Eros & Tánatos
Con todo afecto para usted, el mejor lector.Muchísimas gracias. Habrá que conocer y reconocer dos pulsiones que son como dos mulas instintos que lo hacen a uno ganar pa‘l monte y, al mismo tiempo, bajar vereda. Quien no haya experimentado las ganas locas de cubrir ...
Con todo afecto para usted, el mejor lector.
Muchísimas gracias.
Habrá que conocer y reconocer dos pulsiones que son como dos mulas instintos que lo hacen a uno ganar pa‘l monte y, al mismo tiempo, bajar vereda. Quien no haya experimentado las ganas locas de cubrir y morirse en el acto, todavía no sabe lo que es canela, lo que es candela, lo que es Carmela.
La debilidad de la carne es una enfermedad de párvulo. Hay otras fragilidades que, de tan sutiles, se vuelven fortaleza y de tamaño abismal. Como la del mártir con los leones rugiendo. La mujer de la que abusan y rechaza toda ayuda.
Julio Cortázar advertía la atracción fatal e irrefrenable, también bella y honda: de una víctima hacia su verdugo. En Estocolmo pudieron entender de maravilla el agradecimiento sincero del secuestrado al raptor. El diletante ante la obra de arte las padecen; por eso, hay famosos ladrones de museos. Y explica el asesinato de Lennon.
En la guerra frente al enemigo más fuerte, se llegan a sentir. Y las conoce, mejor que nadie, un torero con el astado saliendo de su toril; es tal trance de melancolía y ardor que dicen que causa adicción, de a de veras.
Para quienes tienen en el alma metido a un héroe, existe ese instante en que inicia el anhelo, y ya pide su fin; para comenzar otra vez. Como el más loco de los amantes cuando de deseo se corroe y tan sólo quiere más y más, exacto cual el adicto reclama el láudano.
También, le ocurre a un corredor de autos ante el peligro inminente.
El más inocente de los pilotos debe saber de agüita que para resolver una curva imposible, el asunto clave es el acelerador. Que cuando el auto ya perdió el control, se debe quedar quieto, sin intentar hacer nada. Inmóvil y sereno.
Un timonero de verdad en el momento más grave en la pista, en vez de sentir miedo reclama más velocidad, más potencia, más tracción y las provoca… A Ayrton Senna le preguntaron una vez en cortito que cuál era el instante más peligroso que había sentido y dijo —después de pensarlo apenas un poco— que nunca lo había experimentado, que tal vez ese sentimiento no era para él.
Poco antes, o casi a las cinco de la tarde, como en Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico: sufría un percance el domingo 5 de octubre Jules Bianchi en el circuito de Suzuka a bordo de su auto rojo Marussia.
Igual que cuando se accidentaron Jochen Rindt o Elio de Angelis o Gilles Villeneuve. No hay nadie a quien culpar. Porque razones, claro que las hay, y siempre resultan ser una tarugada.
Una bandera, un hoyo o una flor.
No. Los pilotos de verdad, cuando se ven superados por la inercia, es porque van excedidos. Bien lo saben y les gusta. En tanto que su vida profesional está marcada por ese hábito brutal: ir al límite personal, al límite de su auto, al límite de lo que permite la trayectoria; algo, que un lego no puede entender, pero que ellos, al fin racers, sinceramente sí aman.
En otro artículo no se lo dirán, porque es improbable tal afirmación. Como no se puede demostrar tampoco que esto que está leyendo no sea un sueño.
Si Bianchi recobrara el conocimiento, nadie se debería de dar por asombrado si lo primero que va a reclamar es tener un coche más veloz.
Con un hijo en ese ahogo, la posición no sólo sería ratificada, sino hasta implorada. No es un atrevimiento insensato, es la más sincera de las comprensiones. La adhesión total.
