Solana
Faltan tres semanas para el Gran Premio de México. A fin de mes vendrá la carrera de Fórmula 1 en México. Se esperó 23 años, lapso en el cual nació y creció una nueva generación de aficionados a la velocidad. A quienes se les advierte que estas carreras, siendo ...
Faltan tres semanas para el Gran Premio de México.
A fin de mes vendrá la carrera de Fórmula 1 en México. Se esperó 23 años, lapso en el cual nació y creció una nueva generación de aficionados a la velocidad. A quienes se les advierte que estas carreras, siendo iguales que casi todas, tienen su peculiaridad. Quienes participan de ellas viven bajo una gran exigencia, ya que el eslabón más débil de la cadena motiva las derrotas y entraña peligros para sí y para sus colegas.
A los pilotos mexicanos que antes vivieron las emociones y los sinsabores sufridos hay que sacarlos del baúl de los recuerdos. Incursionaron en los campeonatos mundiales del siglo pasado, cada cual aportando lo suyo. Recordarlos y valorarlos, así como a aquel que hizo, más tarde, la ligazón entre ellos —cuando corrían los años de 1977 a 1981— para que se pueda explicar que en el siglo XXI arribaran los dos corredores de estos días, quienes, de alguna manera, tuvieron la mesa servida.
El pistoletazo de largada fue de Ricardo Rodríguez de la Vega, quien debutó en Italia, en Monza, un día memorable. El 1 de septiembre de 1961 (en la carrera número 101 de la historia). Su hermano mayor, Pedro, empezó, en cambio, el 6 de octubre de 1963, en Watkins Glen, con el GP de Estados Unidos (la prueba 119 de todas).
Moisés Solana fue el tercero en apuntarse. Lo hizo el 27 de octubre de 1963 en la primera carrera oficial mexicana (que fue a la sazón, la 120). Mucho más tarde, corrió por primera vez, Héctor Alonso Rebaque, en Hockenheim, Alemania, el 31 de julio de 1977 (en el GP 291).
Pelotari muy destacado. Solana Arciniega nació el 26 de diciembre de 1935 en la Ciudad de México y se mató en Valle de Bravo el 27 de julio de 1969, montado en su barqueta blanca McLaren. Lo cierto es que su enorme fama la obtuvo en otras categorías de la competición, básicamente en las nacionales, que ganaba cada vez que salía a la pista, sin importar en cuál auto. Era intrépido, muy veloz y con un espíritu para ir por la victoria, inimitable.
Su primer GP fue en un BRM, con neumáticos de Dunlop y terminó en el undécimo puesto por fallas en el motor. En 1964 fue el décimo, sobre un Lotus-Climax, también con Dunlop. En 1965 corrió en EU y en México con un auto semejante y lo más que pudo hacer fue llegar duodécimo en Watkins Glen; para abandonar en el GP de su país, con una falla en el encendido. Un año después, lo hizo nada más en el GP mexicano, sobre un Cooper-Maserati, con Dunlop, y también abortó su carrera por el recalentamiento de la máquina. En 1967 volvió a EU y al DF, con un Lotus-Ford Cosworth –gomas de Firestone–, dejando inconclusas las dos pruebas debido a fallas mecánicas; 1968 fue su última justa en la F1, con el equipo de la Gold Leaf de Lotus y motor Ford Cosworth, con Firestone, carrera que tampoco terminó por rotura de su alerón.
Lo sucedido a Moisés en la F1 ejemplifica que no se debe de forzar a un piloto local a que corra sólo porque hay carrera en su país. Exigencia tonta, por ejemplo, para Singapur o Abu Dabi. Deja ver que este deporte es universal, y la bandera nacional poco o nada tiene que ver.
Habrá que hablar de los otros tres. Y se lo hará…
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