A propósito de BTS

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

En 1997, México y Corea del Sur tenían indicadores económicos prácticamente idénticos. Ese año, mientras nosotros celebrábamos nuestra entrada al primer mundo con el TLCAN, ellos se quebraron con la crisis asiática y pidieron rescate al FMI. Lo que vino después es una lección brutal sobre lo que separa a un país con visión de Estado de otro condenado al cortoplacismo sexenal. Mientras los coreanos se preguntaban “¿qué vendemos si no tenemos petróleo?”, nosotros nos preguntábamos qué hacíamos con el petróleo que teníamos. Ellos respondieron destinando el uno por ciento del presupuesto nacional a industrias culturales. Con plan a treinta años. Con blindaje institucional sin importar qué partido llegara al poder. Hoy, Corea exporta 12.4 mil millones de dólares en cultura contra 4.7 mil millones en electrónicos de consumo. La cultura superó a Samsung.

El resultado más visible se llama BTS. Siete chicos que generan cinco mil millones de dólares anuales, más que Korean Air, su aerolínea nacional. Un grupo musical que obliga al gobierno a modificar la legislación del servicio militar porque tenerlos fuera del escenario representaría una catástrofe económica. Cuando tu boyband cambia leyes de seguridad nacional en un país técnicamente en guerra, dejó de ser entretenimiento para convertirse en infraestructura crítica del Estado. El modelo coreano no es casualidad: es manufactura cultural de alta precisión. Reclutan niños de diez años, los entrenan siete años y los ensamblan en grupos perfectos. De cuarenta millones exportados en 2003 saltaron a diez mil millones en 2020. Crecimiento de 25,000%, mientras nosotros debatíamos si poner a Rosario Castellanos en un billete.

El Juego del Calamar es el caso más obsceno: Netflix gastó 21 millones y ganó 900. Cada episodio costó 2.1 millones contra los ocho millones de Stranger Things. Corea produce calidad Hollywood a precio de maquila con el triple de rentabilidad. Aquí viene lo que debería avergonzarnos: México es el mercado más importante de BTS en América. 27.8 millones de fans contra 16.7 millones en Estados Unidos. Los boletos cuestan hasta 13,330 pesos (en Ticketmaster, porque en la reventa alcanzan los 190 mil), cuando en Corea cuestan entre 2,400 y 3,200. La demanda mexicana está subsidiando su gira latinoamericana. Somos la colonia financiera de su imperio cultural. Y no es sólo música. El 72% de los fans quiere aprender coreano, 61% encuentra atractiva su gastronomía. Uno de cada trece turistas que aterriza en Seúl va exclusivamente por BTS. Te venden el kimchi, el suero facial, el idioma, el turismo. Colonización cultural pacífica que genera divisas reales.

¿Qué hicimos nosotros en esos treinta años? Pelearnos por el penacho de Moctezuma. Cancelar presupuestos culturales cada sexenio, mientras Corea demostraba que la cultura ES desarrollo económico. El Ministerio de Cultura coreano invierte y BTS genera cinco mil millones. Ésa es la diferencia entre visión de largo plazo y ocurrencias sexenales. Corea convirtió su peor crisis en el modelo de economía creativa más exitoso del siglo porque entendió que la cultura bien exportada no es gasto, es política exterior con retorno medible. Crearon un plan a treinta años con blindaje institucional.

Nosotros seguimos atrapados en el cortoplacismo: cada gobierno borra lo que hizo el anterior, cada sexenio reinventamos la rueda. Por eso ellos venden su país en estadios llenos a 13 mil pesos el boleto y nosotros vendemos el nuestro en consultas populares. La diferencia no es talento. Es estrategia de Estado. Treinta años después de aquel 1997, ellos son potencia del entretenimiento global y nosotros potencia de memes políticos. Ésa es la cuenta que nos pasó la historia. La absoluta certeza de que somos campeones cada seis años: porque reinventamos como nadie la mediocridad.