Héctor Alonso
Faltan dos semanas para el Gran Premio de México. La fanaticada nacional ya estaba tocada por el mal del tifus que contagia la velocidad, lo que inició con las Carreras Panamericanas por los años de 1950. Vinieron aquellos ases fenomenales del volante para hacer un ...
Faltan dos semanas para el Gran Premio de México.
La fanaticada nacional ya estaba tocada por el mal del tifus que contagia la velocidad, lo que inició con las Carreras Panamericanas por los años de 1950. Vinieron aquellos ases fenomenales del volante para hacer un recorrido demencial a grandes prisas, desde el río Suchiate hasta el Bravo. Una justa, real, de frontera a frontera.
Competición también de coches de Fórmula 1 que parecía no tener fin. El pueblo raso veía pasar los bólidos cerca de las narices y en las etapas de reposo, admiró en cuerpo y alma a esos nombres que traían consigo sus hazañas proverbiales. Vio desfilar a los coches míticos y a los titanes que escribían las sagas del futurismo.
Así empezó la fiebre por la categoría máxima, tal como ahora se la entiende. El padrino de lujo fue el presidente Adolfo López Mateos, a quien fascinaban por igual las mujeres hermosas y los autos espectaculares. Él quería mucho a los padres de los jóvenes Rodríguez e influyó en sus andanzas por Europa.
Ellos y en otro tenor, Solana, hicieron que a la gente le entrara el gusanito. No sólo los catrines entendieron estas clases de carreras; sino que permeó sobre quienes les entusiasma el deporte, la mecánica y hasta el tema más mundano de los playboys; así como los mitos alrededor del glamour a bordo de las máquinas prodigiosas.
Entre 1963 y 1970, en la primera etapa de Grandes Premios mexicanos, ya estaban bien metidos en las comidillas los términos pesados del metalenguaje de la alta velocidad: Maserati, Climax, BRM, Honda o Lotus. Bruce McLaren era bien conocido y admirado, también Jack Brabham o Grahan Hill. Pero el gran fenómeno era, a no dudarlo, Jim Clark quien había perpetrado cuatro Pole Positions, de 1963 a 1967 en La Magdalena.
Pedro Rodríguez se hablaba de tú con ellos sobre el asfalto. Estaba re que te viva una idolatría pujante.
Pasaron volando los años dorados, hasta que en 1977 surge otra figura: Héctor Alonso Rebaque. No era descomunal conduciendo, pero su nombre bien que recreaba la fama. Corrió en Brabham, un equipo que había comprado con bicoca Bernie Ecclestone. Ese auto muy bello, en azul marino y blanco, con las grandes letras de Parmalat era una obra de arte de Gordon Murray. Héctor era coéquipier de Nelson Piquet. ¿Quién no se acuerda de Chacho Medina? un manager que refulgió cuando apenas comenzaba a estilarse esta interesante profesión de gestor de los genios del volante.
En fin. Rebaque estuvo presente en 41 largadas. Muchas medallas de oro, es cierto que no se colgó; pero la caballerosidad y su estilo de personaje de mundo, le sobraron. Lo más insólito entre sus logros, fue haber dado a luz una escudería de F1, mexicana. El team con su apellido debutó en el GP de Canadá en 1979. Él condujo ese modelo HR-100, con motorización de Ford Cosworth en arquitectura V-8, de 3 litros. Coche elegante, sobrio, de fondo negro con trazos dorados, en el cual lucía la logo-marca de la cerveza Carta Blanca, su número 31 y la bandera tricolor en la punta.
El sueño no duró porque los inversionistas complementarios se rajaron. Una burbuja económica endemoniada fue la causa. Pero él lo hizo. Y lo bailado ni quien se lo quite.
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