos del triunfo. Ello, en sus primeros años en las pistas nacionales y, poco más tarde, en los trazados que consagran. Primero que ninguno otro, en Kyalami y después en la carretera entre Spa y Francorchamps. Pedro El Grande, amante natural de los timones de la velocidad muy alta. Escribió una historia sensacional, breve y maciza en la Fórmula 1. Sustanciosa. Compuesta tan sólo por 54 Grandes Premios, y sus dos victorias; una vuelta más rápida —inscrita en Rouen-les-Essarts al final del Grand Prix de Francia de 1968— a bordo del BRM V-12, modelo P-133, con neumáticos de Goodyear. Proeza que ningún mexicano ha igualado.

Fue en aquel tiempo de colosos que tenían que andar por caminos más arduos que los de los atorrantes, recorriendo pistas de toda índole y puestos a subirse en el auto más a mano, para desafiar a todos. Si la andadura de PR es meritoria en la gran fórmula, no hay quien no se le cuadre como conductor de autos-sport, los carros techados. Fiera en las pruebas de larga duración.

Aquí quedan estos nombres de carreras o de sus trayectorias: Nassau, Le Mans, Daytona, Avándaro, Riverside, Targa Florio, Montlhéry, Bridgehamston, Oaks Field, Seabring, Reims, Nurburgring, Laguna Seca, Brands Hatch, Monza, Spa, Mid Ohio, Elkhart Lake o incluso, Norisring, donde firmó su adiós. No hubo sitio en el que no dejara su recuerdo extraordinario y, además, el gesto elegante de un caballero. Sereno y siempre con el comentario inteligente, serio, respetuoso. Proveniente de un tipo como él. Genial.

Se dio el lujo de dejar su impronta a bordo de mil y un autos: Lotus, BRM, Ferrari, Cooper y muy en particular los de Porsche; desde luego que también en los de Ferrari con capacete y aquel Ford GT, con el que asimismo triunfó. Hasta los olvidados, así como extraños, coches de competición italianos, OSCA. Los datos de ese señor pilotazo de México, lacónicamente dicen: México, D.F, 18 de enero de 1940-Norisring, Alemania. 11 de julio de 1971.

Asegurar que fue un corredor sin igual, es una de las mentiras piadosas del deporte mexicano. Lo valioso de él —en cambio— fue lo ejemplar de su trabajo. La manera en la cual imprimió todo el empeño en una profesión ingrata y más, por el tiempo que le tocó. Su tenacidad a toda prueba. Profesional que fue muy respetado por sus colegas, incluso por los grandes campeones de su tiempo. Pero también, por el público de todo el mundo.

Sin glorificarlo como un piloto de F1 incomparable, debe de repetirse que, conduciendo autos turismo ha sido el mejor del mundo. Ni más, ni menos. Y su prestigio universal lo ofrendó orgulloso a México.

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