Réquiem

Para honrar la memoria de un hombre excepcional, muy bueno, es decir, que ni los santos ni los poetas ni los héroes verdaderos están de moda y eso contribuye a que el mundo ande de cabeza. Cuando se usó conocer de cerca la perfección del hombre sin mácula, la especie ...

Para honrar la memoria de un hombre excepcional, muy bueno, es decir, que ni los santos ni los poetas ni los héroes verdaderos están de moda y eso contribuye a que el mundo ande de cabeza. Cuando se usó conocer de cerca la perfección del hombre sin mácula, la especie descansó en ese ejemplar que la representaba. Con su duende colosal, superior al del resto, era el amo verdadero ya que obraba de manera preponderante. Fue el tiempo de las grandes gestas. Y así fuera a la sorda, las mayorías tendían a su imitación.

Lo perfecto está imantado. Reclama de un rasgo distintivo: debe procurarse. No es fruto que se dé en macetas.

Se vuelve cosa urgente el llamado para que retornen Juan de la Cruz, Garcilaso de La Vega o Rodrigo Díaz de Vivar —enorme santo, grande poeta y luchador de los impares— a que saquen del atolladero a tantos infelices que ruedan por los caminos y las ciudades como menesterosos.

Los prohombres, se requieren ahora mismo, para rescatar al mundo del imperio de los mediocres. Donde menos se lo espera, salta la liebre. La realidad está inundada de imbéciles que se creen con poder. Y hacen, más bien, que la miseria sea lo que abunde.

En el siglo XX, del que todavía se viven rescoldos, claro que hubo enormes paladines. Piense en Gandhi. Y en otro, aunque parezca frívolo, pero que no lo es ni tantito, Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete. Lo encantador de ambos es lo mismo: la quietud.

El indio, frente a la multitud necesitada; el cordobés, ante la embestida de los bureles más temibles que hayan existido. Los dos, cual paradigmas de la lucha contra las peores cornadas, las que da el hambre.

Es obvio y plausible que cada quien tenga su idolatría, sus personajes modélicos. Lo importante es que entresaque de ellos las más grandes virtudes y con éstas, hacer un hábito personal. Practicar la perfección.

A GRAN VELOCIDAD

Esta columna es del vértigo. De lo que tenga que ver con la proeza absurda de tocar los límites del tiempo y del espacio montado en cuatro ruedas dentro de uno de los sarcófagos más bellos que ha visto la humanidad. Un auto de Fórmula 1 chicoteado serpenteando por el asfalto. Y también, de sus grandes hombres.

De esos conductores impelidos a llegar por delante de todos a una meta ¿A quién se le pudo haber ocurrido que eso fuera sustancial? No hay que pensarlo demasiado, a los griegos, como una manera más de hacer el viaje inconmensurable hasta el olimpo. A ser inmortal.

Los siglos se deslizan para percatarse que desde siempre, el arrojo y el afán por rebasar el tope son ambiciones de gigantes.

En esta profesión tan absurda llena de glamour y de riesgo lato, la vida nos regaló un monstruo de lo más real. El genio brotado de la escudilla. Un timonero providencial que no supo hacer nada mejor que llevar cogido de las riendas un coche hasta donde nadie más osó antes, a una velocidad imposible para el resto.

Para que las competiciones de autos sean verdaderas fue necesario que, además de tipos muy audaces y más aptos todavía, hubiera mártires. Quien aquí se celebra es de los meros fundamentales.

El 1 de mayo de 1994, en el autódromo Enzo y Dino Ferrari, de Ímola, Italia: se mata Ayrton Senna, el más grande piloto de carros de la historia. Un deportista latinoamericano de Brasil, llevado hasta los más altos altares ¡Saravá!

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